lunes, 21 de diciembre de 2015

ROCÍO PAVETTI





Yo empecé a ser así desde que te conocí. Antes no tenía el pelo
rojo, pero ya lo pensaba y capaz que lo pensaba desde que te
conocí.
Antes de eso caminaba descalza. Antes de eso nadaba. Ahora
también. Cuando voy a la pileta y no hay nadie porque es
muy temprano y el sol da de una manera que ilumina sólo
una parte, ahí no puedo dejar de nadar pecho. Porque cuando
nadás pecho mirás de frente y después te zambullís y el agua
a los costados no parece una pileta. Hay una redondez de
mundo. Yo empecé a mirar de frente desde que te conocí.


                           *****


¿Y si los ríos realmente llevaran jangadas suspiradas? ¿Y si
cada uno fuera un lapacho? ¿Pero quién te va a hacer de
madera para que te mueras flotando?


                          *****

Cuido para vos la planta de los celos. Fue un error, yo quería
la planta del oráculo, la oriental. Aquilegia, colombina, flor
de los celos. La cuido para vos. En una de esas venís a casa,
te gusta, te la llevás. Para que cuides vos la planta de los celos.
Para que tengas otro pedacito de El dorado.


                           *****


Pasó tan rápido que no me di cuenta. No lo vamos a negar,
yo tenía una trenza armada desde los cuatro años y ella la
desataba de a poquito, como si mi peinado fuera otro, como
si sólo ella lo conociera.
Yo tenía una cama tendida y un corazón impaciente goteando
al ritmo de las canciones que bailábamos.
Sabíamos que iba a pasar. No porque lo supiéramos sino
porque estaba desde antes, en alguna parte de esos cuerpos.
Y a veces aparecía y tenía la forma del insomnio entre las
amígdalas. Y sólo hizo falta ponerle el rose, la mirada
siempre a mitad de camino. Que todos se fueran yendo y que
quedáramos vos y yo ahí.
Feliz cumpleaños, me dijiste. Y me regalaste un montón de
versos, piezas para jugar al yenga.
Sí, ese mismo día me olvidé los tres deseos.


                             de Feliz feliz cumpleaños
                                     (Llantodemudo, 2014)


RP(Corrientes, 1986). Vive en Córdoba. Estudió Lic. en
Letras Modernas (UNC). Participó del libro de ensayos
La obstinación de la escritura, 2013, del equipo de inves
tigación “Las experiencias de la voz, la imagen y el cuerpo
en escrituras poéticas contemporáneas”(SECyT, UNC).
Formó parte del ciclo Habitar el grito: Poesía y memoria
en La Perla y de su antología homónima, en 2013.
Su primer libro de poemas Escafandras (Ed. Recovecos)
fue editado en 2009.

DELMIRA AGUSTINI


d-89


El intruso 


Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante,
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas,
y si tú duermes duermo como un perro a tus plantas!
Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!

                     de El libro blanco, 1907



Serpentina


En mis sueños de amor ¡yo soy serpiente!
Gliso y ondulo como una corriente;
dos píldoras de insomnio y de hipnotismo
son mis ojos; la punta del encanto
es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto!
        Soy un pomo de abismo.

Mi cuerpo es una cinta de delicia,
glisa y ondula como una caricia...

Y en mis sueños de odio ¡soy serpiente!
Mi lengua es una venenosa fuente;
mi testa es la muerte, en un fatal soslayo
con mis pupilas; y mi cuerpo en gema
        ¡es la vaina del rayo!

Si así sueño mi carne, así es mi mente:
        un cuerpo largo, largo, de serpiente,
vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

                          de El rosario de Eros, 1924


DA(Montevideo, 1886-1914). Poeta, fue asesinada por
su ex esposo. Publicó en vida tres libros: El libro blanco
(1907), Cantos de la mañana(1910), y Los cálices vacíos
(1913). El rosario de Eros(1924), es póstumo. 

