miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ


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EL ORTO


Es el amanecer, y cuando ufana
salta la aurora iluminando el mundo,
se oye un himno magnífico y profundo
como el eco triunfal de alegre diana.

Por la vaga extensión, una campana
deja oír su tañido gemebundo,
y por el campo ubérrimo y fecundo
se dilata la luz de la mañana.

Todo saluda al sol; dan a porfía
las flores su matiz, el viento aromas;
el arroyo, confusa parlería,

un canto de verdor las altas lomas,
su pincelada azul la serranía
Y su erótico arrullo las palomas.



                (“Rústica: El orto” en Preludios)



martes, 29 de noviembre de 2016

RICARDO LESSER


Mi foto


El rapto


La carne de mármol no sería carne, no temblaría como tiembla, sin la codicia de esos dedos. Los latidos alocados de la carne son porque los dedos se hunden, interrumpen la sangre blanca. La piel estalla como las olas contra el peñasco.
Él es Hades (Plutón en la mitología romana), el dios del inframundo. Sus súbditos son sombras y toros negros. Todo lo que nace inevitablemente cae en su reino, como las hojas muertas que se amontonan al pie de los árboles esperando su mutación en humus.
Ella es Perséfone (Proserpina entre los romanos). Se bañaba en un lago de la Sicilia griega cuando fue raptada por Hades. Perséfone se convirtió en una diosa-raíz porque en la primavera escapa del mundo invernal de los muertos y adorna la tierra de flores y espigas de trigo.
Pero ahora es el momento del rapto. Ahora es cuando Hades rapta a Perséfone. La desea como se desea, violentamente.
“El campo del erotismo es el campo de la violencia, el campo de la violación”, escribe  Georges Bataille. Ocurre que en el erotismo hay una tragedia: los amantes son seres discontinuos, distintos uno de otro. Hay un abismo de pieles insobornables. Ésta es la tragedia. Los amantes quisieran que la discontinuidad (el ser otros) se sustituya por la continuidad (el ser uno final), que es imposible porque en ese punto está la muerte. En los amantes hay un amoroso y violento deseo de disolución del otro.

Por eso los dedos crispados, la carne de mármol vivo que se niega. Por eso las primaveras y los inviernos del deseo.



Il ratto di Proserpina, Gian Lorenzo Bernini, circa 
1621 (detalle). Galería Borghese, Roma.





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HANS BELLMER

martes, 22 de noviembre de 2016

OMAR ORTÍZ FORERO


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HOMENAJE A LEONARD COHEN


Mas que la nieve circula el polvo blanco
en este invierno de Times Square.
Los enganchados,
muestran carteles sucios de malos sueños.   
Si armas un porro o bebes de la botella
pueden darte un golpe en los testículos
o condenarte a cadena perpetua.
Si usas una jeringa nadie parece notarlo
hasta que convulsionas como Janis Joplin.
Pasa un viento helado por Times Square,
deben ser las tripas de los mejicanos muertos
camino a Texas las que refrigeran los canticos
de San Patricio.
Pero nadie quiere a los mejicanos,
pongamos mejor una ofrenda floral por los caídos en Irak.
De los talibanes y las burka de sus mujeres debe provenir
ese aliento gélido.
Hay un olor de alcantarilla en Times Square,
pero los chinos
que se hacinan bajo tierra hacen comestible
el icopor que los jóvenes ejecutivos consumen
a las 12 m en las escaleras que conducen al éxito en Times Square.
Aunque caminemos hasta el final de Harlem,
de visita en la milenaria abadía,
nadie te nombra Susana
y no subiremos a una limosina,
ni menos haremos el amor en un  hotel de Chelsea.
Aun espero la primavera en Times Square.



PABLO LANDEO


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Nocturno de los aullidos


Un aullido es semejante a otro porque sólo es un aullido
en realidad ninguno es semejante.
Un aullido rueda por desiertas calles
tiene su escala su mala estrella
particular historia justificación propia.
Todo aullido establece un trayecto indiscutible
murallas árboles abismos que interfieren sus designios.
Un aullido ostenta una particular forma de ahogarse 
en el vacío
de extraviarse entre visiones fantasmagóricas
entre hombres sedientos que vuelcan su postrera noche.



