viernes, 31 de julio de 2015

EDUARDO MENDICUTTI



       Eduardo Mendicutti y Vicente Ramírez Jurado


EDUARDO MENDICUTTI


          OTRA VIDA PARA VIVIRLA CONTIGO


1

                                           Lo que decía la Bipolar


Que yo siempre había tenido novios raros. 
Eso decía de mí la Bipolar.
Ahora tenía un novio concejal, treinta años 
más joven que yo, hiperactivo, ambicioso, 
egocéntrico, narcisista, exhibicionista,
desequilibrado, frío, inclemente, con 
profundos desajustes emocionales, y capaz 
de cualquier cosa con tal de conseguir lo
que quería. Eso decía la Bipolar y repetía su 
alborotado y tóxico círculo de amigos.
A Víctor Ramírez, flamante concejal delegado 
de Igualdad,
Solidaridad, 
Salud, 
Consumo 
Varios 
del Ayuntamiento de La Algaida, la Bipolar le 
había dicho:
—Ernesto Méndez te va a gustar.
Y es que el flamante concejal, delegado de 
tantísimas cosas, le había confesado a la Bipolar:
—Me muero de ganas de conocer a 
                             Ernesto Méndez.
Entonces fue cuando la Bipolar le advirtió de que 
yo iba a gustarle, y lo hizo en un tono trágico 
de dama de las camelias en fase desvencijada…/Otra_vida_para_vivirla_contigo

jueves, 30 de julio de 2015

MANUEL M. FOREGA

LUIS ROSALES


Luis Rosales en 1972


Y ESCRIBIR TU SILENCIO SOBRE EL AGUA


               Sólo florece el agua que está queda

                                   MIGUEL DE UNAMUNO


No sé si es sombra en el cristal, si es sólo
calor que empaña un brillo; nadie sabe
si es de vuelo este pájaro o de llanto;
nadie le oprime con su mano, nunca
le he sentido latir, y está cayendo
como sombra de lluvia, dentro y dulce,
del bosque de la sangre, hasta dejarla
casi acuñada y vegetal, tranquila.
No sé, siempre es así, tu voz me llega
como el aire de Marzo en un espejo,
como el paso que mueve una cortina
detrás de la mirada; ya me siento
oscuro y casi andado; no sé cómo
voy a llegar, buscándote, hasta el centro
de nuestro corazón, y allí decirte,
madre, que yo he de hacer en tanto viva,
que no te quedes huérfana de hijo,
que no te quedes sola allá en tu cielo,
que no te falte yo como me faltas.



RICARDO MOLINA





Encuentro nocturno


Al final del verano,
en las murallas rotas
donde viejos molinos dispersan por las islas sus ruedas
[mutiladas,
a la hora en que la tierra
suspira por la luna
te encontré...
Yo ignoraba
a qué cimas de amor y de hermosura
se alzaría mi vida.
Las palmeras
y adelfas aromaban el lugar fresco.
El cielo
dominaba a la tierra. Todo era
aroma, amor y ansia...
Los hombres, a esta paz y esta tortura
la llaman noche.
Agótase
humillada la luz ante tal honda
oscuridad que funde cielo, tierra,
amante, amor, amado.
Para este beso no encontraron nombre.

Mi alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.

Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los cielos.>

Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,
sola, casi dichosa y casi triste.



NATSUME SŌSEKI





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                 /natsume



VICENTE MOLINA FOIX













Dramatis Personae 

Aléjanse de mi horizonte algunos personajes de tragedia,
aquellos que -preciosamente- guardaba entre los hielos
en espera de una hipotética reunión escénica.

Los peces de asimétrica calcificación que Príamo enviara
  como signo de mal talante a su hija Alejandra.

Las huellas del desespero, las que provocan unas sandalias
mal anudadas en pies desobedientes a mandatos
del corazón.

El cachorro que después creció, pero en la época en que
Holofernes no temía soliviantarlo con maullidos
ficticios y una escaramuza de carne cruda y helechos
nunca, finalmente, otorgados.

La escarapela de Clitemnestra, de decisivo empleo en la
resolución de los debates Cástor-Pólux, aunque
  aumentado su valor dramático ahora por ciertos
célebres sollozos que conserva guardados en los
pespuntes de la capa.



Amante Que Escapa

He oído los cascos de un caballo
temblar en la colina.
No he hecho nada.

He comido raíces y el fruto de las bayas
que crecen sin provecho
entre las calaveras.
No me ha ocurrido nada.

He tocado la estela de tu cuerpo.
He visto nuestras cartas húmedas y arrugadas.
He pasado la lengua por los labios
que sólo a mí me cierras.
No he sentido nada.