ALFREDO VEIRAVÉ





Nunca más


Nunca más los gordos caballos de la muerte entrarán a la plaza
a destrozar los canteros de plantas y de flores (amarillas)
de las tipas asustadas;
nunca más los bastones golpearán con esa furia
las cabezas ensangrentadas de los que ahora corren
bajo las nubes cirros, estratos, cumulus o nimbos;
nunca más estas flores de lapachos temblarán en la noche su color
rosáceo al oír los aullidos; nunca más esos aullidos cruzarán la
calle subiendo desde el sótano en el subsuelo de la madrugada.
Nunca más esos gritos terribles descarnarán la corteza de los
murales de la plaza desnuda,
         nunca más explotarán entre los intestinos o las bocas del  cuerpo/las convulsiones de la electricidad violenta;
(nunca más llamarás gritando a tu mamá en la violácea oscuridad lila y azul que oyeron solamente los jacarandaes florecidos de la plaza)
¿solamente?
¿nunca más? No lo sé /
porque hoy he visto a un tigre de Bengala correr a una gacela por
la llanura, a una boa constrictora devorar a una ranita saltarina,
a una araña correr sobre la tela al oír un zumbido.



PHILIPPE ARIÈS





EL NIÑO Y LA VIDA FAMILIAR EN EL 
ANTIGUO RÉGIMEN 

                                Philippe Ariès 

CAPÍTULO II 

El descubrimiento de la infancia 

Hasta aproximadamente el siglo XVII, el arte medieval no conocía la infancia o no trataba de representársela; nos cuesta creer que esta ausencia se debiera a la torpeza o a la incapacidad. Cabe pensar más bien que en esa sociedad no había espacio para la infancia. Una miniatura otoniana del siglo Xl1 nos da una impresionante idea de la deformación que el artista hacía sufrir a los cuerpos de los niños y que nos parece ajena a nuestros sentimientos y a nuestra intuición. El tema es la escena del Evangelio en la que Jesús pide que se le acerquen los niños, y el texto latino es claro: parvuli. Ahora bien, el miniaturista agrupa alrededor de Jesús a ocho hombres verdaderos, sin ningún rasgo de la infancia, los cuales han sido simplemente reproducidos a tamaño reducido. Sólo su talla los distingue de los adultos. En una miniatura francesa de fines del siglo Xl2 , los tres niños que resucita San Nicolás...pdf



SYLVIA PLATH





Muerte & Cía.


Dos, por supuesto que hay dos.
Me parece perfectamente natural ahora─
Uno que nunca levanta la mirada, sus
       Párpados cubren
ojos globulosos, como los de Blake,
y exhibe

marcas de nacimiento que son su marca de
        fábrica―
La cicatriz de su escaldadura,
el desnudo
cardenillo del cóndor.
Yo soy carne cruda. Su pico

Golpea oblicuamente: no soy suya todavía.
Me dice que soy poco fotogénica.
Me dice qué dulces
lucen los bebes en sus refrigeradoras
del hospital, un simple

escote en el cuello,
luego los pliegues de sus mortajas
jónicas,
después dos pequeños pies.
Ni sonríe ni fuma.

El otro sí,
su cabello largo y especioso.
Bastardo,
masturbando un resplandor,
quiere ser amado.

Yo no me inmuto.
La escarcha hace una flor,
el rocío hace una estrella,
la campana dobla a muerto,
la campana dobla a muerto.

Alguien está acabado.

                                  de Ariel, 1965
 
         Trad. María Julia de Ruschi Crespo

    
SP(Boston, 1932-Londres, 1963). Poeta, casada con Ted
Hughes, se suicidó a los 30 años. Publicó El coloso y otros 
poemas(1960), Ariel(1965), La campana de cristal(1963),
Winter Trees(1971), etc.

