domingo, 12 de abril de 2015

KINGSLEY AMIS





El poeta y los lunáticos

                                                 Kingsley Amis


Quisiera disculparme de antemano por hacer de
este artículo una aproximación más que personal
sobre El hombre que fue Jueves, la
primera novela para adultos que recuerdo haber
leído fuera de la escuela.
(Tal vez la precediera La guerra de los mundos,
pero no la consideré entonces
como novela para adultos). Llegué a El hombre
que fue Jueves a través de
Las historias del Padre Brown y continué con la
primera novela de Chesterton,
El Napoleón de Notting Hill. Más tarde, no pude
ahondar mucho más en el resto
de su obra de ficción aunque, una generación
después, pienso que haber leído siete obras de
Chesterton sobre un total de diecisiete es algo
Verdaderamente considerable. De todas formas,
Chesterton me había impresionado hasta tal
punto que todavía recuerdo como me sentí cuando
me enteré de su muerte en 1936, la primera muerte
de un extraño que no significaba nada para mí
personalmente.

No es mi propósito hacer de este artículo una
defensa de la vulnerabilidad
infantil. El hombre que fue Jueves es un libro
para niños y para adultos al igual
que Hamlet y The Mill on the Floss, y no como
El Rey Lear y Middlemarch.
Las lecturas de los adolescentes y las de los adultos
deben variar dependiendo del caso, pero será
muy difícil analizarlas mientras sepamos tan poco
sobre lo anterior.
Si conseguimos encontrar algún aspecto característico
sobre la memoria desconfiada del relector adulto
o sobre cómo
responden los adolescentes a las obras literarias
(más allá de considerarlas terroríficas o
tonterías), podremos saber mucho sobre literatura.
Sin embargo, no voy a detenerme en esta
especulación: Creo que no hay nadie en quien
se pueda confiar que lo consiga y lo haga voluntariamente.
De todas formas, un niño puede devorar
un libro o dejarlo a un lado. En mi caso, yo
devoré El hombre que fue Jueves. El comienzo
me cautivó: dos poetas que conversan sobre
arte y anarquismo en una fiesta al aire libre, en
un escenario romántico, bajo un extraordinario
atardecer. Ya sabía lo que era el arte, pero
el anarquismo me parecía una fantasía bastante
siniestra, creada por el mismo autor de la
nada o situada en un pasado bastante remoto.
Se podría destacar que el libro fue publicado
por primera vez en 1908. Hoy, el anarquismo
es algo más, pero no se ha podido considerar
el punto de vista de Chesterton de esta manera:
eso sucedería un poco más tarde. Lo que
encuentro similar y maravilloso es el escenario
y el anochecer. Aquí, como en casi toda la novela,
se revela una característica que El hombre
que fue Jueves comparte con otras grandes
obras: un irresistible poder de sugestión sobre
lo extraordinario que, aunque no sea lo más
normal del mundo, Gilbert Keith Chesterton
abandonó al final de su obra. No sabía en mis
primeras lecturas, y no me importa ahora, que
el suburbio de Saffron Park hubiera cambiado
su nombre por Bedford Park, un nombre mucho
más adecuado para el entramado de calles
que se encuentran al norte de la estación
de Turnham Green, probablemente situadas
fuera del tiempo y sin potencial romántico alguno.

Todavía recuerdo la primera frase de la
obra sobre los jardines de la ciudad floreciendo
con flores típicas chinas, ornamentados
con un cielo lleno de plumas de un rojo chillón.
Ningún escritor ha mejorado a Chesterton,
aquel estudiante aventajado de arte, en las
descripciones de cielos y en los efectos de la luz
sobre el paisaje.
Después de la fiesta, la historia sigue de una
forma mucho más normal (más a lo Bulldog
Drummond, pensé al principio.) A pesar de
que el poeta se había posicionado en contra
del anarquismo, Gabriel Syme es elegido para
dirigir el Centro Anarquista, a cuyos miembros
se les conocerá a partir de ahora con el
nombre de los días de la semana. Syme no es
un mero antianarquista, sino que es un miembro
del grupo de nuevos detectives que se formó
expresamente para luchar contra el anarquismo,
y que llevaba credenciales que decían
«La Última Cruzada», no como en el caso de
Bulldog Drummond. El recuerdo de la escena
del alistamiento de Syme en una habitación
totalmente oscura (o así se dice) merece una
cita: Chesterton podía elevar el melodrama o
la prosa de culebrón al nivel de la poesía:
—¿Es usted el nuevo recluta? –preguntó
con voz grave.
De una manera muy extraña, aunque no
había ninguna forma fantasmal en la habitación,
Syme comprendió dos cosas: la primera,
que esas palabras venían de un hombre de una
estatura enorme; y la segunda, que el hombre
le daba la espalda.

