martes, 5 de enero de 2016

OCTAVIO SMITH





Casa marina  


Casa marina, iridiscente tuve,
sienes tersas para la amiga linfa sigilosa
del aire en la ferviente galería,
su azuleante, vivaz, rizado colmo.

Con pulcro, translúcido redoble los cristales
se abrían festoneados de salinos envíos,
mojados del fresco encaje onírico asestado
por el mar en diálogo brioso.

Inmerso en la isla extática y hialina.
asistíame el recio maderamen
de sobrio azul con su estatura
de reposado nauta,
con tácita afición, mi deudo misterioso.
Él componía lo interior, el vuelo
fiel de la luz atesorada
que umbroso tornasol era o ritual
recuento de las joyas de mi estirpe.
Casa cogida por el mar, poblada
de intrépidos tesoros de pausado rielar.
Dones sutiles, sigilosos rielaron en mis labios.
Absorto bebí, comprometido fantasioso oyendo
mi presteza en susurro de latente velamen.
Ponchas los días de estable claridad oreada,
dulcemente veteadas de próvidos rumores,
ágil trama de iris vibrátiles, llevábanme, 
enunciados eran por la amistad del tiempo como un
cálido labio al oído enciende morosas maravillas.
Era el amable, solitario príncipe,
su dorado manto en taciturno oleaje,
era el ocio espaciándose para que yo lanzara
mi respuesta en enfático tejido cabrilleante.
Era mi reino que me aguarda
temblando de incorpórea lozanía,
preso en el timbre incierto de mis manos
conducidas a magra disidencia.
Cristalizado ya su esbelto desamparo,
su tersa llama en urna asordinada
donde sólo el color persiste y aletea,
carne evadida cuándo de mi carne.

Casa marina, reino de sal rielante tuve
y destronado fui mientras dormía.


                       de Del furtivo destierro