jueves, 16 de abril de 2015

ALBERTO BOCO




Palomas en el cable de la luz


Caminamos junto al paredón del gran cementerio del oeste
sin martingalas con el viejo trance.
Hay palomas en el cable de la luz.

Peripatéticos de hoy
nada parece falso ni verdadero al sonido de los celulares
el contacto con la palabra todavía produce algunas imágenes
y han evolucionado mucho los medios de transporte.

Los niños geniales gozaron su olimpo y su fidias,
los altos de lycavitto y el parnaso ahí nomás
ideas de altura al alcance de la mano.  Los césares en Roma
obtuvieron sus mil años de humedad cristiana en los huesos…

Las palomas volaron.
Hay cicatrices de caca todavía en las veredas.
Señales en el gran cementerio del oeste.



                          (de Palomas en el cable de la luz
                           escrito durante 2003 -2004)



ALLEN TATE





Sonetos de la sangre


                       I.

¿De qué está compuesta la sangre, de qué la carne,
sino de algunos momentos de la vida del tiempo?
Esta emboscada de las células, amor en litigio,
Apoya sobre la carne la larga zarpa del crimen.
Toma en cuenta a los primeros colonos de nuestros huesos,
Observa qué ocupados están desalojando el polvo,
Separado definitivamente de la última piedra pulida.
Es penoso que dos hermanos tengan
Que percibir un cáncer de flor perenne
Para ser hermanos en la mortalidad:
Perfeccionen esta traición en la hora asesina
Si desean conquistar la ardua identidad de hermanos,
Una lejana meta para que se afanen hombres,
No alcanzada del todo cuando se llegó a la perfección.



                       II.

Cercano a mí como la perfección en la sangre
Y más misterioso y lejano, es éste, mi hermano:
Una abovedada luz en tu aislamiento.
Adrede arde para que no apagues su furia.
Es una flama escondida a toda mirada,
Como la que entibia la más profunda tumba
(el frío de la tumba es la más honda de nuestras mentiras)
de ella nuestra sangre es la esclava legal:
el fuego que más secreto arde en ti
no te agota, escondido y solo,
el fuego premeditado no consume a uno, sino a dos:
a mí también, porque consume la médula del mismo hueso.
Nuestra propiedad en el fuego es la muerte en vida
Fisurando con su conflicto el cimiento rocoso.



                       III.

Entonces, hermano, nunca pensarías que soy vano
Ni rudo, si mencionara la dignidad;
Piensa poco en ella. La dignidad es la mancha
Del pecado mortal que la humildad conoce.
Permíteme designar la hora de tu nacimiento
Dado que, si es en vano, ello solamente de un modo pueril:
Como una helada débil sobre el maíz en abril
La considerada muerte difícilmente te dejaría ir.
Reconoce el costo –si respaldaras
Otra vez nuestra esclavitud a la circunstancia
No despreciando a un prescriptivo destino
Sino en tu padecimiento por una hora azarosa.
Es una porción tan humilde y tan soberbia
Que en tu mortaja pensarás poco en ella.



                        IV.

Han cambiado los tiempos. ¿Por qué te irrita
El privilegio si no ley de la forma?
¿Quién de nuestra estirpe fue pusilánime,
un toro de raza que galopa bajo una tormenta?
Ninguno, desde luego; a menos que estimes arrogante
El orgulloso cultivo de la humildad,
Observar por casualidad y desdeñosamente
Botas y espuelas cabalgando hacia el infierno.
Hubo una vez, recuerda, un virginiano
Que se tomó a sí mismo por la ley brutal de la naturaleza,
Poco le preocupaba lo que pensaran de él,
Un hombre alto que meditaba calmadamente todo lo que veía
Hasta que dio la libertad a sus negros, temeroso de ser
Excesivamente estricto con la naturaleza
Y menos libre que ellos.



                           V.