—¿Es usted el nuevo recluta? –preguntó el
jefe invisible, que parecía haberlo oído todo–.
Sí, está usted aceptado.
Syme, temblando, luchó irremediablemente
contra una frase irrevocable.
—Realmente, no tengo experiencia –comenzó.
—Nadie tiene experiencia –dijo el otro– de
la batalla de Armageddon.
—Pero no estoy preparado.
—Lo deseas, es suficiente –dijo el desconocido.
—Bueno, de acuerdo –observó Syme–. No
conozco ninguna profesión en la que el simple
deseo sea suficiente.
—Sí, la hay –le contestó el otro–. Los mártires.
Estoy condenándole a muerte. Que tenga
un buen día.
No tiene mucho que ver con Bulldog
Drummond.
En el transcurso de la obra, Syme se encuentra
con otros miembros del grupo. Todos
están cuidadosamente descritos y grotesca y
agudamente diferenciados. La silla de Viernes
está ocupada por el profesor Worms, que parece
estar algo más que decrépito y que se encuentra
en un estado corrupto, así que, a cualquier
sitio que se mueva, Syme teme que se le
caiga un brazo o una pierna. Sábado es el joven
Dr. Bull, grosero y bastante vulgar, a excepción
de sus misteriosas gafas negras. Syme
piensa que sus ojos tal vez estén cubiertos porque
son demasiado terroríficos para ser vistos.
Pero si seguimos leyendo, el Presidente, Domingo,
los aventaja con su volumen antinatural,
con una cara que parecía ser demasiado
grande. Un Melodrama otra vez, si se quiere
decir así, pero hecho con tanta plasticidad,
energía y convicción, que creo que cada detalle
es lo suficientemente firme, aunque ahora
se pueda intuir con gran seguridad lo que va
suceder posteriormente.
Lo que sigue es la revelación, en primer lugar,
de Martes, luego de Jueves y de Sábado,
como integrantes del grupo anti-anarquista,
un viaje a Francia para que Miércoles frustrara
el lanzamiento de una bomba, un duelo de espadas,
una persecución a pie y a caballo, otra
en coche de motor, y un enfrentamiento final
a la orilla del mar. El lector de este artículo
puede adivinar, sólo algo más fácilmente que
el lector del libro, en lo que se van a convertir
Miércoles y finalmente Lunes, el fanático
Secretario; pero esa confrontación, en la que
los cuatro detectives se creen los últimos campeones
de la cristiandad y se sienten acorralados
contra lo que parece un mundo dado a la
anarquía, se queda oscurecida. Por todas estas
razones, esta obra está repleta de una fina retó-
rica que, aunque es completamente artificial y
rebosa de gestos teatrales, es lo suficientemente
digna para que la novela lleve el subtitulo de
Una pesadilla.

En lo que Domingo se convierte, después
de haber doblegado al hombre de la habitación
oscura, no es algo previsible. Desafortunadamente,
no es tampoco algo satisfactorio
ni claro. Casi al final, cuando forma parte de
un grupo de detectives, se vuelve un bromista
práctico o un ogro cómico, conduciendo un
elefante del zoo o un globo de la muestra de
Earl Court. (Esta parte está escrita con una
gracia que conmoverá a la mayoría de los lectores;
aunque al leerla de pequeño pensé que
era culpa mía únicamente, ya que tal vez la
leí demasiado rápido para darme cuenta.) Justo
al final, Domingo se revela como alguien
preocupado por la Naturaleza o casi cercano
a Dios. Sólo antes de su muerte, Chesterton
rechazó tal intención sin proponer alternativa
alguna. Algún lector quizá pueda ver esto
como una negación piadosa de alguien que se
había unido a la Iglesia Romana años antes de
escribir el libro. En cualquier caso, el lector
se encuentra finalmente asombrado y desconcertado,
absorto en un mensaje sobre la vida a
medio descifrar que puede ser desconcertante,
pero que resulta una estupenda broma al tiempo
que reconciliadora.

