domingo, 25 de marzo de 2018

WILHELM KLEMM

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La Ascensión

El se apretó el cinturón hasta que le ciñó estrechamente.
Su armazón desnuda de huesos crujió. En el costado la
    herida.
Tosió baba sangrienta. Flameó sobre su martirizado
    cabello.
Una corona de espina de luz. Y los perros siempre
    curiosos
los discípulos husmeaban en torno. Golpeó como un
    gong su pecho.
Gesticuló con los brazos, hasta que sus agujereadas aletas
por segunda vez largamente dispararon gotas de sangre,
y entonces vino el milagro. El cielo raso del cielo
se abrió color limón. Un vendaval aulló en las altas
   trompetas.
Él, sin embargo, ascendió. Metro tras metro en el hueco
espacio. Los getas palidecieron en profundísimo asombro.
De abajo sólo veían las plantas de sus pies sudorosos.

         En Grecia, Madrid, año 3, n° 50, nov. 1920


El cielo nos soborna

El cielo nos soborna
con los ojos algo entornados
las copas de los álamos
dicen de la paz y del viento
hermanas relucientes
se tienden en la pradera
sobre las vidriosas máscaras de los bosques
las riendas del sol cuelgan
fuego mojado
arde en la piel verde
paz del recuerdo
mana sin tregua
un arco pardo
lentamente vuelve
lo toma el puente
antes que la tarde azul aparezca.

                           De Die Aktion, 1918

Trad. J. L. Borges