jueves, 31 de marzo de 2016

MANUEL MEJÍA VALLEJO




HERMANO LOBO

Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.
– Es horrible lo que piensan y escriben – exclamó.
– No todos – dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.
– ¿Dónde está ese santo?
– En el cielo.
– ¿En el cielo hay lobos?
El ermitaño no pudo contestar.
– ¿Y tú qué haces? – preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.
– Y cuando mueras, ¿irás al cielo?– preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.
– Hago lo que puedo por merecer el cielo – dijo apaciblemente el ermitaño.
– Si fueras mártir, ¿irías al cielo?
– En el cielo están todos los mártires.

El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar, se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.












lunes, 28 de marzo de 2016

NANNI BALESTRINI





1

Los subterráneos son un laberinto de tripas iluminadas cada

veinte treinta metros por polvorientos tubos de neón pendientes de largos hilos eléctricos deshilachados que cuelgan del techo de cemento sin revocar del subterráneo hendido por largas y profundas grietas en las que se pierde la mirada y en algunos puntos se comba abombado hacia abajo como empujado arriba por un enorme peso que lo aplasta alabeándolo hundiéndolo y cada cuatro cinco metros lo apuntalan grandes vigas la madera está podrida enmohecida el suelo está cubierto de una fina capa de agua podrida el olor dulzón y nauseabundo de carroña de animal se mezcla con el olor del moho de vez en cuando en una bifurcación o en un cruce de dos tripas hay montoncitos de arena de…pdf












JOHN LE CARRÉ

MICHAEL HOGAN

viernes, 11 de marzo de 2016

LUIS GRUSS




Mi padre


Mi padre era sordo. No totalmente. Pero para hablarle había que gritar un poco. Al igual que todos los padres no sabía ser padre. Era comunista y estuvo un año preso en la vieja cárcel de Devoto. Mi padre tenía gestos románticos. Le daba flores a mi madre por cualquier motivo. Mi padre tuvo que hacerse cargo de una mueblería que fue su tumba. La madera no sólo sirve para hacer muebles. Mi padre intentó explicarme un día, una noche en realidad, las cosas del sexo. Fue tan directo que logró asustarme. Yo era un adolescente callado y solitario. Al igual que ahora no entendía nada del mundo. No pensé, en ese momento, que el coito podía ser algo carnal pero dulce. Agrio pero amoroso. Dulce y amargo a la vez. Mi padre se enojaba a veces. Daba portazos. Los portazos componían un lenguaje privilegiado en la casa de infancia. Mi padre tuvo la suerte de morir antes de que soplara el viento de la desgracia. Debí reconocer su cadáver en un hospital. Nunca había visto un muerto hasta entonces. Su piel tenía un color amarillento. Unas horas antes, en terapia intensiva, me aconsejó que no siguiera su camino. Que no me dedicara al comercio. Que viajara. Le hice caso en todo o casi todo. Guardo una foto de él que no la cambio por nada. Se la tomaron en Italia. Mi padre está junto a una fuente y parece envuelto por decenas o miles de palomas. Una comía maíz de sus manos. En la foto mi padre sonríe y parece feliz. Deben haber sido, ahora que lo pienso, menos palomas. Quizás veinte. A lo sumo treinta. Esa foto me gusta especialmente. Mi padre no fue lo que quiso ser. Nadie lo es. Soy mi padre ahora. Más grande que él incluso. Y me rodean palomas invisibles en una plaza sin nombre. Mi padre ya no es sordo. Para hablarle hoy, un día como hoy, debería hacerlo en voz muy baja.



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jueves, 3 de marzo de 2016

ERNESTO R. DEL VALLE





HOY AMANECÍ(Décima endecasílaba)

Amanecí sin ojos ni zapato,
entumecido el hígado y el beso.
Amanecí con el dolor del hueso
serio y solapado como un gato.

¿Qué puede hacer la burla y el maltrato?
¿Qué puede hacer la envidia canallesca
del que espera que mi golpe crezca
su tamaño senil y hasta aleatorio?
Si hoy amanecí con mi velorio

¿qué más hacer,  ni nada que parezca…?




RUDOLF THOME