El joven y el adulto Amis difieren en gran
medida sobre algunos posibles defectos en la
presentación: mientras que el último, de una
manera ya consabida, quizá describa a las claras
las partes menos destacables y las que no le
gustan, el primero las pasó por alto. Así que,
a mitad de la historia, se detiene en los detectives,
manteniendo las alocadas promesas de
no ir a la policía. Hay una posible defensa: las
promesas eran necesarias para llegar al Ayuntamiento,
y había que romperlas para humillar
finalmente a la «Última Cruzada.» De todas
formas, esas inferencias no están en el libro.
En otra ocasión, las estaciones están confundidas,
de manera que el grupo de detectives anti-anarquistas
desayuna en una terraza abierta
en Leicester Square justo antes de una tormenta
de nieve en Febrero y dos días más tarde de
que el campo cerca de Calais esté caluroso a
las siete de la mañana. Aquí cabe una defensa
juvenil: el desayuno al aire libre es algo divertido,
y la tormenta de nieve resulta excitante.
Además, cualquier niño de colegio sabe algo
que los mayores han olvidado, y es que Francia
es mucho más calurosa que Inglaterra.
Pero, en tercer lugar, el tiempo está tan
abreviado que no hay ni una sola pausa en
la conversación. Cruzar el canal le lleva evidentemente
cinco minutos. Hay otra defensa:
todo es una pesadilla. Aunque esto no es un
motivo suficiente para la disculpa: ésta es una
novela y una pesadilla, y así deben observarse
algunas limitaciones; lo peor es que Chesterton
abrevia el tiempo en otras historias que no
son pesadillas. ¿Es esto realmente importante
si sabía lo que estaba haciendo, si todas estas
singularidades son pesadillas diestramente
narradas o fragmentos escritos sin cuidado?
Realmente, Chesterton muestra poco cuidado
al insertar diálogos en su propio estilo narrativo.
¿Pero esta pregunta es una cuestión importante?
No obstante, si dejamos a un lado este
tema del diálogo en el estilo narrativo, todo
funciona lo suficientemente bien en esta historia.
Por todo esto, quizás sea una muestra de
que hay escritores empeñados en que otra gente
crea que saben lo que hacen aunque realmente
no lo sepan.
El hombre que fue Jueves no es una novela
política, pero tiene implicaciones políticas, y
desde este punto de vista, el lector de 1971 está
más informado que el de 1935, tal vez más incluso
que el de 1908. En este sentido, se puede
relacionar con la anticipación del ascenso
del fascismo narrado por Jack London en The
Iron Heel (publicada el año anterior). Chesterton,
por su parte, predijo la aparición de algunos
de los problemas acuciantes de nuestra
sociedad. Intuyó la presencia de fuerzas
destructivas, que no intentan alterar las cosas,
pero sí aniquilarlas, basándose en primer
lugar en una anarquía interna que niega todas
las distinciones morales «en las que los rebeldes
se basan». «El criminal más peligroso
ahora es el moderno filósofo sin ley». El enemigo
surge no de entre la gente común, sino
de entre la gente educada y con dinero, que
son los que unen intelectualidad e ignorancia,
y que se apoyan en su andadura en una «dé-
bil adoración del intelecto y la fuerza». Más
concretamente, Chesterton, o el hombre de la
habitación oscura, cree que «es cierto que los
mundos científico y artístico están silenciosamente
ligados en cruzada contra la Familia y
el Estado». Por «silenciosamente», quería decir
«acallados por consenso». Por esta razón, creo
que Chesterton habría sido un profeta asombroso
y aterrador.
Después de todo, más bien envidio a ese joven
que pensaba que los malos, en Jueves, eran
anarquistas, o lanzadores de bombas o asesinos
políticos principalmente porque tenían
que ser algo.

                               Trad. Gabriel Neila González