sábado, 30 de junio de 2018

ÁNGEL GAZTELU


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Tarde de pueblo


A esas horas lentas de vagas complacencias,
de luces asombradas y lejos indecisos,
cuando dobla un oro tenue la hoja de la tarde
y estambres delicados sonrosan la distancia;
cuando los limpios portales campesinos
se ofrecen como corolas o claros ventanales;
cuando vuelcan las campánulas sus tibios pistilos
y empujados los pájaros huyen hacia el monte;
cuando hay libros en las manos temblorosas
y en las pálidas páginas huellas de gastadas flores;
cuando sus pétalos de otro tiempo alzan el recuerdo
y un aire de las manos manojos de sombra aparta,
y a manojos de sombra una luz corresponde;
cuando es asombro largo el fulgor de la mirada
como una flor oculta y abierta bajo el agua,
por la escala, entre dos luces, ofrecida de un trino
asciendo a la colina cercana lentamente.
Allí el espeso y vario aroma campesino
arrobado y distante, huésped del asombro,
es dechado espacioso de fértil delicia
sorprender la luz última a tumbos por el pueblo
con ese hondo estruendo de no querer marcharse,
los senderos temblorosos y curvos como ríos
navegando jadeantes por palmares y laureles,
las sombras de los pinos recortados y ojivales
flechando el indeciso temblor de los abismos,
las pausadas carretas pesadas cabeceando,
los pasos de plata del raudo jinete
que repite cien lunas por el llano,
las pulcras miniaturas de los pintados portales, la flor
blanca aquella, que fiel a su nombre llaman mariposa,
brillando en los macizos de sombra como nieve.
Y tal vez sobre aquella página pálida de huellas florales
húmeda del recuerdo y motivado suspiro,
será de toda complacencia el halo más fragante
ver esa flor guardada, renacida de pronto,
cuando rasga el lucero la penumbra de la tarde.