sábado, 11 de marzo de 2017

CÉSAR MERMET


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ESCÁNDALO DEL DUELO


Esta decencia última
de no ser el escándalo del duelo.
Esta honradez final, pesada,
de no dar a traición ciego vacío
al candoroso amor de los que quedan.
Este candor sombrío,
este pudor, sufrir:
ser alcanzado ahora
por la vergüenza anónima y ajena
de ser por una vez, llanto del otro,
otro en el llanto equívoco del deudo,
el muy doloso escándalo del duelo.
Sentir el desnivel violento que precipita a pocos pero nuestros,
a un nombre, a un sitio, a una balada hueca
que no somos ni fuimos; adonde no estuvimos,
a las caídas cosas en el perplejo espacio,
a la culpable falta en que seremos
pretexto del doliente,
la querida invención por la que llora
su vida, no la vaga muerte
del póstumo impostor ausente;
la presunción del fúnebre causante,
el deshonroso escándalo del duelo.


                                        1969





Como friolenta virgen


Toda tu astucia es noble y conforme a norma;
toda tu resistencia es don y laborioso sacrificio;
y tu avaricia previsora, y abnegada la constancia
con que aprietas las piernas como friolenta virgen
en la cumbre nocturna de los siglos.
La enredada circunvalación de tu pudor
es ideograma vivo y bendición cifrada
de recias tatarabuelas rupestres.
Agradezco humilde, digo rendidamente,
la dificultad con que a veces venzo tus senos,
la costumbre de derrota a que me unces,
pequeña remilgada de imperio tímido.
Educas grave, trabajosamente al macho dispendioso,
incitas como puedes mi pujanza, a lo alto y a lo venidero
me concitas con ciego cálculo
y con vidente tacto aciertas.
Sabes perfectamente que en este siglo
dentro de pocos días se termina el amor;
y me honras con devoción arcaica,
apretando las piernas, apretando las piernas,
como por el penúltimo sediento
que aúlla hacia la tarde.
Yo beso la enagua de tu ñoñería,
descifro tus puntillas de hinojos
untándolas de saliva hipócrita,
porque tu tienes tu consejo de brujas del pleistoceno
y yo mis cazadores de sílex mágico disfrazados de ciervos.
Yo me postro, me postro, me arrodillo, me agacho,
y gachamente espío tus bellas piernas,
en honda perspectiva
y fuga directa en sombra a tu insondable horqueta,
convertida en fetiche para siempre
gracias al rigor con que me privas,
con que aprietas las piernas,
con que aprietas las piernas,
friolenta como una virgen
en la loma de los extensos, pero idénticos tiempos.

                                          1963