miércoles, 3 de febrero de 2016

ENRIQUE BADOSA





Acabo de romper papeles viejos…


   Acabo de romper papeles viejos,
y los sobres en blanco que guardaron
esperanzas de buena soledad.
Polvo de algunos años empañaba
esas caligrafías buscadoras
de palabras perennes. En mis manos,
la penumbra de tiempos que he perdido.
Ahora soy un nombre casi solo,
que ha roto ya sus últimas noticias.
Un hombre sin más libros que pocos y severos,
y con palabras ciertas y buscadas
para llegar tal vez a compartirlas.
Pero también me siento abandonado
hacia un futuro tan irremediable
como días de ayer. Nada sucede.
Habrá un silencio nuevo ante mi puerta.

                 De Arte poética, 1968



Sepa usted que en mi casa vivo solo…


    Sepa usted que en mi casa vivo solo,
y no es posible que alguien haya dado
esta luz que ahora veo en la ventana.
¡Espere, por favor…! Ya se alejaron
los alborotadores de la noche,
y quisiera tener alguien al lado.
Aunque tal vez a usted otros le esperan,
y yo le canso aquí… ¿No? ¡Gracias! Claro
que a usted no le sorprende ni le inquieta
ver luces encendidas en mi cuarto.
…Es verdad, vivo solo y hace frío
al mirar los espejos derribados
por la sombra. ¡Y cómo le agradezco
que me escuche un momento! Pero acabo.
No obstante, si supiera cuánto temo
la luz que han alumbrado
en mi casa vacía… ¿Qué hace usted?
¿cómo puede saber que estoy cansado,
y me pone su mano transparente
sobre el hombro? ¿Por qué se está empeñando
en que debo subir y abrir la puerta
y recorrer mi casa, y decir alto
el nombre que perdí?... ¡No, no se vaya!
¿Por qué usted…? ¿Por qué Tú me ayudas tanto?

                                  De Arte poética, 1968


EB(España, 1927). Poeta, ensayista, traductor.
Más allá del viento(1956), Tiempo de esperar, tiem
po de esperanza(1959), Baladas para la paz(1963),

Arte poética(1968), Historias en Venecia(1971).

NICOLÁS ROSA





Tratado sexto: sobre el cadáver

              El caer –un cierto caer(se) del senti
             do…, la extracción, como quien dice la
              extracción de la piedra de la locura, de
               la significación fálica del cuerpo…

                                Avatares del etymon  


Parte, resto, fragmento, vestido, joya, excremento, máscaras
del texto, excedentes del cuerpo, simulacros de la patencia
áurea del falo, tropismos primarios del discurso que sólo reenvía al propio falo rescindiendo el falo del otro especular y que se aliena en la no relación del acto negativo por definición, el acto de la escritura marcado por la presencia medusante y petrifican
te de la Gran Otra. Parte de un todo imaginario, parte de las
partes, más que objeto parcial objeto radicalmente aparte ─como quien dice, violando las leyes de la gramática, objeto hecho a partes, en el decir de Lacan, el pequeño objeto a como
desprendible (corte) y por ende destacable(el monumento gélido
de la estalactita) donde la pulsión anal se analiza, se metaboli
za, se cristaliza en el ornamento del cíbalo, encuentra, sin embargo, un límite absoluto, el último término de una serie infinita, como el número de oro alquímico convertido en ceniciento envés: el cadáver. De objetos erectos, objetos perdi dos, objetos reencontrados, el objeto máximo, caído por defini
ción(cadáver viene de cadere, caer) es el rostro amargo de la
castración. La muerte, como término último de una serie imaginariamente infinita es el enigma mayor de la cultura: que haya sido pensada como continuación de la vida otra, en la hi póstasis teológica: de la vida terrena ─en el valle de lágrimas─
a la vida eterna pasando por la casa del cadáver, el sepulcro,
la inscripción de la letra funeraria, de la carne al espíritu pasando por la emancipación vaporosa de las salivas y las babas,
que haya sido pensada como límite de la materia en su propia combustión saldada por el renacimiento mecánico del bios, o como término siempre prorrogable de un descuento de lo real que hace de la suma de los muertos la cúspide imposible de la vida, siempre ha sido pensada como término ulterior y por lo tanto generador al mismo tiempo de una utopía(la de la inmortalidad) y de una ucronía(el final del tiempo es el fin de los tiempos donde la muerte individual se hace coincidir con la muerte de la especie). Sólo Freud y la parte de la poesía que le corresponde al discurso de la ficción poética, pensaron la muerte como retorno, como retorno del principio al final de la vida. La muerte no está al final de la vida, está en sus comienzos. El cádaver como resto-rastro mortal convoca la
eyección propia de las materias impuras, es lo ab-yecto por
definición, materia obscena en espera de la disolución, la putrefacción. El registro imaginario de la literatura ha captado siempre este elemento ab-yecto en sus ficciones de la muerte
─quiero decir del cádaver, Drácula(la exangüinización), Frankestein(el hombre de los retazos corporales, el uno de todos), golems y muñecas parlantes, autómatas y mutantes y androides bastardos(el ánade de jade de Perlongher) pueblan
La fantasmática de la sustancialización siniestra de lo inanimado: la máquina, otro término de la muerta, la máquina infernal. Pero si el cadáver retorna en la letra, sólo retorna como el simulacro mayor del re-torno, de la re-presentación: el
spectrum aquello que se muestra, que se da a ver y que convoca inexorablemente la extinción de la pulsión escópica.

El cadáver de Austria-Hungria, el cadáver de esa mujer, la imponente historia de ese cadáver que ha inmantado las letras argentinas, el cadáver que se hurta a sí mismo en las penumbras de la periferia de la significación: aquello que absuelve lo significable-posible en el registro de lo in-significable imposible negando el mentar, hasta el hurto del cadáver, que simula el tránsito terrestre de una peregrinación teológico-política, culmina con un oxímoron semiótico: si el cadáver es cuerpo caído, cuerpo en espera de la corrupción y la ceniza, el embalsamiento es simultáneamente una contradicción lógica de la implicación existencial y un contra-fáctico de la acción cadavérica. El embalsamamiento es quizá la metáfora más aguda, pero silente, de la escritura: intento de restaurar la rigidez cadavérica en la erectibilidad de la letra. Si los cadáveres de Alambres forman un conjunto de miembros infinitos por efecto de una desmultiplicación que cortocircuita
lo imaginario y lo real, digo la muerte como entidad y la masacre diaria, la muerte imaginada y deducida y la irrupción de la muerte del otro que golpea como lo Real absolutizado cuando de los muertes se produce la extracción del uno, digo del cadáver que hace uno en la serie infinita y encarnizada de los muertos, es entonces, cuando la interrogación asume la ausencia. “¿No hay nadie?” el cuantificador en grado cero que opera simuladamente por “¿algunos?” y luego por “¿todos?”.

La respuesta es la negación, la negación incierta o quizá la renegación absoluta: no hay cadáveres porque sólo hay cadáveres, pues todos y nadie se neutralizan en una cuantificación ficcionante: el cero, a la sombra del cual la escritura se detiene.


                     De Tratados sobre Néstor
                                    Perlongher, Ars, 1997