ALDO PELLEGRINI





La certidumbre de existir


Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo

En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un límite inalcanzable para el deseo

pero tú y yo existimos

tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe

tú y yo existimos



EDUARDO MILÁN





Una rica me dijo


Una rica me dijo que los pobres
No tienen sentimiento. Era una lírica,
un yo profundo, una garza. Hay gente pobre,
en cambio, apegada
al ritmo del corazón de sus hijos,
a su llanto, a sus palabras bajas
que no alcanzan la estatura del Sentido
o recortadas, en sus brotes.
Un plátano, para ellos, es un plátano,
un beso, un beso, sobre todo el de la madre,
la mano del padre en la cabeza es un momento
de ascensión, ascender a la mano del padre.
Hay algo inminente cuando comen: comen, amiga lírica,
como si fueran a perder lo que está puesto
ahí adelante, comen con nostalgia, el plato
se coloca en el futuro, allí donde decían
los apaches: “algún día comeremos una buena comida”.
Esto es muy general, a grandes rasgos, esquemático,
pero como el amor no conoce espera, quema.



FÉLIX TURBAY TURBAY


Félix Turbay Turbay


Antes del tiempo


No se trataba de fundar una ciudad.
Necesitaban habitar el futuro
como un primer asombro de las recordaciones,
y hablaban un idioma desconocido entonces
por el pasado. No tenían historia
ni tenían un ruido de espada entre los huesos.
Pero llegaron
y fundaron el dolor y la muerte que al fin necesitaban
para estar en el mundo.



OLGA OROZCO





MALDOROR


Ay! Qué son pues el bien y el mal? Son una misma cosa
por la que testimoniamos con rabia nuestra impotencia
y la pasión de alcanzar el infinito hasta por los medios
más insensatos?
      (Lautréamont: “Los cantos de Maldoror”).


Tú, para quien la sed cabe en el cuenco exacto de la mano,
no mires hacia aquí.
No te detengas.
Porque hay alguien cuyo poder corromperá tu dicha,
ese trozo de espejo en que te encierras envuelto en un harapo
deslumbrante del cielo.
Se llamó Maldoror
y desertó de Dios y de los hombres.
Entre todos los hombres fue elegido para infierno de Dios
y entre todos los dioses para condenación de cada hombre.
El estuvo más solo que alguien a quien devuelven de la muerte
para ser inmortal entre los vivos.
Qué fue de aquel a cuyo corazón se enlazaron las furias con
brazos de serpiente,
del que saltó los muros para acatar las leyes de las bestias,
del que bebió en la sangre un veneno sediento,
del que no durmió nunca para impedir que un prado celeste
le invadiera la mirada maldita,
del que quiso aspirar el universo como una bocanada de
cenizas ardiendo?
No es castigo,
ni es sueño,
ni puñado de polvo arrepentido.
Del vaho de mi sombra se alza a veces la centelleante máscara
de un ángel que vuelve en su caballo alucinado
    a disputar un reino.
El sacude mi casa,
me desgarra la luz como antaño la piel de los adolescentes,
y roe con su lepra la tela de mis sueños.
Es Maldoror que pasa.
Hasta el fin de los siglos levantará su canto rebelde contra
el mundo.
Su paso es una llaga sobre el rostro del tiempo.

                                  de Las muertes, 1951


OO(Toay, 1920-Bs. As., 1999). Poeta multipremiada, publicó 
entre otros: Desde lejos(1946), Los juegos peligrosos(1962), 
La oscuridad es otro sol(1967), Museo salvaje(1974), Cantos 
a Berenice(1977), La noche a la deriva(1984), etc.

GYULA KOSICE





La digitación del aire en falsa escuadra


el recorrido
es el gran trabajador del límite
es también el tercer platillo de la balanza
es vuelo
y todo vuelo lo sabemos quema la elevación
aunque la densidad lo tiranice

es acústica de flor invisible
es aire bien merecido
guarnición de nube vocinglera
y noticia que talonea el frontispicio
de los días tras su patente

es apenas la distracción del ensueño
la vacancia de todos los términos
el replanteo de lo ubicable sin filiación

el retorno de la plomada trasparece como un suspiro.


