lunes, 30 de marzo de 2015

CARLOS PELLICER

oellicer 5








DESEOS


Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color.
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.
Déjame un solo instante
cambiar de clima el corazón,
beber la penumbra de una cosa desierta,
inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
ahondarme en el manto de pliegues finos,
dispersarme en la orilla de una suave devoción,
acariciar dulcemente las cabelleras lacias
y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
¡Oh, dejar de ser un solo instante
el Ayudante de Campo del sol!
¡Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color!


CP(MÉXICO, 1897-1977). POETA Y MUSEÓLOGO.

PAÚL PUMA


PAUL PUMA


Felipe Guamán Poma de Ayala (fragmento) 


Abuelo y nieto fuimos echados de las aguas
que nos originaron en las costas del Ecuador,
allí donde la cultura de Valdivia
fue retratada por epígrafes de escarcha,
imágenes de una civilización perdida
en spondylus y caracoles
que experimentaron de los labios violentísimos
del placer de la fertilidad.

¿No hemos probado demasiado polvo del silencio ya?
¿No hemos derramado demasiada sangre en el sueño del olvido ya?

Oh, fuerza nuclear
enorme,
electromagnética,
sonido vertebral de los relámpagos.

¿Olvido que no recuerda que todavía recordamos?
¿Fragmentos de silencio que gimen aún en estos paños?

Guamán.

Bastón del Monarca de la Tierra.

Niño traicionado por su propia palabra.

Ya no hay imagen acústica que proceda de la delicadeza del mundo,
salvo gritos sucedáneos en esta caverna de hielo,
salvo niños que han nacido para morir aquí,
salvo ojos que nacieron de la oscuridad y vuelven a la oscuridad,
salvo una constelación dispersa de indios que vienen a morir
en estos acordes de seda.

Nosotros
Tú y yo.
Los primitivos habitantes del Cuzco:
Mitad del Mundo,
ecuador,
línea equinoccial,
luz del cenit,
ego de nuestra riqueza,
ombligo de nuestra naturaleza,
centro de nuestra memoria andina,
repetición ritual de la reconstrucción infinita de la ciudad sagrada,
virgo solar,
palacio del instante,
signo de nuestro orden,
energía,
identidad.




CARLO BORDINI




Promesa


La muerte como
una gran alucinación en la cual entrar
una gran puerta abierta
un teatro que se abre
a nuestros ojos

y ver un inusitado espectáculo
un desarreglo de los sentidos
una visión loca,
como de arena amarilla,

Esto es la muerte. Y ver
de frente a uno mismo, y ver
la vida como en un viaje,
como tener

una esfera de cristal, y estar en paz
consigo, porque ya no se tiene nada.
Y al no tener nada, y al regresar a la naturaleza,
descubrir sus secretos, como una gran
                     alucinación



                        Versión Anamaría González Luna


JOHN ROBERT LEE





Catedral

Las columnas jónicas nada sostienen
Ni las cúpulas gemelas que dan la bienvenida a Puerto Príncipe a los marineros
Ni las grandes ventanas redondas de íconos en vitrales
Ni las novenas de aquellos que murieron en vigas derrumbadas,
A no ser que tengas en cuenta el domo azul del aire libre
Las arruinadas fachadas ruinosas
El hedor se cierne -
¿Ha triunfado Boukman?
Legba y Ghede conocido como Baron Samedi ¿monta los altares enterrados?
¿Yace Ogún enterrado en este roto peristilo?
¿Estas curiosas preguntas importan al sacerdote
Que llora el caos de la mampostería caída
Hasta tocar los oídos de su hija?
Afuera de la catedral destruida
Mujeres arrodilladas en el polvo
Levantan rosarios al cielo familiar de Haití
Y elevan sus salmos
Más allá de las columnas jónicas
Que nada sostienen.

                                           Trad. León Blanco



John Robert Lee(Castries, 1948). Poeta, narrador, dramaturgo, actor, periodista, profesor de literatura inglesa y de escritura creativa, gestor cultural, productor de radio y televisión, editor y bibliotecólogo.

CECIL TAYLOR





Cecil Taylor
                                                  César Aira


Amanecer en Manhattan. Con las primeras luces, muy inciertas, cruza las últimas calles una prostituta negra que vuelve a su cuarto después de una noche de trabajo. Despeinada, ojerosa, el frío de la hora transfigura su borrachera en una estúpida lucidez, un ajado apartamiento del mundo. No ha salido de su barrio habitual, por lo que no le queda mucho camino que recorrer. El paso es lento; podría estar retrocediendo; cualquier distracción podría disolver el tiempo en el espacio. Aunque en realidad desea dormir, en este punto ni siquiera lo recuerda. Hay muy poca gente afuera; los pocos que salen a esa hora (o los que no tienen de dónde salir) la conocen y por lo tanto no… más

MANUEL VICENT





TODO ES CINE


La goleta estaba fondeada en aguas de Denia y durante el descanso del rodaje Bette Davis, vestida de Catalina la Grande de Rusia, se paseaba entre las redes de los pescadores por la explanada del puerto devorando un bocadillo de carne de gato. En el año 1958 se rodó la película John Paul Jones en esa costa del Mediterráneo, dirigida por John Farrow, y en ella muchos extras del pueblo se codearon con otros actores de fama, Robert Stack, Marisa Pavan, Jean-Pierre Aumont, pero entre tantas estrellas Bette Davis era la diva que tenía la nariz más alzada. Un paisano de Denia se había hecho con la intendencia de aquella tropa. Preparar tres comidas diarias para medio centenar de técnicos y artistas caprichosos no era tarea fácil en un tiempo en que el espectro del hambre de posguerra acababa de abandonar las despensas.
Bette Davis era una carnívora militante. En el rodaje se la veía dura y majestuosa bajo el ropaje de Catalina la Grande en la popa de la goleta y esa misma crueldad de zarina, fuera de la escena, la ejercía también con aquel paisano encargado del avituallamiento, que no lograba servirle la calidad de carne que ella exigía. Las carnicerías estaban mal abastecidas y tampoco había ganado para sacrificar con las propias manos. El problema se fue agravando a medida que la cólera de Catalina la Grande aumentaba y la carne disminuía. Llegado el punto crítico Bette Davis amenazó al productor Samuel Broston con dejar el rodaje si no despedía a un tipo como aquel, incapaz de suministrarle carne de primera.
Ante la inminente pérdida del negocio este hombre pidió ayuda a un amigo en la barra de un bar, quien encontró el remedio de fortuna para dar gusto a la zarina. Esa misma noche los dos se fueron de caza por los pueblos de alrededor y lograron capturar un par de docenas de gatos. Como la carne de gato macerada presenta un color rojo demasiado impúdico la aderezó con una salsa de tomate para enmascararla y al día siguiente ofreció este plato a la diva con todos los honores. Esperó el veredicto con el ánimo suspendido. Después del primer bocado Bette Davis lanzó un grito de entusiasmo. Más, quería más. Era una carne magnífica. Con lo cual no quedó un minino en todo el contorno. He aquí un dato para cinéfilos. En 1958 Bette Davis se comió ella sola en Denia lo menos 20 gatos y a eso debió tal vez su carácter. ¿No se da esta noche en Hollywood un Oscar al mejor catering?


                                            El País, 23. III. 2001


Manuel Vicent(España, 1936). Escritor y periodista.