lunes, 16 de enero de 2017

DANIEL FREIDEMBERG


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De repente en la noche pienso en mi madre
La señora de manos amarillas
vela por mí.
La noche
rompe astillas de hielo contra su poca voz.
La llovizna de invierno le quema las pestañas.
Mañana vendrá el viento,
vendrá todo de negro,
y se la va a llevar;
qué país derrotado recorrerá en su canto,
cuántas manos amargas se le caen,
cuánto viejo silencio
la nombra alrededor…
Ella, blanca en mi noche,
me espera, me vigila.
Cuando se vaya sé que no tendré un temblor,
ni un grito, ni una lágrima;
voy a andar lentamente por detrás de mis pasos,
voy a pasar intacto frente a la soledad.
Voy a quedar callado.
No la voy a nombrar.
(La señora hace tiempo me enseñó muchas cosas.
No me enseñó a llorar.)
Voy a saber qué tono
tiene todo sin ella.
La señora de manos doloridas
en mi noche
vigila.
Yo duermo,
yo no temo.
Yo no conozco nada de la vida.