                 De Antología Madí, 1955








ARTURO CARRERA





OTRA SIESTA

I

No había mirábilis. Marcelina dormía. Los atrajo el vaho de la letrina al fondo del sendero de malvarrubias y ortigas.
El aire retenía como piedras el humo denso de la vecina loca que pared de por medio fumaba toscanos con la cabeza fajada en tules negros.
Entraron a la letrina como dos ángeles perdidos.
Competían a quién soportaba más tiempo el hedor de la mierda.
Las alas del más alto eran largas y rozaban el piso, como las del jovencito alado que en un cuadro de Magritte se asoma al río.
Puso en los dedos del más chico una moneda de cincuenta centavos y lo forzó a que se la llevara a la boca. Después también forzó para que entrara por la ranura de dientes apretados. Forzó con sus dedos que olían a fósforo, a pólvora de cohete recién raspado. Y exclamó con voz grave, muy baja pero hiriente: “tragá, dále, tragála...”
No tuvo tiempo a decirle “ya está”—y ya se había corrido del lugar silencioso.
Quedó un rumor apenas. Y a veces oigo el rumor. Y el olor en los dedos.
Estábamos en la escuela, en el bañito del portero Raúl. No había papel y me limpié con figuritas de cartón, redondas.
Cuando me iba apareció la maestra, con su guardapolvo de yeso impecable: “¿dónde estabas; sólo te di permiso para ir al baño? —dijo.


II

Pero está el que no satisfecho con la erótica pesadilla infantil que descuenta oro, va de letrina en letrina escribiendo sin tinta:
“...hay un poema, lo ignoro;
hay un amor,
una poesía. No sé;
como el enjambre de chicharras sordas
que reclaman los celos...”



OTRA MONEDA

Y el dialecto de ellos, moneda de la infancia,
aunque la infancia fuera nuestra sombra
que pesa sobre la levedad de otro paladar ínfimo

—el diapasón,
diapasón para todos,
de la primera moneda —aguda en cada orden.

Entre la orfandad y el colmo de las madres,
las tías y las primas y las abuelas,

y abuelos padres,
tíos y primos últimos,

granizo de verano sobre cada imagen;
vago error en cada compás del caos.

Debiste de ir al fondo,
contar cada detalle, cada pelito, y
cómo se hacía el dinero en el metal,
cómo se dibujaba su poderosa métrica
infantil cuando al comienzo
ellas también tenían
bellezas del balbuceo: tin-tin-eo.

Pero no tienen estilo,
y aunque tengan repeticiones, sílabas,
se llaman monedas;
susurros parecidos, altos agudos pistilos
como en las flores;

no tendrán el asidero de tus sueños,
ni tu verdad, ni tu sigilo de la forma
en esa trama en zig-zag parecida al toma y daca.

¿Quién puso de relieve la regularidad oculta
de ciertos afectos tan vivos
que parecían desordenados?



TÍO MARIANO

Si se trata de enaltecer figuras,
pudo ser Lucio Piccolo, lavándose la cara
en su casa de Sicilia.
(Mientras se lavaba enérgicamente
oyó un tintineo).

...pero ahora está riéndose con papá y mamá
en la cocina de Pringles. Está volando
como un niño hacia ellos y a ellos se pega y despega.

Ahora cruza el puente de sombra y
la tercera arada en la sombra y la luz
no tarda.

Ahora junta ciruelas con ellos. Y papá
le alcanza una cesta pequeña, de mimbre,
con los bordes teñidos de púrpura agridulce.

Él entra en el follaje
y adentro del árbol único se oyen todavía
las risas.

Ahora parece atravesar con su pecho
las rejas de la puerta de hierro verde claro.
Parece cantar: “amo y no amo.
Los niños me desconocen
pero no los desconozco...”

Ahora los amigos muertos parecen
querellar de continuo.
Entran con ganas en la querella infinita.

En la batalla que con razones cambia el destino
pero con ilusiones e imágenes mentirosas
lo esculpe.

La carta decía:
“Allí donde Platon la dejó,
la retomó Estratón de Sardes en
la Musa de los Efebos ...”

Y donde la dejó Estratón,
la retoma Catulo
en diez cadenas... Florencia acuña
florines (tu médico se apellida
Florín). Venecia acuña el cequí.

La palabra dólar no viene de dolor sino
de tálero, thaler, que se pronuncia
“dólar”.

