sábado, 30 de junio de 2018

JOSÉ KOZER


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ACTA EST FABULA


La exprime, y ni una gota. Ni dulce ni agria. Y la
        ubre, seca. El pecho de
        la madre, odre repleta,
        nunca lo sació.

Y
ahora
qué.

La hora no termina. De diez a once de la mañana,
       un siglo. De diez a once
       de la noche, en la
       oscurana, el cuervo
       en el alféizar de la
       ventana, pasadizos,
       vuelta y vuelta de
       los silencios del
       cero, cero adyacente
       al silencio cero, deja
       de un salto la cama,
       está sudado, un sudor
       frío, la frente perlada
       de un gélido rocío, su
       corona de espinas la
       noche. Meses que
       no puede leer, de
       escritura ni hablar,
       conversar de qué
       y con quién, y menos
       a estas altas horas,
       busca entretener la
       hora, enturbiarla para
       no verla, y la hora

no
transcurre.

Obras quiere el Señor, así la comadre Teresa: y él
       obra de mañana en el
       retrete, se limpia, se
       lava a fondo, refresca
       con polvo de talco la
       pudenda, la baja zona,
       delante, detrás, se
       queda en pijama
       (¿para los restos?):
       iba a hacer calistenia,
       a leer el libro que
       abandonó sobre la
       tapa del piano hace
       meses, rebusca una
       hoja de papel de
       contabilidad que
       dejó a medio escribir,
       iba que iba, quería y
       quisiera, y por sus
       ojos cruzan de derecha
       a izquierda, de viceversa
       a viceversa tachaduras,
       chapones, un borrón
       a la revocación de su
       existencia. Las once
       según la hora en tres
       relojes de la mañana,
       se acerca al teléfono,
       no descuelga, ánimo
       se infunde, baja la
       vista, los pies afinca,
       una malva un ciempiés

su
somnolencia.