lunes, 25 de junio de 2018

ARIEL BERMANI


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Sus ojos parecen blancos, secos

Ahora él cambia de posición, gira la silla. Lo tengo
de frente. Pero no está mirándome. Creo que en
este momento no puede ver, sus ojos parecen blan
cos, secos. Ella sigue con los codos apoyados en la
mesa, la cabeza entre las manos.
Las piernas cruzadas.
No hablan, no se miran, pero desde hace rato ─diez
minutos, quince─, cada uno está pendiente del otro.
Abro el cuaderno.
Ella realiza un leve movimiento con los pies. Las zapa
tillas  están sucias de barro y tienen las suelas lisas,
gastadas. Se frota los ojos. Cuando los libera, com
pruebo, comprendo, que está llorando. Pero llora en
forma contenida, sin lágrimas. Es roja, su forma de
mirar. Son marrones, los ojos.

El mozo, inmóvil, los brazos en jarra, permanece solo,
detrás del mostrador, en silencio. Escribo: ahora él
cambia de posición. Gira la silla. Lo tengo de frente.
Escribo: ella sigue con los codos apoyados en la mesa,
la cabeza entre las manos.
Las piernas cruzadas. Ellos no tienen palabras. A
veces, muchas veces, no hay nada para decir, nada
que pueda cambiar el rumbo de las cosas. Y uno se
da cuenta que las palabras no alcanzan. Todo, más
tarde, más temprano, termina haciéndose pedazos.

Ahora él se levanta. Ella lo mira. Se deja besar en la
frente. Él la besa sin sacar las manos de los bolsillos.
Sale.
Ella vuelve a cubrirse. Estira las piernas.