domingo, 23 de octubre de 2016

MAROSA DI GIORGIO


 


LUMÍNILE

5

Cada uno tiene su cruz; así que fuimos a tomarla.
La mía era de latas oscuras y doradas. La ajusté a mi
espalda. Otros proseguían en la búsqueda. Uno, cerca,
me dijo: -Y ¿Por qué no tomas otra? Como si fuera eso
posible.
Empecé a andar.
Había quienes lloraban y se quejaban. era el atardecer;
pero aún se veía todo, claramente.
La cruz a cada rato se ajustaba más a mí. Íbamos
cruzando matas, matorrales, arboledas.
La cruz comenzó a tintinear, a murmurar. ¿Cómo?
¿La cruz me hablaba?
Me temblaron las piernas. Por disimular empecé
a hacer el elogio de las manzanas y las mariposas que
nos salían al paso; hacía su gran encomio. Y cada
vez que esto yo hacía, la cruz me daba apretoncitos
obscenos. Hasta que, al final, cerca del último álamo,
la cruz se amoldó aún mas a mí, y me violó profunda
mente. Yo quedé muda.
En lo hondo comentaron.
El cielo estaba tenue, un poquito en mascarado.



                             de Rosa Mística, 2003