lunes, 21 de diciembre de 2015

ARTURO CARRERA





OTRA SIESTA

I

No había mirábilis. Marcelina dormía. Los atrajo el vaho de la letrina al fondo del sendero de malvarrubias y ortigas.
El aire retenía como piedras el humo denso de la vecina loca que pared de por medio fumaba toscanos con la cabeza fajada en tules negros.
Entraron a la letrina como dos ángeles perdidos.
Competían a quién soportaba más tiempo el hedor de la mierda.
Las alas del más alto eran largas y rozaban el piso, como las del jovencito alado que en un cuadro de Magritte se asoma al río.
Puso en los dedos del más chico una moneda de cincuenta centavos y lo forzó a que se la llevara a la boca. Después también forzó para que entrara por la ranura de dientes apretados. Forzó con sus dedos que olían a fósforo, a pólvora de cohete recién raspado. Y exclamó con voz grave, muy baja pero hiriente: “tragá, dále, tragála...”
No tuvo tiempo a decirle “ya está”—y ya se había corrido del lugar silencioso.
Quedó un rumor apenas. Y a veces oigo el rumor. Y el olor en los dedos.
Estábamos en la escuela, en el bañito del portero Raúl. No había papel y me limpié con figuritas de cartón, redondas.
Cuando me iba apareció la maestra, con su guardapolvo de yeso impecable: “¿dónde estabas; sólo te di permiso para ir al baño? —dijo.


II

Pero está el que no satisfecho con la erótica pesadilla infantil que descuenta oro, va de letrina en letrina escribiendo sin tinta:
“...hay un poema, lo ignoro;
hay un amor,
una poesía. No sé;
como el enjambre de chicharras sordas
que reclaman los celos...”



OTRA MONEDA

Y el dialecto de ellos, moneda de la infancia,
aunque la infancia fuera nuestra sombra
que pesa sobre la levedad de otro paladar ínfimo

—el diapasón,
diapasón para todos,
de la primera moneda —aguda en cada orden.

Entre la orfandad y el colmo de las madres,
las tías y las primas y las abuelas,

y abuelos padres,
tíos y primos últimos,

granizo de verano sobre cada imagen;
vago error en cada compás del caos.

Debiste de ir al fondo,
contar cada detalle, cada pelito, y
cómo se hacía el dinero en el metal,
cómo se dibujaba su poderosa métrica
infantil cuando al comienzo
ellas también tenían
bellezas del balbuceo: tin-tin-eo.

Pero no tienen estilo,
y aunque tengan repeticiones, sílabas,
se llaman monedas;
susurros parecidos, altos agudos pistilos
como en las flores;

no tendrán el asidero de tus sueños,
ni tu verdad, ni tu sigilo de la forma
en esa trama en zig-zag parecida al toma y daca.

¿Quién puso de relieve la regularidad oculta
de ciertos afectos tan vivos
que parecían desordenados?



TÍO MARIANO

Si se trata de enaltecer figuras,
pudo ser Lucio Piccolo, lavándose la cara
en su casa de Sicilia.
(Mientras se lavaba enérgicamente
oyó un tintineo).

...pero ahora está riéndose con papá y mamá
en la cocina de Pringles. Está volando
como un niño hacia ellos y a ellos se pega y despega.

Ahora cruza el puente de sombra y
la tercera arada en la sombra y la luz
no tarda.

Ahora junta ciruelas con ellos. Y papá
le alcanza una cesta pequeña, de mimbre,
con los bordes teñidos de púrpura agridulce.

Él entra en el follaje
y adentro del árbol único se oyen todavía
las risas.

Ahora parece atravesar con su pecho
las rejas de la puerta de hierro verde claro.
Parece cantar: “amo y no amo.
Los niños me desconocen
pero no los desconozco...”

Ahora los amigos muertos parecen
querellar de continuo.
Entran con ganas en la querella infinita.

En la batalla que con razones cambia el destino
pero con ilusiones e imágenes mentirosas
lo esculpe.

La carta decía:
“Allí donde Platon la dejó,
la retomó Estratón de Sardes en
la Musa de los Efebos ...”