Y así... la noche querulante
parece extenderse
hasta la diáfana querella de las ranas.

Y así...


VISIBLE, INVISIBLE

Que este brío dure,
que los pájaros imiten
el grito de los terneros
al anochecer. La gata agazapada
bajo el vaho de las buenasnoches.

Y mezclas, matices,
pero como se mezclan dos nubes
y como entra en el incienso el hipo del incienso
haciéndonos sentir su barrido,
su despejo de falsas sensaciones.

Y como entra la noche en el atardecer
bajo la soledad sonora de los grillos
—la música callada de las luciérnagas mezquinas.

y que se unan otra vez esas rachas de sonido
a la única voz en que juntos vacilamos.
Sonidos que ignoraban ser iguales,
apenas iguales: secretos ejercicios de alegría

visible como el espiado,
como un habla de visible en lo invisible,
la laguna.



II

La calandria que vimos con Mauricio
canta aún en el bullicio de los patos.
La vemos y la pensamos soñada,
cara de otras monedas:

primero en la casa,
(invisible como fue,
visible como es ahora.)

Después entre la gente,
impalpable como parece,
—ruido— ahora
en el televisor.

pero visibles e invisibles “Mundos”
si la poesía los rozara,
“naturalezas” si con su palabrerío ignorara
la potencia implacable de otro estilo.

“Relámpago”
anunciaría.

“Trueno” si la música sostuviera en su rumor
la atonalidad expectante.

Pero no somos la casa, ni el hogar,
ni el árbol, ni el camino.

Sólo sus dibujos o maquetas matizadas
en una esferilla donde nieva y hay ritornelos
de caja de música

envueltos en nuestro balbuceo salado.
¿Cuántas veces necesitamos que nos digan
que la belleza es la arena movediza
de la certidumbre?



RÍO DE LA PLATA

“En Tres Barquitos Pintados,
vienen aún a los tumbos
—dice—. La Argentina,
vuelve en la superficie ondulante
de un género impreciso: ¡el plata!”

el plata no es un eco:
El dinero no es un eco.

el río desde mí
y esas palabras que de vos también se llevan
la mirada y los ojos ambiciosos
el río.

Los chicos que a su orilla se besan
parecen decir: “...quiero sostenerme
en tu sueño, padre frágil;
quiero sostenerme en
la desmesura de tu risa detenida... pero
viajera.”

Nuestro metal fiduciario no es el eco del destino,
ni de la plata que en tus entrañas imaginaron
los usureros que a tu orilla venían...

Ahora está lleno de cuerpos de hermosos jóvenes
que pagaron con su vida inocente el precio
de otro macabro potlatch.

Oh, único Eco: ¿Me oís? Te estoy llamando.
Ya no hay plata ni sueñera ni barro: es
sangre que en su coagulación eterna imita
el prestigio de otro río: el Nilo, el limo
donde viven como ideas, cuerpos intactos
en animación suspendida...

Y vivirán para mí, para mis hijos,
para mis deseadas descendencias como
figuras intocables del contrasentido en que fluímos,

¿es aún el equilibrio o la paz
nuestra Antigua Moneda?

Aunque esta moneda es un lugar de memoria,
una Argentina, un Plata, un Amor,
una Presencia que todavía encalla. La de ellos,
tan inolvidables como la monedita inolvidable.

¿Acaso no dijo Borges: “...pensé en una moneda
de 20 centavos que,
a diferencia de sus millares de hermanas,
fuera inolvidable,

que un hombre no pudiera olvidarla,
hasta el punto de no poder pensar
en otra cosa”?

... la mención del dolor argentino es ahora esta plata,
esta monedita que brilla en el fondo en cada puño,
en cada boca parece
la augusta cárcel
del amor intangible y difícil...

El límite del horror y su repetición en su vestigio,
más que los ruidos en el bolsillo,
su desfondado vacío,

y sólo en la memoria otra vez cada vez,
aquellos 20 centavos únicos,
de cara brillante y pegada a la vida,
a la salvación.



                      de Potlatch