viernes, 11 de marzo de 2016

LUIS GRUSS




Mi padre


Mi padre era sordo. No totalmente. Pero para hablarle había que gritar un poco. Al igual que todos los padres no sabía ser padre. Era comunista y estuvo un año preso en la vieja cárcel de Devoto. Mi padre tenía gestos románticos. Le daba flores a mi madre por cualquier motivo. Mi padre tuvo que hacerse cargo de una mueblería que fue su tumba. La madera no sólo sirve para hacer muebles. Mi padre intentó explicarme un día, una noche en realidad, las cosas del sexo. Fue tan directo que logró asustarme. Yo era un adolescente callado y solitario. Al igual que ahora no entendía nada del mundo. No pensé, en ese momento, que el coito podía ser algo carnal pero dulce. Agrio pero amoroso. Dulce y amargo a la vez. Mi padre se enojaba a veces. Daba portazos. Los portazos componían un lenguaje privilegiado en la casa de infancia. Mi padre tuvo la suerte de morir antes de que soplara el viento de la desgracia. Debí reconocer su cadáver en un hospital. Nunca había visto un muerto hasta entonces. Su piel tenía un color amarillento. Unas horas antes, en terapia intensiva, me aconsejó que no siguiera su camino. Que no me dedicara al comercio. Que viajara. Le hice caso en todo o casi todo. Guardo una foto de él que no la cambio por nada. Se la tomaron en Italia. Mi padre está junto a una fuente y parece envuelto por decenas o miles de palomas. Una comía maíz de sus manos. En la foto mi padre sonríe y parece feliz. Deben haber sido, ahora que lo pienso, menos palomas. Quizás veinte. A lo sumo treinta. Esa foto me gusta especialmente. Mi padre no fue lo que quiso ser. Nadie lo es. Soy mi padre ahora. Más grande que él incluso. Y me rodean palomas invisibles en una plaza sin nombre. Mi padre ya no es sordo. Para hablarle hoy, un día como hoy, debería hacerlo en voz muy baja.



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