lunes, 21 de noviembre de 2016

HORACIO FIEBELKORN





Domingo a la mañana


Cada mañana de domingo
los gritos del idiota retumban
en todo el edificio. En realidad no se sabe
si los alaridos pertenecen al idiota,
a un perro atado,
o un burro secreto. Pero el caso
es que los gritos se apoderan del espacio auditivo
y se mezclan con restos de alcohol, disgustos,
reproches y aspirinas. Despeinado y sucio,
con bilis en la boca te asomás
a la ventana con el solo objeto de buscar
los gritos del idiota en algún lugar preciso
escaleras abajo.
Nada se confirma, no hay ningún bobo, ningún
perro dolorido o mamut alucinado, y volvés
a la cama con esos mismos gritos
que insisten en morder los dedos de tus pies
liman tus dientes y cantan
en algún rincón de tu cabeza.

                               De Elegías, 2008