viernes, 29 de junio de 2018

CLAUDIO ARCHUBI


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Coelum o de la segunda cita con la Verdad


1

Así como los asteroides, balas cósmicas, rompieron el cielo de Copérnico, atravesando las esferas de vidrio, toda vida se cumple al tocar y ser tocada por su límite. A nuestras verdades, balas diminutas, nadie las detiene. No harían mella en nuestro cuerpo si no fueran tantas: un protón se llama Dolor; otro, Fracaso. Por sus agujeros nuestra substancia se vierte.

Oh Raimundo que dijiste: …el cielo, con su armonía o melodía, causa las vocales y consonantes en el sonido, y causa que el afato trasmude en voz lo que se concibe en la mente…

Dame el cielo de tu Verdad. Déjame verla.

Muéstrame cómo intentaste salvarte de ella.

¿De qué otra forma podríamos conocernos?

Cada letra, un hueco en la hoja, uno pequeño. Porque ardemos por debajo y demasiada luz nos lastima.



2

Soñé que la Verdad era una.

La veía aproximarse desde un horizonte de imágenes mudas.

Tenía la forma de una mujer que encendía y apagaba su lámpara, lo que significa que encendía y apagaba su alma.

Crecía su alma en mi cuerpo encendiéndolo y apagándolo; ascendía su letra en la mía. Ah, y pensar que esto siempre les ocurría a los otros.

Íbamos desgrabándonos hacia el último punto, el más liviano; el del cruce.



3

Fuimos tan pequeños que arriba y abajo no se distinguían.

Fuimos tan pequeños que, después, cada uno se borró en su cielo de media Verdad, tan lejos de la Gratia, como balas diminutas, dispuestos a atravesar otros corazones de vidrio.


             De La Maquina de las alegorías,
                         Buenos Aires Poetry, 2016