miércoles, 29 de julio de 2015

RAFAEL CHIRBES

FLÁVIO DE CARVALHO

ALBERTO VANASCO





La muerte del poeta


El empleado de la sección Poesía accionó una pequeña palanca  del tablero central y casi de inmediato apareció la tarjeta en la  bandeja de información.

 —Aquí está —dijo el empleado, tomando el cartón con su mano izquierda y extendiéndoselo a Dorvs. Con la otra mano sostenía la taza de café.

 Dorvs tomó la tarjeta y trató de leer.

—No entiendo—dijo.
 —Claro que no. Pero es sencillo. Mire: cada punto, una letra, cada dos puntos, un número.
—¿Tengo que descifrarlo yo?
 —No, en absoluto. Pensé que le gustaría saber, por eso le explicaba.
—Me basta con saber lo mío. ¿Puede informarme?
—Sí —dijo el empleado, poniéndose serio de pronto y dejando a un lado la taza vacía—. Cómo no.

Estudió durante tres segundos las perforaciones del código.

—Tuvo suerte —exclamó, con entusiasmo—. El libro ha sido aprobado. Le corresponde el número A 125.432 bis, de la fecha.
—¿Qué quiere decir? ¿Son todos los libros presentados en el año?
—No. Son los compulsados hoy. Pero el suyo es uno de los pocos que ha pasado la prueba. Hay solamente veintitrés en las mismas condiciones. Y usted es el número uno.
—Gracias. Eso está bien, ¿no?
—Supongo que sí. Y para nosotros también. Es el primero que resulta aprobado en nuestra oficina, en más de diez años.
—¿Adonde debo dirigirme ahora?
—A la biblioteca. Allí le darán toda la información.
—¿Lo publicarán?
—Sí. Son los que se encargan de eso.
—Gracias.
—Le darán también una beca, seguramente. Un año para viajar adonde quiera.
—Me vendría bien. Hasta luego.
—Tengo que tomarle el tiempo que ha estado acá. Le conviene apurarse. No vaya caminando.
—Sí, voy a ir caminando. No me importa.

El hombre anotó el tiempo y Dorvs salió a la explanada. Tenía nada más que dos horas para dedicar a ese trámite, pero igual se dirigió caminando hacia la biblioteca. Quería recapacitar. Por eso ni siquiera usó la vereda automática: bajó libremente por la calzada.

Se sentía ufano. Por fin habían aceptado un libro suyo. Esta obra era su tercera prueba. Había fracasado veinte años atrás, con su primer trabajo. Y luego había debido esperar los diez años que fijaba la ley para el segundo intento. Pero el tercero había resul­tado. Ya era un escritor. Las computadoras habían registrado todas sus palabras, habían examinado el contenido y lo seleccionaron entre miles. Tuvo que trabajar intensamente todos esos años para hacerlo, aprovechando las horas nocturnas y los descansos semana­les. Había sido, además, su última oportunidad. De no haber pa­sado esta prueba no hubiera podido ya dedicarse a la literatura, no hubiera podido justificar esas horas que ocupaba escribiendo. Pero ahora ya era un escritor. Llegó a Plaza Mallú, tomó por la Avenida Olivar hasta la calle Néccico.

Cuando llegó a la biblioteca una flecha lo llevó directamente hasta la sección Publicaciones. Había una sola empleada, sentada  entre las máquinas ZZT, arreglando su reloj: lo había desarmado y ahora volvía a poner cada pieza en su lugar, minuciosamente.

—¿Usted también se anotó en esos cursos? —preguntó Dorvs.
—Sí. Tuve que hacerlo. Es una gran cosa. Me ayuda a pasar el día.

 Dorvs le extendió su tarjeta:

—Mi libro ha sido aceptado —dijo—. ¿Me puede informar?

La empleada tomó la ficha y examinó las perforaciones con ojo profesional.

—A 125.432 bis—dijo.
—Así es —confirmó Dorvs, no sin cierto orgullo.
—¡Qué cosa! —exclamó ella—. Cada día se escribe menos. Has­ta hace un año no bajábamos del millón. La gente ya no tiene en­tusiasmo.
—Cada día resulta más difícil.
—Debe ser eso. Su nombre es Dorvs.
—Sí.
—Muy bien, tomaré nota. Puede llevar la tarjeta. Mañana que­dará registrado y antes de fin de semana recibirá el comprobante.

Puso la tarjeta en la boca de entrada y cargó la memoria.

—¿Eso es todo?
—Claro. Tal vez reciba también los pasajes y el dinero para una beca. Usted es el número uno. Se la merece.
—¿Y mis originales?
—Su original está aquí. Esta es la frase elegida para el archivo: «El sepia es un racimo de grisú rabioso».
—Es un verso.
—Bueno, un verso.
 —¿Y el resto? Yo presenté cincuenta poemas con más de tres  mil líneas.
—Todo el material ha sido compulsado por la computadora. Las otras frases seguramente estaban registradas. La máquina informa cuándo y por quiénes ha sido escrita cada cosa y devuelve lo que es original. Su libro ha sido aceptado porque tenía esta frase que es inédita. Ahora nosotros la incluimos en el archivo general, con su nombre y sus datos.
—¿Y no la publican?
—Por supuesto. Todos los años se editan las nóminas de las nuevas creaciones, unas veinte mil por vez. La suya saldrá con su nombre y todo más o menos dentro de tres años. También le avisa­remos. No deje de leerlo. Le felicito.
—Gracias. ¿Puedo copiar el verso?
—Cómo no. Yo se lo dicto, porque veo que le queda poco tiem­po. «El sepia es un racimo de grisú rabioso».

