lunes, 2 de noviembre de 2015

MANUEL RICO




Hopper


Es una carretera solitaria. Un cable del telégrafo
poblado de vencejos. Una casa que, quizá, abandonaron
no hace mucho sus dueños. Un surtidor inútil, 
vencido por el polvo.

Un fugaz automóvil, el silencio.

La luz es amarilla. Como el trigo segado no hace mucho,
sus cabellos gastados al fin se desvanecen contra un cielo
donde el abismo alienta.
Hierve el asfalto. Mensajes invisibles
de fugaces neumáticos
crecen sobre el silencio.
Es una carretera prendida al amarillo
de un sueño sin memoria.

Cruza el águila el aire
y la luz, con sigilo, lo retiene.
En la casa, como fruto del tiempo
detenido, tal vez llegando del fondo de los siglos,
se pinta en la ventana la silueta sin rostro
de un fantasma. Ha surgido de pronto. 
Es como si el tiempo
ocupara un lugar al mediodía, un borroso lugar
hecho a la soledad y hecho al silencio que, terco, 
amarilleala luz.
No existimos o sólo en el reflejo
de la llanura, del cable del telégrafo, del fugaz automóvil
o de la casa dejada
a merced del fantasma sin rostro por sus dueños
junto a una carretera
perdida en un lugar desconocido.

Pero es la soledad un universo. También el amarillo
de la luz aquietada, lo negro del asfalto
que hierve, el vuelo hecho sigilo del águila o la dura
desolación de julio.
¿Por qué la escena aturde?
¿Por qué el miedo nos deja
su barniz, su desastre?
¿Por qué, sobre la claridad, se impone
la callada amenaza del vacío, el asedio
de las cosas perdidas, la urdimbre gris del miedo,
su trampa inabarcable?

Es como si en el aire
jamás la noche se anunciase, como
si sólo nos marcara
la extensa longitud que sobrecoge, como
si sólo el horizonte, con su color de teja, 
y el desierto
—un surtidor de polvo,
una casa vacía y un fantasma
detrás de los cristales—, fueran el aposento
de la pasión por detener las horas
que es el arte.


                          De Quebrada Luz, 1997