martes, 19 de enero de 2016

JAMES MERRILL





El vaso roto


Decir que alguna vez contuvo margaritas y campánulas
       Es ignorar, si no otra cosa,
     Su indeleble resplandor que, estrellado contra el piso,
     Yace en añicos, como si acogiera la luz,
     De verdes hojas orladas, su resplandor siempre deshecho,
     Su vidriada integridad esparcida en todas partes;
       Espectros, liberados hablarán
     De un florecer más frío donde roto quedó el frío cristal.

Astillas se desplomaron de la plenitud al caos
       Aun así retiene cada arista
     La nota opalina de la imperfección
     Cuyos rayos, aunque en desorden, emitirán
     Más de una red de ángulos de luz
     Cuando al anochecer apunten hacia intactas direcciones
       Y tracen en la estancia
     Las posibilidades del fuego y su aceptación.

Las generosas curvas de vidriado artificio
       Dan fe de su pureza
     En unidades lúcidas. Libre de éstas,
     Como el amor triunfa sobre la irrelevancia
     Y construye armonía en disonancias
     Y de algún modo vive entre nosotros roto, como si
       El tiempo fuera un vaso roto
     Y nuestra última alegría asumir que no se puede remediar.

Las astillas, iridiscente ruina en el suelo,
       Cortan estructuras en el aire,
     Delimitan, ojos o brújulas, un rostro
     De matemática fijeza, reflector
     Bajo cuyos límites podemos acomodar
     Todas las soledades del amor, espacio para el rostro del amor,
       Los proyectos del amor verdes de hojas,
     Los monumentos del amor como lápidas en nuestras vidas. 



                  Trad. Jeannette L. Clariond, 
                             para Editorial Pre-textos.