Dorvs escribió las ocho palabras en su cuaderno de notas y volvió al trabajo. Habían pasado exactamente las dos horas que tenía para eso.

Su labor de escritor estaba realizada. Su verso había ido a incrus­tarse en la gran memoria del cerebro electrónico que contenía todo lo creado y pensado por el hombre hasta ese momento. En algún si­tio sus palabras quedarían inscritas para siempre formando parte de todo lo adquirido por la cultura en su lucha con el misterio.

Dorvs aprovechó aquella beca, viajó, conoció cielos distintos y regresó al trabajo. Tres años después recibió una hoja de las plani­llas de publicación donde constaba su línea, con su número. Ningún otro hecho se derivó de su poesía. Presentó otros libros. Presentó otros poemas pero ninguno fue ya aceptado por la inexorable me­moria de la computadora universal. Nada más sucedió. Salvo en el último día de su vida.

Estando enfermo de gravedad, muchos años después, un joven pidió hablar con el poeta Dorvs. Conocía su verso, lo había leído en la nómina de difusión y lo que más deseaba en el mundo era conocer a su autor. Lo hicieron pasar a la habitación donde Dorvs agonizaba y el joven le explicó el motivo de su visita, su admiración por el viejo maestro que había dejado aquella línea extraordinaria. Dorvs sonrió y pensó que su vida acababa de transformarse en una victo­ria. Sacó la antigua tarjeta de computadora donde constaba su crea­ción y la entregó al joven discípulo como un legado inmortal. Su visitante examinó aquella ficha.

—Perdón. Esta es la A 125.432 bis —dijo.
—Claro. ¿Por qué? —preguntó Dorvs con sus últimas fuerzas.
—Yo buscaba al autor de la A 125.433 bis —dijo el discípulo—. Debe tratarse de un error del departamento de información.

Pero Dorvs ya no oía. El joven llamó a la familia y salió un rato después con la tarjeta en la mano. La dobló en dos. Y al cruzar la plaza, en uno de los canteros, la dejó caer.


                                          en Memorias del futuro, 1966

LUIS CERNUDA




BIRDS IN THE NIGHT


El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
Durante algunas breves semanas tormentosas.
Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud
cuando vivían.

La casa es triste y pobre, como el barrio,
Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,
No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.
Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,
Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo
Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,
Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno que
dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.
Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la tierra,
Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de
insultarlos;
Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,
Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escar
necidos, ya no importan en ellos, y Francia usa de
ambos nombres y ambas obras
Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.
Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público
Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora,
ni protesta.

"¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro.
Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,
Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, como
está demostrado."
Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.
Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda
Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;
Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus 
provincias.

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.



                   De Desolación de la quimera(1962)

JORGE SCHWARTZ





Jorge Schwartz

             LAS VANGUARDIASLATINOAMERICANAS

TEXTOS PROGRAMÁTICOS Y CRÍTICOS

                        Introducción(fragmento)

Utopías americanas

Las vanguardias latinoamericanas criticaron o rechazaron
el futurismo italiano, especialmente después de la primera
Guerra Mundial, cuando el apoyo de Marinetti al fascismo
se hizo más ostensible. Pero eso no niega la deuda que tienen
con la ideología de la escuela italiana: la refutación de
los valores del pasado y la apuesta por la renovación radical.
Aunque no había inventado la crítica de la tradición,
que ya aparece en el Renacimiento, el futurismo es directamente responsable por la restauración de esta polémica, debido a la violencia de su retórica, a la agresividad de su gesto y a la inusitada difusión internacional de su teoría.
El admirable hombre nuevo de la vanguardia sueña con
varias utopías y proyecta su imaginario…/Schwartz.pdf




LUIS GRUSS





La palabra más íntima - Luis Gruss

Momentos de vida
Virginia Woolf
Lumen

 Es difícil pensar en Virgina Woolf sin evocar la inabordable escena del suicidio: la escritora entrando al río Ouse luego de llenar de piedras los bolsillos de su abrigo. "Mi barco ha zarpado –había anticipado al terminar una de sus últimas novelas–. Me arrojo entre botellas vacías y pedacitos de papel higiénico." Antes le escribió una carta de despedida a su hermana Vanessa y otra a su marido Leonardo Woolf. Poco después de la muerte de este último fueron hallados y publicados los singulares borradores que componen Momentos de vida, única obra indiscutiblemente autobiográfica de la escritora. Con esta primera entrega, Lumen anuncia la publicación en serie de la obra completa de la autora, desde títulos póstumos como éste hasta novelas perturbadoras y fundamentales como Al faro, Las olas, Los años y Orlando.

Acá puede apreciarse la voz más secreta de la distinguida señora cuyo esnobismo aristocratizante se contradice a cada instante con un perfil subversivo y saludablemente desvergonzado. Sus reflejos de clase alta unidos a su afición socialista sumaron estrellas a esta mujer de lengua filosa y especial…más

ALFREDO JARAMILLO ANDRADE





ALCÁZAR DE LUZ


II

En el cuerpo del mar se enerva la onda,
y encajes teje la caliente arena.
En la corteza terrenal redonda,
de luz se nieva la montaña ajena.
En tu piel: grácil mar, arena y onda
asoma un par de lunas: blando sello.
Es casi un recorrer de playa y fronda
ante el astro abisal, y su destello.
Tienden las manos para el himeneo
quienes se funden por amor cual cera.
Se dan los brazos … Cúrvase el deseo…
Orfeo arranca su canción. Y espera
que se aquiete en silencio su apogeo:
¡Tu pecho es un crisol de primavera!