viernes, 31 de marzo de 2017

ROBERTO VIDELA


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Los pájaros en el Roxy


Dejamos el Kaiser Carabela -orgullo familiar y nacional, barco pesado, plateado y blanco- en la calle San Martín del centro de la ciudad de Mendoza, debajo de los enormes plátanos. Era una salida de casi todo el árbol genealógico, escueto ya que éramos pocos: padre, madre, tres hijos varones. Íbamos al cine Roxy, uno de mis preferidos, donde veía las comedias norteamericanas de moda que trataban de combinar sin mucho éxito a Romy Schneider con Jack Lemmon, a Gina Lollobrigida -o a mi amor Claudia Cardinale- con Rock Hudson. Estoy hablando de 1963 ó de 1964, hace casi medio siglo. En el otro cine, el Lavalle, a veces pasaban películas europeas o dramones de Tennessee Williams, que me atraían más pero nunca podía ver en la capital: eran prohibidos para menores, proh.m.18, una sigla que me estremecía. A esas películas las veía en los tres cines de mi pueblo –cine Alvear, cine Casa España que fue alguna vez de mi abuelo y cine Al Aire Libre del que no me acuerdo el nombre- donde pese al cura Juan no existía la censura y donde pispeé, entre tantas: A pleno Sol, Rosemary entre los hombres, Sin aliento, Rocco y sus hermanos, Una gata sobre el tejado caliente, Verano de amor, Dos mujeres, De repente el último verano, Los amantes… En realidad de esta última vi sólo el afiche en blanco y negro, con dos manos que se estrechan sobre unas sábanas. Me parecía que esas manos -una de ellas de Jeanne Moreau oh- respiraban, vivían.
Tenía 15, 16 años. Había torturado a mis padres para que me llevaran a ver Los pájaros, proh.m.14, y además quería compartir con ellos mi amor por Hitchcock: Psicosis se había convertido en mi obsesión, eso imposible de ver o de alcanzar. Quería contagiarlos, quería deslumbrarlos. Había leído en Leoplan el cuento -tan pijotero- de Daphne Du Maurier y no se me ocurría cómo habrían hecho la adaptación. Sabía algo de la película, por ejemplo que se habían usado dos mil pájaros amaestrados, pero no quería recordar nada para poder sorprenderme. Sigo haciendo lo mismo hoy, leo comienzo y final y resbalo rápido por el medio de las críticas de los diarios para no saber de qué tratan los filmes.
La tarea fue difícil, no conseguía convencerlos a mis viejos, aun cuando a ellos les había gustado muchísimo La ventana indiscreta, Intriga internacional y también Vértigo (las tres todavía siguen estando en mi lista de Las Mejores 100, esa lista que de repente me ataca la necesidad de hacer, cada 5 años más o menos). Yo sentía que se oponían por Capricho de Padres -CdP, esa institución familiar incomprensible-, sólo para no darme el gusto. Finalmente accedieron, a regañadientes.
Vi la película en trance, sentía casi los picotazos, aunque no me gustaban los peinados de Melanie Daniels-Tippi Hedren -que luego llamó Melanie a su hija Griffith- y tampoco me convencían algunos -pocos- back projectings, pero viví un momento Kodak total, Kodak medio al revés, o sea un momento de miedo, de peligro, de fibrilaciones subterráneas y de placer. Hitch con la jaula en la mano en San Francisco, Bodega Bay y el graznido del primer ataque en la lancha, las tacitas de porcelana rotas, la camioneta despavorida con la Jessica Tandy, Rod Taylor algo desabrochado, los cuervos como notas de un pentagrama antes del ataque a la escuela, los niños con racimos de pájaros enloquecidos en la cabeza, la toma desde el cielo de la explosión de la gasolinera, la cabina estrellada, la familia acorralada en el living sin que se vea un solo pichón.
Que Tippi -esa Paris Hilton de antes- no suba sola esas escaleras, que no, que no suba, no subas, Tippi… Mitch-Rod, no vayas a apoyar la mano en la baranda, no, no te apoyes. ¡Ay! Te dije. ¿Duele?
Y esa toma de cierre con tanto bicho… Puedo ver detalle por detalle, casi toma por toma, como si estuviera en el cine. El final abrupto me dejó suspendido, extasiado, pero sin saber bien si me gustaba o no. ¿Cómo alguien se atrevía a hacer algo tan audaz como dejar todo abierto, todo inconcluso? Sí, me gustaba, más bien tenía que gustarme, decidí, era muy original, era como saltar al vacío o tropezar en un sueño.
¿Se salvarán? ¿Acaso pueden morir el muchacho y la chica, aunque ella sea medio mala? Tippi-Melanie parecía medio finiquitada, ya con el peinado deshecho, la mirada vidriosa y vendas por doquier. La niñita pecosa -¿la misma de La Mentira Infame?- me daba alguna esperanza: los niños no morían en las películas de los sesenta. En cambio los adolescentes morían a paladas en los filmes de los 50, cayendo con los autos por barrancos luego de picadas, o acribillados por policías mientras Natalie Wood gritaba. Menos mal que el coche -algo así como un Jaguar o un Porsche- no hizo nada de ruido al arrancar en ese amanecer de fin de mundo, pero era un blanco perfecto, con esa capota de lona perforable.
Mis padres y mis hermanos odiaron la película. Sobre todo papá y mamá. Que era una pavada, que era algo que no podía pasar, que era una idiotez rebuscada. Esa sí que era una frase contundente, definitiva. Los gustos familiares son claros, nítidos, apartan de un solo gesto cualquier duda. No sé si padre empleó una palabra que le gustaba usar de vez en cuando con nosotros, sus hijos, en singular o plural: pajarón o pajarones. No recuerdo bien si mis hermanos se plegaron al chaparrón de mala onda que arreció en el grupo familiar al ir volviendo hacia el auto. Mis hermanos habrán tenido 14 y 12. ¿No es que era prohibida para menores de 14? Aquí surge algo incoherente en mi recuerdo. Bueno, no importa: tal vez dejaban entrar a los menores acompañados por sus padres.
Yo caminaba algo apartado, rojo de bronca y pálido de la frustración, o sea rojo y blanco, herido en lo más hondo, vapuleado, humillado y ofendido además de hundido en la incomunicación, como Antonioni, de quien no había visto nada aunque todo yo estaba estirado, lanzado hacia La aventura, hacia La notte. En el fondo estaba sorprendido -más bien apabullado- de no poder compartir todo lo que sentía, de sentirme tan solo en el mundo. Y, en medio del tumulto de sentires, aparecía un nudo brillante y oscuro: eso era yo, ese núcleo algo balbuceante era yo. Tenía que empezar a tratar de comprender el abismo que a veces me separaba de la vida cercana. Pero también tenía que defender ese núcleo insólito. No me quedaba otra. Eso soy yo en el reino de este mundo, creo que pensé.
Entonces llegamos al Kaiser. El gran tutú estaba todo cagado, tapado por la mierda de Los Pájaros, los miles y miles integrantes de una bandada que se había instalado en el espléndido plátano que se abría sobre el auto. Deben haber estado planeando -y planeando- días y días, sin posarse jamás y sin hacer caca, esperando el momento perfecto para que todo saliera redondo.

La familia estalló en altas risas y se dijeron cosas muy pero muy graciosas. Yo hubiera querido que me tragara la tierra o desaparecer volando.


                               de Todos los caminos, Babel Editorial, 2009