jueves, 14 de enero de 2016

HÉCTOR YÁNOVER


 


Para Vincent van Gogh   


I

¿Qué puede Vincent contra nosotros la vida,
y qué puede la muerte que burlamos
hasta desconsolarla?
Mas cuando ella llora,
y por no verla llorar,
nos pegamos un tiro ese momento.
Tan sólo que luego tu dormitorio en Arlés, Vincent,
que es mi coraza,
quedará solo como un cuadro,
como una foto,
como un recuerdo.
Yo lo amo más que a la noche estrellada,
y aún más que a las barquitas de Saintes-Maries.
En esta pieza se inventa el sueño de la noche
y se enlaza la huida de las barcas por los cuernos,
hasta que derraman estrellas como tizones
y flores como heridas.
La manta roja y la almohada de plumas.
¿Oyes, Vincent, cómo trabajo tu nombre
lentamente en este insomnio,
cuando aún mis 23 años
no tienen ni una noche?
Yo, tú sabes, pondría mis libros bajo la mesa
y usaría tu valija que está bajo la cama;
en la pared del árbol colgaría el retrato de mi padre,
y a su izquierda, tu dormitorio en Arlés.
Pintaría tu nombre en las esquinas
y un poema escrito a lápiz.
Yo te diría cosas,
y tu pondrías en la tela lo que el pudor me calla.
Asomados a la ventana nos veníamos hacia mí,
en este cuarto que comparto en Buenos Aires,
y soñábamos con Córdoba,
con el poema como un soplo de mundo que alimento,
y con el dormitorio de Vincent van Gogh en Arlés.


II

A la boca del jardín público alguien lee el diario.
Los que caminan por los paseos nos aman sin saberlo.
El parroquiano del café nos ignora porque no lo miramos.
Luego vuelvo a la pieza.
Me canso de las estrellas que reflejo en el cielo
y de que ellas, después, me trepanen los huesos.
Y vuelvo a a la pieza.
A veces me canso de mirarme y pienso en Théo.
Pero vuelvo a la pieza.
A la izquierda pondría el dormitorio de Vincent van
                                              Gogh en Arlés,
y en él, a la izquierda,
el dormitorio de Vincent van Gogh en Arlés;
correría el espejo a la derecha,
y tendría otra vez el dormitorio de Vincent van
                                          Gogh en Arlés;
correría el espejo a la derecha.
A ti te contaría cuentos,
impúdicamente te hablaría de caperucita roja,
de la cenicienta,
y de los siete enanos que bailan en mis ojos.
Te diría mis versos minuto a minuto y sangre a sangre.
Te diría: ¿entiendes?
Y tomaríamos un café con leche.
Allí te daría este poema,
y tú me regalarías
el dormitorio de Vincent van Gogh en Arlés.
Luego, del brazo,
Visitaríamos la tumba donde descanso yo
y tu leerías:

               ICE REPOSE
          VINCENT VAN GOGH
                1853-1890

Pondrías un cielo azul sobre la lápida
y nos iríamos a fotografiar juntos
a la cascada del zoológico.
Yo te pedía mi retrato
y tu pintabas “el poeta”,
y cuando aún mis 23 años
no tenían ni una noche,
de puro triste,
te hacía este poema.



                    (de Elegía y gloria, 1958)