jueves, 9 de agosto de 2018

PABLO CAPANNA


Pablo Capanna. El código Asimov.



MONTAIGNE Y NOSOTROS

Si definimos la antropofagia como la deliberada ingestión de carne humana, tendremos que convenir que es un concepto que abarca costumbres muy distintas. En efecto, el canibalismo se puede ejercer de manera agresiva, para destruir a los enemigos, o de modo afectivo, para consustanciarse con los ancestros del propio grupo. También puede ser un acto simbólico, destinado a apropiarse del poder de amigos y enemigos. Todo eso, siempre y cuando no consiste exclusivamente en alimentarse, en circunstancias habituales o excepcionales.

Hay un canibalismo mortuorio, que se ha dado en varias culturas históricas y prehistóricas. La evidencia está en la manipulación de los huesos y la presencia de ADN humano en los restos de alimentos. Pero seguimos sin saber si se trata de un acto motivado por el hambre, de una práctica mágica o religiosa, o de un sacrificio hecho a la divinidad. Marvin Harris, autor de Caníbales y reyes (1977), introdujo la explicación ecológica que relacionaba al canibalismo de los aztecas con la carencia de proteínas debida a la desertificación, más tarde justificada como sacrificio ritual.

La forma de canibalismo que cuenta con pruebas más abundantes y variadas es el alimentario, al que el humor negro de los antropólogos suele llamar gastronómico. Generalmente aparece en situaciones de extrema necesidad, como las hambrunas.

También conocemos una suerte de canibalismo medicinal. En los recetarios médicos del Renacimiento, y en ciertos casos hasta comienzos del siglo XX, se incluía un polvo llamado mummia. Se lo presentaba como procedente de antiguas momias egipcias, si bien a veces se fabricaba con los restos de esclavos muertos recientemente. También se usaba una solución hecha con la sangre de un presunto vampiro, que había que ingerir como repelente de vampiros. De este modo, como alguien observó, no estamos seguros de que hayan existido vampiros que le chupaban la sangre a la gente común, pero tenemos pruebas de que había gente que consumía sangre de vampiros...

Después de que Arens cuestionara las evidencias del canibalismo, hubo teóricos que para ser más popperianos que Popper alegaron que las evidencias de los antropólogos eran tan indirectas como las de los misioneros y exploradores de antaño. Para ser más objetivos, recomendaron cuidarse más de los informantes y tener bien en claro los supuestos teóricos con los que encaraban los hechos. Lo cual puede ser un buen consejo metodológico, pero no permite concluir nada.

Tampoco alcanza para invalidar las pruebas fósiles, pero sí para desalentar a esos apresurados y sensacionalistas que ante cualquier cráneo partido a hachazos concluyen que la humanidad ha evolucionado gracias a la violencia y, lo que es peor, que la violencia es inevitable. Un ejemplo fue el célebre best seller de Robert Ardrey, African Genesis (1961), que los franceses retitularon Los hijos de Caín, e hizo correr bastante tinta en los años setenta.

En el 2006, el célebre “caníbal de Rotemburgo” fue condenado a reclusión perpetua por un tribunal alemán. Los jueces superaron así la perplejidad que les producía un acto que no respondía a ninguna pauta cultural, sino tan sólo a la patología mental de la víctima y el victimario. En este caso, si la aberración era vista como una transacción entre adultos consintientes, podía escapar al derecho penal. Hechos como éstos, que resultan tan inaceptables como la pedofilia, parecen apuntar a los límites del relativismo y de lo tolerable.

Una de las pruebas más recientes de la práctica antropofágica la aportó la epidemia de kuru, una enfermedad causada por priones, que hizo estragos en la tribu Fore de Nueva Guinea. En sus celebraciones, los fore solían ingerir los restos de sus difuntos, lo cual les hacía contraer la enfermedad.

El biólogo D. C. Gajdusek (1923-2008) obtuvo un premio Nobel por haber explicado ese mecanismo cuando arreciaba la epidemia de la vaca loca, que era causada por una infección similar. A pesar de eso, unos años más tarde Gajdusek terminó mereciendo una condena por pedofilia.


Eso era algo que Montaigne y muchos más hubiésemos considerado más grave que comerse a los difuntos. Después de todo, no fueron los “caníbales” sino los civilizados quienes cometieron los genocidios del último siglo.