viernes, 26 de agosto de 2016

JULIO PAZOS


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Experiencia


Mirar el cuerpo dormido causa horror:
allí la cabeza desprevenida
como el gran nimbo inmóvil
ajeno al esbelto pecho del cielo;
allí hombros y brazos,
abandonados maderos
en las afueras del bosque;
allí las piernas,
cordilleras erosionadas
en la vastedad del desierto.

En la curva del tiempo
el cuerpo dormido
es otra nave viajera.

El horror se disipa
cuando el cuerpo dormido
entra en el ritmo de la transformación:
allí es cándidas rosas que cantan,
allí es banderas altivas
sobre frondosos aguacates;
allí es cuerpo dormido que asciende
como el humo del incienso
en la procesión matutina de barrio;
allí se multiplica
en ristras de piñuelos
suspendidas en arcos de espóndylos calcifer
iluminados con la luz de cualquier mañana.