domingo, 25 de febrero de 2018

BOHUMIL HRABAL


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“Me quité la gorra, se la tendí a una de las
cocineras y arremangándome  mi blusa y
mi camisa hasta el mentón, caí de rodillas
para pedir: “Padre mío, quiere usted darme
su bendición?”. Las dos sirvientas lanzaron
un grito y el señor arcipreste se incorporó
para mirar atentamente mi pecho. Hubo un
largo momento de silencio, sólo se oía cómo
las efímeras y las mariposas nocturnas gol
peaban contra los vidrios. El señor arcipres
te me preguntó, acariciándome los cabellos:
“¿quién te hizo esto?” Yo respondí: “el señor
Alois, en el Café du Pont” “¿Y qué es lo que
habías elegido como tatuaje?”, agregó acari
ciándome siempre los cabellos. “Una goleta
con un ancla”, respondí. Entonces el señor
arcipreste me condujo hasta el espejo, me
tomó suavemente por las axilas y yo vi, ex
tendida a través de mi pecho, una sirena
con una barba espesa en el nacimiento de
su cola de pescado, dos tetas y ojos gran
des como platillos; esa desnudez marina te
nía la misma sonrisa desvergonzada de la
chica del bar de Zofina que una vez me ha
bía sacado la lengua, enrollada como un
cucurucho, como el diablo de San Nicolás.”

      De La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo,
                                           Ada Korn Ed., 1987


Trad. Julio Ardiles Gray