EDUARDO MENDICUTTI





ENTREVISTA A EDUARDO MENDICUTTI: “SI EL PP
SE VOLVIERA LOCO Y SE PUSIERA A PROHIBIRLO
TODO, CON CULTURA SE PUEDE HACER FRENTE”



En alguna ocasión, había visto en persona a Eduardo 
Mendicutti (Sanlucar de Barrameda, 1948), aunque 
siempre como mero espectador. Por eso ayer y, aunque 
había leído alguna de sus obras, no podía hacerme a la 
idea de la talla de persona a la que me enfrentaba. 
Definirle como escritor es decir muy poco de él, porque 
ante su apariencia…/entrevista-a-edu-men

miércoles, 29 de julio de 2015

RAFAEL CHIRBES

FLÁVIO DE CARVALHO

ALBERTO VANASCO





La muerte del poeta


El empleado de la sección Poesía accionó una pequeña palanca  del tablero central y casi de inmediato apareció la tarjeta en la  bandeja de información.

 —Aquí está —dijo el empleado, tomando el cartón con su mano izquierda y extendiéndoselo a Dorvs. Con la otra mano sostenía la taza de café.

 Dorvs tomó la tarjeta y trató de leer.

—No entiendo—dijo.
 —Claro que no. Pero es sencillo. Mire: cada punto, una letra, cada dos puntos, un número.
—¿Tengo que descifrarlo yo?
 —No, en absoluto. Pensé que le gustaría saber, por eso le explicaba.
—Me basta con saber lo mío. ¿Puede informarme?
—Sí —dijo el empleado, poniéndose serio de pronto y dejando a un lado la taza vacía—. Cómo no.

Estudió durante tres segundos las perforaciones del código.

—Tuvo suerte —exclamó, con entusiasmo—. El libro ha sido aprobado. Le corresponde el número A 125.432 bis, de la fecha.
—¿Qué quiere decir? ¿Son todos los libros presentados en el año?
—No. Son los compulsados hoy. Pero el suyo es uno de los pocos que ha pasado la prueba. Hay solamente veintitrés en las mismas condiciones. Y usted es el número uno.
—Gracias. Eso está bien, ¿no?
—Supongo que sí. Y para nosotros también. Es el primero que resulta aprobado en nuestra oficina, en más de diez años.
—¿Adonde debo dirigirme ahora?
—A la biblioteca. Allí le darán toda la información.
—¿Lo publicarán?
—Sí. Son los que se encargan de eso.
—Gracias.
—Le darán también una beca, seguramente. Un año para viajar adonde quiera.
—Me vendría bien. Hasta luego.
—Tengo que tomarle el tiempo que ha estado acá. Le conviene apurarse. No vaya caminando.
—Sí, voy a ir caminando. No me importa.

El hombre anotó el tiempo y Dorvs salió a la explanada. Tenía nada más que dos horas para dedicar a ese trámite, pero igual se dirigió caminando hacia la biblioteca. Quería recapacitar. Por eso ni siquiera usó la vereda automática: bajó libremente por la calzada.

Se sentía ufano. Por fin habían aceptado un libro suyo. Esta obra era su tercera prueba. Había fracasado veinte años atrás, con su primer trabajo. Y luego había debido esperar los diez años que fijaba la ley para el segundo intento. Pero el tercero había resul­tado. Ya era un escritor. Las computadoras habían registrado todas sus palabras, habían examinado el contenido y lo seleccionaron entre miles. Tuvo que trabajar intensamente todos esos años para hacerlo, aprovechando las horas nocturnas y los descansos semana­les. Había sido, además, su última oportunidad. De no haber pa­sado esta prueba no hubiera podido ya dedicarse a la literatura, no hubiera podido justificar esas horas que ocupaba escribiendo. Pero ahora ya era un escritor. Llegó a Plaza Mallú, tomó por la Avenida Olivar hasta la calle Néccico.

Cuando llegó a la biblioteca una flecha lo llevó directamente hasta la sección Publicaciones. Había una sola empleada, sentada  entre las máquinas ZZT, arreglando su reloj: lo había desarmado y ahora volvía a poner cada pieza en su lugar, minuciosamente.

—¿Usted también se anotó en esos cursos? —preguntó Dorvs.
—Sí. Tuve que hacerlo. Es una gran cosa. Me ayuda a pasar el día.

 Dorvs le extendió su tarjeta:

—Mi libro ha sido aceptado —dijo—. ¿Me puede informar?

La empleada tomó la ficha y examinó las perforaciones con ojo profesional.

—A 125.432 bis—dijo.
—Así es —confirmó Dorvs, no sin cierto orgullo.
—¡Qué cosa! —exclamó ella—. Cada día se escribe menos. Has­ta hace un año no bajábamos del millón. La gente ya no tiene en­tusiasmo.
—Cada día resulta más difícil.
—Debe ser eso. Su nombre es Dorvs.
—Sí.
—Muy bien, tomaré nota. Puede llevar la tarjeta. Mañana que­dará registrado y antes de fin de semana recibirá el comprobante.

Puso la tarjeta en la boca de entrada y cargó la memoria.