Estas generaciones que tu corazón han sellado
contra el placer mundano y fácil
te destinaron a tomar la parte quieta
de la mente secreta cuando aún eras un niño,
antes de que para esto hubiera un comienzo.
Inclusive tu coraje para aceptar ese sino
en Shenandoah y a través de Bull Run
se sumergió en un tiempo enemigo de las fechas,
por ello eres guiado a través de un tiempo ansioso de horas,
del mismo modo que por un oportuno detenerse sobre la línea
espera el jugador a que se levante
como de granito, en el crepúsculo
y se levante más cuando el juego comienza
y su equipo es vencido y ello cuando él gana.



                           VI.

Nuestro hermano mayor, aquel que no habíamos visto
durante estos veinte años, hasta que volvió
del ciclónico Oeste, donde había sido enviado
por la sacudida furia a través del camino
que conocemos tan bien, llaga de nuestras arterias:
para ti, hermano otro, yo me volví un extraño
y debes buscar el medio de medir la mortalidad,
que conoce cómo desalinear
los corpúsculos a través de designios que puede elegir:
tu sangre es alterada por la muerte repentina
de uno que, de entre todos, no podría utilizar
la vida tan acertadamente como la muerte. Miremos
debajo de esa vida. Quizá la suya es nuestro descanso:
para escudriñar esto, lo mejor será emplear la vida entera.



                           VII.

El fuego al que le rezo fue una flama perdurable
hasta que extinta fue como nuestra generación;
no importa, es todo uno, apenas un nombre
menos permanente que una madreselva tardía;
cavila cómo arde en él azul el fuego,
en lo más caliente, cuando lejos la llama está de extinguirse;
a Dios gracias el combustible está bajo, nosotros no vamos
a renovar ese ardor en nuestro firmamento;
piensa también que la cumbre del techo se fisura
y caerá sobre nosotros, los que contemplamos la altura
del sagrado furor sentado en su alto asiento,
con la chalina negra de la cabeza a los pies,
ardiendo con luz maternal,
más fantasmal que la penumbra de noviembre
amasada con el crepúsculo, para brillar en su crucifijo pálido.



                             VIII.

Este mensaje se apresura por miedo a que ambos
aterrados, sin carácter, descendamos a lo muerto;
la muerte no es educada, tiene un ignorante desdén
por las identidades preciosas del aliento.
Mas tú dirás tal vez que lo confuso perduró,
un buitre cercano al corazón de nuestra entera estirpe:
escuché los ecos en un bosque penumbroso, enmarañado,
pero jamás vi un rostro espiando al interior.
Ya que estos males son anónimos,
nosotros hacemos estallar, exiliados de la tierra,
añejas exclusiones de las memorias de la sangre:
aquellas supersticiones de explosivo nacimiento;
hasta que de nosotros no quede la nada
sino una muerte tonta, que reine entre la confusión.



                             IX.

Ni el poder ni la mano casual de Dios
nos sostendrán enteros en nuestro aire que dispersa,
esto es una pestilencia sobre un césped verde y grato
tan inmunda, que el halcón que acecha la encuentra favorable;
te pregunto si entonces culminará esta noche
y si la polilla volverá a rondar la llama vacilante,
o si las arañas que devoran sus amores,
escondidas en la noche, finalmente,
se devorarán a sí mismas con vergüenza.
Llama a la casa donde vivimos la de Atreo:
A quién de nosotros criminalmente envolvió el Griego
el futuro pregunta: ¡acerca ese colador traslúcido
para cernir las partículas pertinentes del tiempo!
Vamos a través de Corinto o de Tebas,
el trayecto es corto, pero no el fijado sino.



                            X.

Industriales conductores, vuestro poder sin meta
despierta hoscas veleidades del tiempo;
permite hermano, que conduces tu hora,
que tus números sean todos primos,
de modo que una falsa división con maliciosa matemática
no entre a saco en la morada interior de la sangre;
los Tracios, inflados de soberbia, ponen sitio al Atica
-el invasor profana el sagrado bosque-:
mas el secreto primero cuya simplicidad
golpeas para reducirla a la nada,
aunque dirigido, tiene en sí ese bastión de mar
que fisurado, dejará salir la furia muda
que ahogará al que jura rectificar
el infinito, que ni oído tiene ni ojo.

                                                                  Trad. Luis Benitez