martes, 3 de mayo de 2016

JAIME SARUSKY


jaime sarusky


Los hebreos en Cuba
                                   Por Jaime Sarusky

Publicado en  CUBARTE  el 26 Junio 2009


Antes de empezar, y quizás fungiendo como abogado del diablo, me pregunto: ¿Qué es exactamente un judío o mejor, los judíos? ¿De qué se trata de una civilización, como civilizaciones fueron Egipto y también Babilonia? ¿Acaso una cultura? ¿Un pueblo? El carácter ambiguo, por lo variado y hasta contrapuesto, de la condición social en que históricamente se han situado o han sido situados los judíos, revela la complejidad del asunto.

Un judío puede no asumirse como tal por abstención o/los-hebreos





MILCÍADES ARÉVALO





El caballo del viento y la muchacha desnuda


            Un sueño es una escritura, y hay muchas
            escrituras que sólo son sueños.
                                               Umberto Eco


El día que leí mi primer poema comenzó mi desgracia.
Si bien es cierto que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a la congregación con poemas de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu, que en idioma vulgar no era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio me mandó a refrescar el magín al río.
No había terminado de saborear el agua, que a esa hora de la tarde era de vidrio, vi a unas muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!
Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio, las muchachas comenzaron a gritar en coro: "¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!", porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.
Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha, para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios delante del espejo y nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa
Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? -¡Válgame Dios!-. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi puñal de tormento, con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.
Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera, ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.
Todo se lo conté. Sin embargo, fue como si no me oyera. En volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de la biblioteca de la venerable congregación, para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.
Desde entonces, heme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan el caballo del viento y la muchacha desnuda.


                                   Cuento del libro 
                            El héroe de todas las derrotas



JAIME JARAMILLO ESCOBAR


Jaime-en-Medellin-por-Gonzo


Jaime en exibición de sombreros


Dicen que usted escribe desnudo.


Solamente puedo escribir desnudo; no puedo escribir vestido. Cuando se publicó que escribía desnudo, los periodistas púdicos empezaron a decir que eso significaba que escribía desnudo de prejuicios. Siempre he estado desnudo de prejuicios, pero cuando digo que escribo desnudo quiero decir empelota. La ropa es un disfraz, una cobertura que nos ponemos para aislarnos. Siempre vivo desnudo, porque no tengo nada que ocultar.





Jaime en exibición de sombreros


El deseo


Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,
y que nos sentemos en un café a hablar largamente
de las cosas pequeñas de la vida,
a recordar de cuanto tú fuiste soldado,
o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos
la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos
a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.
Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente
y nos estábamos callados.
Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre
en la misma esquina hasta el día siguiente,
con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la[vida,
pero que sólo se da en la juventud,
cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan
entre el bolsillo,
y se tienen creencias y confianzas
así en el mundo como en uno mismo.
Y quiero además aún hablarte,
pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta
noche con cerveza y música,
y después yo seguir viviendo como si nada...
o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,
mientras la Muerte me espera en el guardarropa para
ponerme mi abrigo negro a la salida,
yo buscando la puerta de emergencia,
la escalera de incendios que conduce al infierno,
todas las salidas custodiadas por desconocidos.
Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.
Mientras la tarde transcurre
evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos
a decir las últimas palabras cada noche
o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir
comprendí que te amaba,
y en fin, tantas otras cosas que suceden...


Jaime en exibición de sombreros