Y donde la dejó Estratón,
la retoma Catulo
en diez cadenas... Florencia acuña
florines (tu médico se apellida
Florín). Venecia acuña el cequí.

La palabra dólar no viene de dolor sino
de tálero, thaler, que se pronuncia
“dólar”.

Y así... la noche querulante
parece extenderse
hasta la diáfana querella de las ranas.

Y así...


VISIBLE, INVISIBLE

Que este brío dure,
que los pájaros imiten
el grito de los terneros
al anochecer. La gata agazapada
bajo el vaho de las buenasnoches.

Y mezclas, matices,
pero como se mezclan dos nubes
y como entra en el incienso el hipo del incienso
haciéndonos sentir su barrido,
su despejo de falsas sensaciones.

Y como entra la noche en el atardecer
bajo la soledad sonora de los grillos
—la música callada de las luciérnagas mezquinas.

y que se unan otra vez esas rachas de sonido
a la única voz en que juntos vacilamos.
Sonidos que ignoraban ser iguales,
apenas iguales: secretos ejercicios de alegría

visible como el espiado,
como un habla de visible en lo invisible,
la laguna.



II

La calandria que vimos con Mauricio
canta aún en el bullicio de los patos.
La vemos y la pensamos soñada,
cara de otras monedas:

primero en la casa,
(invisible como fue,
visible como es ahora.)

Después entre la gente,
impalpable como parece,
—ruido— ahora
en el televisor.

pero visibles e invisibles “Mundos”
si la poesía los rozara,
“naturalezas” si con su palabrerío ignorara
la potencia implacable de otro estilo.

“Relámpago”
anunciaría.

“Trueno” si la música sostuviera en su rumor
la atonalidad expectante.

Pero no somos la casa, ni el hogar,
ni el árbol, ni el camino.

Sólo sus dibujos o maquetas matizadas
en una esferilla donde nieva y hay ritornelos
de caja de música

envueltos en nuestro balbuceo salado.
¿Cuántas veces necesitamos que nos digan
que la belleza es la arena movediza
de la certidumbre?



RÍO DE LA PLATA

“En Tres Barquitos Pintados,
vienen aún a los tumbos
—dice—. La Argentina,
vuelve en la superficie ondulante
de un género impreciso: ¡el plata!”

el plata no es un eco:
El dinero no es un eco.

el río desde mí
y esas palabras que de vos también se llevan
la mirada y los ojos ambiciosos
el río.

Los chicos que a su orilla se besan
parecen decir: “...quiero sostenerme
en tu sueño, padre frágil;
quiero sostenerme en
la desmesura de tu risa detenida... pero
viajera.”

Nuestro metal fiduciario no es el eco del destino,
ni de la plata que en tus entrañas imaginaron
los usureros que a tu orilla venían...

Ahora está lleno de cuerpos de hermosos jóvenes
que pagaron con su vida inocente el precio
de otro macabro potlatch.

Oh, único Eco: ¿Me oís? Te estoy llamando.
Ya no hay plata ni sueñera ni barro: es
sangre que en su coagulación eterna imita
el prestigio de otro río: el Nilo, el limo
donde viven como ideas, cuerpos intactos
en animación suspendida...

Y vivirán para mí, para mis hijos,
para mis deseadas descendencias como
figuras intocables del contrasentido en que fluímos,

¿es aún el equilibrio o la paz
nuestra Antigua Moneda?

Aunque esta moneda es un lugar de memoria,
una Argentina, un Plata, un Amor,
una Presencia que todavía encalla. La de ellos,
tan inolvidables como la monedita inolvidable.

¿Acaso no dijo Borges: “...pensé en una moneda
de 20 centavos que,
a diferencia de sus millares de hermanas,
fuera inolvidable,

que un hombre no pudiera olvidarla,
hasta el punto de no poder pensar
en otra cosa”?

... la mención del dolor argentino es ahora esta plata,
esta monedita que brilla en el fondo en cada puño,
en cada boca parece
la augusta cárcel
del amor intangible y difícil...

El límite del horror y su repetición en su vestigio,
más que los ruidos en el bolsillo,
su desfondado vacío,

y sólo en la memoria otra vez cada vez,
aquellos 20 centavos únicos,
de cara brillante y pegada a la vida,
a la salvación.



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