jueves, 17 de enero de 2019

VICTOR REDONDO


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Víctor Redondo | Entrevista

por J. Martínez


Se nos ocurrió una idea. Y se nos ocurrió que para comenzar a concretar esa idea, la editorial Último Reino era un buen comienzo. Por sus 30 años de sostener la apuesta con un resultado de casi un millar de títulos publicados. ¿Quién mejor que Víctor Redondo, su director y uno de sus fundadores, para hacer el racconto que necesitábamos? Una vez más, la vida nos dio una lección otras veces recibida: muchas buenas ideas suelen convertirse en otra cosa. Y así fue cómo esta entrevista llegó a serlo. La buena música, los muchos libros, un café caliente rozando el frío mediodía de invierno conjuraron a favor de una grata charla. Y como (para mí) no podía ser de otra manera, comenzamos hablando de Néstor Perlongher.

Perlongher, en la poesía argentina, fue un sacudón estético.
Exactamente. Sí, para todos. De él publicamos Alambre, dos ediciones, la primera ganó el premio Boris Vian de 1987; el segundo fue Hule y el tercero, Aguas aéreas. En esos momentos comenzó la relación de Perlongher con el Santo Daime; toda esa cosa religiosa…/estonoesunarevista/

ALFONSO SOLÁ GONZÁLEZ


Sola Tapa?


El soñador

                             A Sofía Maffei

“…nightly she sings on yon
pomegranate-tree…” 
                 Shakespeare


Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
más allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte,
más hondo que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso, de la dicha,
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertos por la hiedra del sueño
y las batallas.
Retorna como el paso
de un mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida
bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Más allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
más allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
lleno de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruino oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el amor arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.

                         (de Tres poemas)             




MARIO MORALES


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Mario Morales, el primero desde la 
derecha, acompañado por el poeta 
Víctor Redondo y Jorge Zunino
en una foto de 1982







Las voces, las altas voces
las que tocan el sueño
como un abrazo de islas a la deriva.
Las que maduran en el manantial exacto:
en ese fuego sin palabras.

Las bellas, las furtivas,
las que hablan del pan y de la muerte
con gestos de hambre y de luz.
Las que han nacido para perderse, para no dejar más señales
que un ala en el vacío.

Y aún más: para que haya respuesta,
para que el pulso se encienda
en el último frío:
para desbordar los cielos y la tierra y algo
semejante a nacer de la contemplación y el color sin tregua
de las caricias prohibidas.

Sí, el hombre es todo eso.
Todo lo que ha sido tocado por el desierto y una flor.




ALBERTO BOCO





Licántropos

En tiempos llamados post-históricos la era del midia
y el regreso de la horda
con ojos atascados como por un mal dormir
nuestro “flojo coñac” desanda el aparato
sueño partido este todo supuesto entre oropeles de nada
y el pretexto de los recursos escasos
él no aúlla bajo el puente que filtra por sus huesos
el rayo de la luna
lenta bala de plata las cajitas del tetra
la basura y las costras en la era del confort
olor a mierda y meo de semanas
mientras las voces al acaso apuran su propia cadencia
                …el precio tiene que ser algo razonable…
                …hay que coordinarlo…
soba su entrepierna y no aúlla bajo el puente
mientras decimos cosas en agotados papeles y pantallas
y andamos niños olvidados por la música
entre sueños y vigilias que parecen la realidad
y no se diferencian.



Arboledas

sentado y en este Ahora bajo grandes árboles me digo
cuánto puede saberse de las horas capitales
como si tuviese mayor escala que pensar ahora en este Ahora
en mis horas capitales y no hubiese contradicción alguna para
                                                                         /decir tal o cual
estas y aquellas otras
por caso tu mirada perdiéndose por allá en un lejos tan tuyo y de
                                                                                         /tus ojos
una vez a ellos niños todavía les dieron a elegir
esa dijeron                               sabían pero no del todo
colgada del gancho la degollaron la desplumaron bajo el árbol
en el puro moverse chorreaba mientras conversábamos asuntos
                                                                                      / triviales
cosas de una familia que hace mucho ha dejado de verse
cosas mientras los chicos miraban cuando todavía…
después cortaron un poco de jamón               unos tomates
otras distancias en los ojos al filo de los cuchillos
el pollo y las papas en la mesa dorados en su no estar
yo todavía no te recordaba en aquel antes
de vaya uno a saber qué después
en este Ahora
… y están aquellos árboles
estas arboledas

todavía



ALFREDO PALACIO


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TAL VEZ YA NO QUEDE CLARIDAD SOBRE LA TIERRA
y el único porvenir sea
pasear nuestros difuntos.
Es posible que la noche confunda al poema
y apenas le deje una ventana
para sus ojos vacíos.
También
que esto ya se haya dicho
y yo deba
marcharme incompleto.

                                   de Filamentos


*


A VECES LA VECINA
busca en mí otra mirada.
De aceite
vacío
o entrepierna.
Se arriesga al tigre.
A veces la vecina
es otro territorio.
Luna menguante
sábana en espera
perfume para la ocasión.
A veces la vecina
es
tan extranjera como yo.
Y caemos sin saberlo
del uno al diez
por la lengua filosa del consorcio.

                            de Segundos afuera, 
                                          inédito




miércoles, 16 de enero de 2019

JUAN CARLOS MOISÉS


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Conciencia crítica


Si al galgo negro le digo que en estos días animales
es posible concebir la realidad con liebre albedrío,
va a decir que los juegos de palabras no son lo mío.
Es una especie de conciencia crítica en mi memoria,
que viene de un lugar cuyo nombre siempre recuerdo.
No haría el menor intento de engañarlo con palabras,
porque los sueños no se pueden torcer en el sueño.
Le digo que en invierno lo voy a tallar en la nieve.
Venimos de un lugar donde todas las cosas suceden
y los pensamientos retornan en la voz que retorna.
¿Y lo otro? ¿Y todo lo otro, con liebre y albedrío
y semejantes que corren sin aliento sobre la tierra?
No quiere estar en un lugar deshabitado, no quiere
que se lo vea sin ropas ni historia para ponerse.
Es verdad, también se debe detener a observar
todo lo que se manifiesta detrás de la escena,
donde sigo, como él, tan despierto y fantasioso.
No me fui, ni me voy de este lado de la realidad
para tallar en invierno un galgo negro en la nieve.


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                                 (Poema inédito)


Texto e imagen en 
              /facebook.com/metopoesias/photos/

lunes, 14 de enero de 2019

EDGAR BAYLEY


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Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su
/ casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los
/ desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra
/ a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato a
/ descansar
Entra en el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de
/ vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da
/ consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga.
Es el hombre que tiene fuertes
/ zapatones con clavos
y un chaleco floreado y una gorra
/ a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas.
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por
/ la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre
/ las rocas
y el vendedor de diarios que
/ desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos.
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por
/ el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él.
Entonces ella se ata también
/ con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
el aire libre
el cielo
el viento
entre los geranios
las sombrillas
las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre


Foto de Enrique butti