jueves, 31 de marzo de 2016

MANUEL MEJÍA VALLEJO




HERMANO LOBO

Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.
– Es horrible lo que piensan y escriben – exclamó.
– No todos – dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.
– ¿Dónde está ese santo?
– En el cielo.
– ¿En el cielo hay lobos?
El ermitaño no pudo contestar.
– ¿Y tú qué haces? – preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.
– Y cuando mueras, ¿irás al cielo?– preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.
– Hago lo que puedo por merecer el cielo – dijo apaciblemente el ermitaño.
– Si fueras mártir, ¿irías al cielo?
– En el cielo están todos los mártires.

El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar, se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.