—¿Eso es todo?
—Claro. Tal vez reciba también los pasajes y el dinero para una beca. Usted es el número uno. Se la merece.
—¿Y mis originales?
—Su original está aquí. Esta es la frase elegida para el archivo: «El sepia es un racimo de grisú rabioso».
—Es un verso.
—Bueno, un verso.
 —¿Y el resto? Yo presenté cincuenta poemas con más de tres  mil líneas.
—Todo el material ha sido compulsado por la computadora. Las otras frases seguramente estaban registradas. La máquina informa cuándo y por quiénes ha sido escrita cada cosa y devuelve lo que es original. Su libro ha sido aceptado porque tenía esta frase que es inédita. Ahora nosotros la incluimos en el archivo general, con su nombre y sus datos.
—¿Y no la publican?
—Por supuesto. Todos los años se editan las nóminas de las nuevas creaciones, unas veinte mil por vez. La suya saldrá con su nombre y todo más o menos dentro de tres años. También le avisa­remos. No deje de leerlo. Le felicito.
—Gracias. ¿Puedo copiar el verso?
—Cómo no. Yo se lo dicto, porque veo que le queda poco tiem­po. «El sepia es un racimo de grisú rabioso».

Dorvs escribió las ocho palabras en su cuaderno de notas y volvió al trabajo. Habían pasado exactamente las dos horas que tenía para eso.

Su labor de escritor estaba realizada. Su verso había ido a incrus­tarse en la gran memoria del cerebro electrónico que contenía todo lo creado y pensado por el hombre hasta ese momento. En algún si­tio sus palabras quedarían inscritas para siempre formando parte de todo lo adquirido por la cultura en su lucha con el misterio.

Dorvs aprovechó aquella beca, viajó, conoció cielos distintos y regresó al trabajo. Tres años después recibió una hoja de las plani­llas de publicación donde constaba su línea, con su número. Ningún otro hecho se derivó de su poesía. Presentó otros libros. Presentó otros poemas pero ninguno fue ya aceptado por la inexorable me­moria de la computadora universal. Nada más sucedió. Salvo en el último día de su vida.

Estando enfermo de gravedad, muchos años después, un joven pidió hablar con el poeta Dorvs. Conocía su verso, lo había leído en la nómina de difusión y lo que más deseaba en el mundo era conocer a su autor. Lo hicieron pasar a la habitación donde Dorvs agonizaba y el joven le explicó el motivo de su visita, su admiración por el viejo maestro que había dejado aquella línea extraordinaria. Dorvs sonrió y pensó que su vida acababa de transformarse en una victo­ria. Sacó la antigua tarjeta de computadora donde constaba su crea­ción y la entregó al joven discípulo como un legado inmortal. Su visitante examinó aquella ficha.

—Perdón. Esta es la A 125.432 bis —dijo.
—Claro. ¿Por qué? —preguntó Dorvs con sus últimas fuerzas.
—Yo buscaba al autor de la A 125.433 bis —dijo el discípulo—. Debe tratarse de un error del departamento de información.

Pero Dorvs ya no oía. El joven llamó a la familia y salió un rato después con la tarjeta en la mano. La dobló en dos. Y al cruzar la plaza, en uno de los canteros, la dejó caer.


                                          en Memorias del futuro, 1966

LUIS CERNUDA




BIRDS IN THE NIGHT


El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
Durante algunas breves semanas tormentosas.
Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud
cuando vivían.

La casa es triste y pobre, como el barrio,
Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,
No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.
Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,
Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo
Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,
Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno que
dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.
Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la tierra,
Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de
insultarlos;
Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,
Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escar
necidos, ya no importan en ellos, y Francia usa de
ambos nombres y ambas obras
Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.
Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público
Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora,
ni protesta.

"¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro.
Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,
Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, como
está demostrado."
Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.
Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda
Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;
Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus 
provincias.

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.



                   De Desolación de la quimera(1962)

JORGE SCHWARTZ





Jorge Schwartz

             LAS VANGUARDIASLATINOAMERICANAS

TEXTOS PROGRAMÁTICOS Y CRÍTICOS

                        Introducción(fragmento)

Utopías americanas

Las vanguardias latinoamericanas criticaron o rechazaron
el futurismo italiano, especialmente después de la primera
Guerra Mundial, cuando el apoyo de Marinetti al fascismo
se hizo más ostensible. Pero eso no niega la deuda que tienen
con la ideología de la escuela italiana: la refutación de
los valores del pasado y la apuesta por la renovación radical.
Aunque no había inventado la crítica de la tradición,
que ya aparece en el Renacimiento, el futurismo es directamente responsable por la restauración de esta polémica, debido a la violencia de su retórica, a la agresividad de su gesto y a la inusitada difusión internacional de su teoría.
El admirable hombre nuevo de la vanguardia sueña con
varias utopías y proyecta su imaginario…/Schwartz.pdf