ALEJANDRO ROMUALDO


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Si me quitaran totalmente todo


Si me quitaran totalmente todo
si, por ejemplo, me quitaran el saludo
de los pájaros, o de los buenos días
del sol sobre la tierra
me quedaría
aún
una palabra. Aún me quedaría una palabra
donde apoyar la voz.

Si me quitaran las palabras
o la lengua
hablaría con el corazón
en la mano,
o con las manos en el corazón.

Si quitaran una pierna
bailaría en un pie.
Si me quitaran un ojo
lloraría en uno ojo.
Si me quitaran un brazo
me quedaría el otro,
para saludar a mis hermanos,
para sembrar los surcos de la tierra,
para escribir todas las playas del mundo, con tu nombre
amor mío.



EDUARDO MATOS MOCTEZUMA

JULIÁN HERBERT


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CRISTO NO TE AMA


                 They shoot horses, don´t they?

                              Horace McCoy


                         Entonces abre la ventana
                         y tírate

                                   Los Tres


Te estás poniendo fea y Cristo no te ama,
gorda,
lo gritan las paredes del gimnasio,
musa gorda,
no bajes (se refieren
a la caminadora), no bajes
que así bajarás mejor (Cfr.
Juan de Yépez; qué
creías, también yo
cursé licenciatura).
No bajes que así bajarás mejor: están hablando
de ti
diciendo: Cristo
no te ama.
Cristo no te ama. Todavía
te invita a pasear
a solas:
te lleva a las afueras,
te tumba en cobertizos,
la mete a tus espaldas,
murmura entre los grillos
la cantinela esa de los años 80:
“ya no te quiero, pequeña,
ahora amo a los caballos”,
engolfando la voz
con calculado aprendizaje de Misterios;
un circo de pulgas castálidas.
No te ama.
Cristo no te ama. Persigue
en las inauguraciones
a las entecas novias
de los raperos
y los diseñadores
y los ciberotómanos
y los aduladores–
niñas que tienen todo el look
pero jamás se dejarían
sacar un ojo por el goce;
pergeña números
que son Su Nombre
en las comandas de los
Vip´s con la esperanza
de que las nietas del dinero
le manden un sms; patea botes (oscuro
bajo la noche sola) con tal
de no llamarte, de no
saltar borracho a tu piscina
tan sucia de hojas secas:
tan égloga en asilo.
Te estás poniendo fea,
fétida, malsana, pretenciosa,
musa gorda,
y Cristo no te ama:
ahora ama a los caballos.
Escúchame: ¿acaso no
matan a los caballos?…
No luches.
No me escupas.
Te estoy haciendo un favor.



CARLOS DANTE CAPELLA

lunes, 21 de noviembre de 2016

HORACIO FIEBELKORN





Domingo a la mañana


Cada mañana de domingo
los gritos del idiota retumban
en todo el edificio. En realidad no se sabe
si los alaridos pertenecen al idiota,
a un perro atado,
o un burro secreto. Pero el caso
es que los gritos se apoderan del espacio auditivo
y se mezclan con restos de alcohol, disgustos,
reproches y aspirinas. Despeinado y sucio,
con bilis en la boca te asomás
a la ventana con el solo objeto de buscar
los gritos del idiota en algún lugar preciso
escaleras abajo.
Nada se confirma, no hay ningún bobo, ningún
perro dolorido o mamut alucinado, y volvés
a la cama con esos mismos gritos
que insisten en morder los dedos de tus pies
liman tus dientes y cantan
en algún rincón de tu cabeza.

                               De Elegías, 2008



jueves, 17 de noviembre de 2016

ENRIQUE SOLINAS



                                     AQ


Mi padre es leve


Mi padre es leve como una flor
cuando en otoño cae como las hojas
del libro que alguna vez leyó
al calor del invierno.
Cuando partas de aquí,
Padre,
partiré también.
Algo tuyo
quedará en mí,
siempre.
Y siempre algo de mí
se irá contigo.



                                   de Barcas sobre la zarza ardiente
                                        Ediciones del Dock, 2016

VLADIMIR NABÓKOV