domingo, 9 de abril de 2017

JORGE SMERLING






EQUILIBRIO EN CORAZÓN PARA PARTIR


ten la sombra
en
equilibrio
que he
partido
mi corazón
para que partas
con tu sombra
espada
de ser dos y uno
ese
haber vuelto como el
mar a ver nos tan

espuma del oleaje
y luz mayor
oh sombra
que me entierras
en su sombra
oscura sombra
del
dolor

       de canción de bienvenida para un ángel en vuelo,
                        la cebolla de vidrio ediciones, 2016



CECILIA ROMANA


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Litoral

Cuando eras mi padre ―aunque acabaste
no siéndolo: todos los padres tienen que
caer y vos no ibas a convertirte en la
excepción-, yo pensaba que dejarte actuar
no podía ser tan erróneo. Reclinabas el asiento,
tu brazo, con la pericia de un arqueólogo,
atravesaba el mundo de mi remera sin
mangas, decías ―con un diminutivo adelante,
invariablemente―: el tren se lo llevó a los
cuarenta y dos años. Con mi abuela fue igual,
salvo por la línea, claro. Siempre pensé que
iba a morirme a esa edad y ya ves, la fecha
caducó, nadie está dispuesto a ocuparse de mí.

Cuando eras mi padre, yo, que me jacto de una
intrepidez próxima a lo viril, rogaba por
San Bailón, por la Casia, por Tours, que
no se te escapara la palabra “montonero” en
casa. Es un desliz, estoy de acuerdo, no había
forma de que no lo hicieras, y visto desde otra
perspectiva, tampoco tiene sentido, sin
embargo, esa manía de emparentarnos bajo
el múltiplo, de elevar a la potencia segunda
nuestro cuerpo en un auto, en una cama ―y
acabo de decir: “nuestro cuerpo”, como si
fuera uno-, acaso, si hubieras escrito
con aerosol una amenaza en la universidad, o
firmado el bendito decreto para incautar la
biblioteca, ¿no seríamos exactamente lo mismo?

La discrepancia radica en que cuando vos
eras mi padre, no podía tenerte miedo. No
podía, ni siquiera, impedir que mi mano, que
a duras penas me obedece, no tenía forma
de impedir que mi mano, por ejemplo, se
dirigiera por propia voluntad al sitio
de donde proviene el mal de este mundo
que es la generación. Cuarenta y dos años,
dijiste. Y preguntás: ¿vas a quedarte
siempre conmigo? Miro el plato que acaba
de servirte un mozo cualquiera. Pienso:
¿cómo le digo, para que entienda ―digo―,
cómo se lo digo? O sea, ¿cómo le explico el sí?


 

GERARDO BURTON


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4 de abril, 2007

arroyo, arroyito de mi alma
que le han dado la muerte
al maestro fuentealba

sombras en el valle del viento, luz
y miedo, sombras voraces
con nombres conocidos en diarios aparecen
más sangre
en el valle del viento

arroyo, arroyito de mi alma
el viento lleva la muerte
al maestro fuentealba

alzan de dolor los brazos y las voces
locos entre lágrimas
locos los gritos en la huida

¿qué cosecha el poder de los pocos
salvo odios, y la sonrisa
de los muchos entre hogueras?

arroyo, arroyito de mi alma
qué muerte terrible
para el maestro fuentealba

hay dolores, hay cárceles de abiertas
puertas para los esclavos del poder
hay dolores en los barrios del borde
donde apenas calientan el aire los rescoldos

se incendia el invierno en las casas
donde esperan al maestro
que retorne
desde ese día en el valle
sin justicia todavía

arroyo, arroyito de mi alma
qué muerte tan sin justicia
la del maestro fuentealba

inquilinos del otoño
vientos duros en la meseta
apenas abren las ventanas, enlazan
las ropas tendidas
casi en un aire
de ardientes caricias

arroyo, arroyito de mi alma
no dejemos en la muerte
al maestro fuentealba

                            neuquén, abril de 2014