sábado, 23 de enero de 2016

FRANCIS PONGE


[Francis Ponge / portrait de Fernand Michaud]
       FP por Fernand Michaud

       
El caballo   


   Varias veces grande como el hombre, caballo de narices
abiertas, ojos redondos bajo párpados entornados, orejas
erguidas y largo cuello musculoso.

    El más alto de los animales domésticos del hombre, y
verdaderamente su montura indicada.
    El hombre, un poco perdido sobre el elefante, está en su
mejor aspecto sobre el caballo, un trono verdaderamente a
su medida.
    ¿nos vamos, espero, a abandonarlo?
    ¿no va a volverse una curiosidad de Zoo, o de Tiergarten?
    … Ya, en la ciudad, no es más que un miserable ersatz del
automóvil, el más miserable de los medios de tracción.

    ¡Ah, es también –¿duda el hombre de ello?- algo muy distinto! Es la impaciencia hecha aletas nasales.
    Las armas del caballo son la fuga, el mordisco, la coz.
    Parece que tuviera mucho olfato, buen oído y una vívida
sensibilidad del ojo.
    Uno de los más bellos homenajes que uno está obligado a rendirle es deber ataviarlo con anteojeras.
    Pero ningún arma…
    De allí la tentación de añadirle una. Una sola. Un cuerno.
   
    Entonces aparece el unicornio.

    El caballo, gran nervioso, es aerófago.
    Sensible el más alto punto, aprieta los maxilares, retiene
su respiración, después la suelta haciendo vibrar fuerte
mente las paredes de sus fosas nasales.
    También por eso el noble animal, que no se alimenta sino
de aire y de pasto, no produce más que bollos de paja y
pedos estruendosos y perfumados.
     Estruendismos perfumados.
     Qué dije, que se alimenta de aire? se embriaga de él. Lo
aspira, lo inhala, resopla allí.

     Se precipita allí, allí sacude su crin, allí hace volar sus
coces hacia atrás.
     Evidentemente querría levantar vuelo.
     La carrera de las nubes lo inspira, lo exaspera de emula
ción.
     La imita; se desenfrena, caracolea…
     Cuando chasquea el relámpago del látigo, el galope de
las nubes se precipita y la lluvia pisotea el suelo…

     ¡Suéltate del fondo del corral, fogoso ropero hipersensi
ble, de nudos redondos bien encerados!
     ¡Grande y hermosa cómoda de estilo!
     De ébano o de caoba encerada.
     Acaricien el cuello de este ropero, que enseguida adopta
un aire ausente.
     El trapo en los labios, el plumero en las ancas, la llave en
la cerradura de las aletas nasales.
     Su piel tiembla, soporta impacientemente las moscas, su
casco martillea el suelo.
     Baja la cabeza, tiende el hocico hacia el suelo y come
pasto.
     Hace falta un banquito para ver sobre el estante de
arriba.
     De epidermis cosquillosa, decía… pero su impaciencia
de carácter es tan profunda que en el interior de su cuerpo
las piezas de su esqueleto se comportan como las piedritas
de un torrente.

     Vista por el ábside, la más alta nave animal en el establo…

     ¡Gran santo! ¡Gran corcel! hermoso por detrás en el
establo…
     ¿Qué es ese espléndido trasero de cortesana que me
recibe? ¿elevado sobre finas piernas, con tacos altos?
     Alta volatería de los huevos de oro, curiosamente esquilada.
     ¡Ah, es el olor del oro que me salta a la cara!
     Cuero y estiércol mezclados.
     El omelette de olor fuerte, de la gallina de los huevo de oro.
     Omelette de paja, de tierra: con el ron de tu orina, surgido
de la ranura bajo tu crin…
     Como al salir del horno, sobre la bandeja del repostero,
Los bollos, las mil─pajas─al─ron del establo.
     Gran santo, tus ojos de judío, solapado, bajo los arreos…

     Una suerte de santo, de humilde monje en oración, en la
penumbra.

      Un monje, dije?... ¡No! Sobre su litera excrementicia, un
pontífice, un papa ─que mostrará en primer lugar, a todo el
que llegue, un espléndido trasero de cortesana, con ánimo
alegre, sobre unas piernas nerviosas elegantemente terminadas
hacia abajo por cascos de tacos muy altos.

       ¿Por qué ese choque de barbadas?
      ¿Esos golpes sordos en el tabique?
      ¿Qué pasa en ese box?
      ¿Pontífice en oración?
      ¿Colegial en penitencia?
      ¡Gran santo! Gran corcel (¿corcel o corso?), hermoso por
detrás en el establo,
      ¿Por qué, monje santo, te pusiste calzones de cuero?
      ─ Perturbado en su misa, volvió hacia nosotros unos ojos
de judío…

                                       
                               De Tentativa oral, Alción, 1995
 

              Trad. Silvio Mattoni