viernes, 2 de marzo de 2018

CLARICE LISPECTOR


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“Pero a la noche los caballos liberados de sus
cargas y conducidos al pastoreo galopaban fi
nos y sueltos en la oscuridad. Potros, rocines,
alazanes, largas yeguas, cascos duros ─una ca
beza fría y oscura de caballo─  golpeando los
cascos, con sus hocicos espumantes irguiéndose
hacia el aire en ira y murmullo. Y a veces un sus
piro que enfriaba los pastos en tremor. Entonces
el bayo se adelantaba. Andaba de lado, con la
cabeza encorvada hasta el pecho, cadencioso.
Los otros asistían a la escena sin mirar.

Medio sentada en la cama, Lucrécia Neves adivi
naba los cascos secos avanzando hasta clavarse
en el punto más alto de la colina. Y la cabeza do
minando el pueblo, lanzando su largo relincho.
El miedo la alcanzaba en las tinieblas del cuarto,
el terror de un rey, la jovencita querría responder
con las encías a la muestra. En la envidia del de
seo el rostro adquiría la nobleza inquieta de una
cabeza de caballo. Cansada, jubilosa, escuchando
el trote sonámbulo. Apenas saliera del cuarto su
forma iría adquiriendo volumen y detalles, y cuan
do llegara a la calle ya estaría galopando con pa
tas sensibles, sus cascos resbalando en los últimos
escalones. De la vereda desierta ella miraría: ha
cia una esquina y la otra. Y vería las cosas como un
caballo. Porque no había tiempo que perder: incluso
de noche la ciudad trabajaba fortificándose y a la
mañana las nuevas trincheras estarían en pie. Des
de su cama ella intentaba al menos escuchar la coli
na donde en las tinieblas caballos sin nombre galo
paban devueltos al estado de caza y guerra. Hasta
que se adormecía.”

                    De La ciudad sitiada, Corregidor, 2015

Trad. Florencia Garramuño