lunes, 15 de junio de 2015

ROBERT BRINGHURST





Hechizo para sandalias blancas


El recibidor es tan ancho que ambas manos caben en él.
¿Hay un suelo?, preguntarás, o ¿dónde estamos?
¿estamos en algún lugar que no
sea éste o dónde estamos tan anchos?
Ambas manos cabrán aquí.
Señor, tus dos ojos, tus dos hijas,
y una —¿cuál era?— con ella me casé.

Señor, sé que existe más que una sola justicia.
Pero también sé que existe una sola habitación
en estas numerosas mansiones.

Señor, he volteado mi mano hacia fuera
sin conocer mi propósito.
Señor, he volteado mi mano hacia dentro
sin conocer mi propósito, con menor frecuencia.
Señor, he volteado mi mano sin conocer
mi propósito contra otras criaturas, con menor frecuencia todavía.

Señor, desconozco mi nombre.

No he menguado el acre, la onza, o la hora.
No he detenido a ningún dios en marcha.
No he quebrado el dorso del río.
No he erigido nada en el camino del sol.

Soy el filo del aire, la boca del pozo
de agua y mineral, hecho de luz de sol y de aire.
Quizás no recuerde
ninguno de los nombres sino algunas pocas de las letras:

la que devora sombras
la que devora aire
la que existe en polvo
la que regresa a casa sin jamás llegar
la que llega sin detenerse
la que tiene el rostro detrás del suyo
la que devora luz
la que tiene los dientes más blancos que el agua
la que no tiene grano en la mano ni tampoco doblez
la que tiene incontables voces

Señor, le he dado la vuelta a mi mano por arriba y por
abajo y por arriba. Soy la boca del pozo, el filo del aire,
la forma arrojada hacia la luz
por mi propia sombra —el filo de la luz, nada más que eso.

Vengo a por los nombres de mis pies ahora.
Vengo a por los nombres de mis pies al levantarse
y caer hacia el frente. Vengo a por los nombres
de mis pies al caerse.


                de La belleza de las armas
                                   Kriller 71 ediciones. 2013.

Versión al castellano de Marta del Pozo y Aníbal Cristobo.