sábado, 23 de junio de 2018

OSVALDO PICARDO



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De pesca con mi padre

Cae el anzuelo en el tiempo, a su tiempo.
Algunos peces morderán.
Salpicarán sus colores.
Veré en mis manos la desesperación:
sus ojos tan distintos e iguales
como mundos acabados.

Cae el anzuelo y se lo olvida
largamente.
Algo podrido en el aire. Podrido
de algas, orines presurosos
y mejillones al sol.
Cruelmente afilado en el tiempo,
en la tanza tendida sobre el mar oscuro.

Siempre veníamos acá con mi padre.
En la barranca abandonada del káiser
para mirar un instante, de pie, desde ahí,
las arenas gruesas de la playa
y el derrumbe encrespado de las olas.
Bajábamos con los pies desnudos
y el corazón apretado contra el mediodía.
La dirección del viento, las babas del diablo
y el revés del agua él sabía. Yo no.

Cae adentro y lejos, el anzuelo.
No hay otra manera
para que la carnada de con la hoya escondida
                          No es cuestión de tirar por tirar.
                         Hay que mirar
mirar la bajamar volviendo y ver entre
las rocas las plomadas oxidadas,
los collares de nylon: fracasos reconocibles,
propios.
                  El mar, siempre distinto
                  ─decía─ no devuelve lo que se lleva.
Y siempre el aire olía así
entre una alegría de espinas y escamas.
Con él.