martes, 26 de junio de 2018

CONRAD AIKEN


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Goya


Goya pintó un cerdo en un muro.
El niño chico del barbero
Grabado vio sobre la plata
El león; y fueron los ocasos.

Goya olió la sangre de los toros.
El pupilo de carmelitas
Sus manos dio a un orfebre, supo
Dorar sin tacha una aureola.

Goya vio los ojos de la Pucela:
Dio serenatas (con guitarra),
Trepó al balcón; en cambio, Keats
Creó «Bright Star» (bajo las drizas).

Goya vio cómo la Gran Puta
Cogía a los gárrulos peleles
Y se reía, belfo laxo,
Y los ahogaba en una taza;

Les exprimía sus juguitos
Con manos secas, sin piedad,
hasta escucharlos balbucir. . .
Goya se fue a las catacumbas.

Vio a los bastos Roñones por el aire,
Con bocio y leporinos, violados
Por chulos lampiños, vampirialados:
Sobre Madrid, bulla nocturna.

Oyó cascarse los segundos
Como semillas, y verter
El sucio abismo del Vacío
Que hay entre el péndulo y el suelo.

Ríos de venas muertas, células descompuestas,
Amígdalas podridas, uñas.
Pelo muerto, piel muerta, garras, pelaje, muertos,
Velos, membranas, párpados, narices.

Y ojos que todavía, en la muerte, seguían
(San pestañas ni párpados) conscientes
Del puerco centro y, aún más puerco,
El local verme que aún lo arruina.

Sabó la peste del tictac.
Con ella fue Goya al Espacio,
Sedando tufo de sus miembros,
Y se paró en la faz sin rasgos,

Que no veía ni amparaba,
Pero que era, y que es. Pasó el segundo,
Goya volvió y pintó la cara;
¿pie escribió: «Yo ya lo he visto»...

En un desván pintó fulanas,
Gordas, dormidas, ovilladas;
Y al pie anotó: «Mejor que duerman.
Si despertaran, llorarían»...

                     (sin data del traductor)