jueves, 15 de junio de 2017

ABEL ROBINO


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Después de leer un poema chino


Ayer, después de leer un poema chino que decía
que los sueños entre las ramas de un cerezo son diferentes,
trepé al cerezo del fondo de mi taller para ver el mundo.

El mundo era la ropa tendida de mi vecina,
la pileta con agua podrida del verano
y las parvas de hojas sin juntar.

Los chinos del siglo II antes de Cristo
no contaban con el suburbio galo,
y menos con una rata en el mástil de una embarcación
a la que no salva ni la palabra cerezo.


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Epitafio en construcción

Alas, pezuñas y rabo.
Mi padre murió como un animal convencido.
Solía asegurar que nadie muere de una sola y estricta vez,
y ésa fue su hora de creyente, emperrada, amenazante.
Aquí, esta versión sin ruidos,
libre ya de la impune imaginación.
El orador devorado por su propia oración,
la del aguante diario, la ordinaria,
la que en vida lo elevaba y lo dejaba caer en una
sola y mal pagada jornada de trabajo.
También dijo: un día te tocará ordenar mis pedazos.
Y aquí, aquí lo estoy haciendo:
alas, pezuñas y rabo.


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