miércoles, 6 de enero de 2016

RUBÉN VELA


 


La muerte y la soledad

Ella me alimentaba con pequeñas patitas de mujer encla
vadas en la aguja de su sed inmensa. Entonces, mientras
yo me entretenía en los cándidos placeres, ella creaba en
torno de mi ser un silencio de alambres, una gran jaula
donde quedaba aprisionado.

Ella extendía sus manos hacia cada verdad y exclamaba:
La soledad es la única muerte considerable.

Y qué decir de la mutabilidad de sus estaciones, fuego
para el invierno, cristales para el verano, asombro para
los mundos.

Ella exploraba los mapas, adiestraba las tortuguitas do
mésticas.

Mi soledad era el crecimiento inmóvil de las plantas.

(1956)

                            (de Maneras de luchar, 1981)



Dylan Thomas 

Como si escribiera manchas de verbo sobre una tabla su
cia. El polvo ocupará nuevamente ese silencio. Digamos:
no importa, nada se ha perdido, todo ocupa su lugar,
todo es reemplazado. Y ante esta solemne mentira, ten
dré siempre mi oculta vergüenza. Está será mi lucha. Ya
he roto mi invención contra los días, he aprendido la
verdad del hombre: su permanencia en las contradiccio
nes

(1956)

                          (de Maneras de luchar, 1981)