lunes, 9 de marzo de 2015

OCTAVIO ESCOBAR GIRALDO




LA PENITENCIA


-Acúsome, padre. Acúsome por alegrarme de la muerte de Joaquín López.

El sacerdote trató de reprimir su sorpresa:

-¿Mataron a Joaquín López?

-Sí, padre, lo acabaron de confirmar por la radio. Desde esta mañana habían dicho que los del ejército lo estaban identificando.

El sacerdote lamentó, sin expresarlo, no haber escuchado las noticias antes de salir de la casa cural.

-No es muy cristiano alegrarse por la muerte de otro ser humano, hija.

-Lo sé, padre, por eso vine a confesarme.

-¿Conociste a Joaquín López?

-No, padre. Mi padre y mi hermano sí lo conocieron.

El sacerdote recordaba lo descompuesta que estuvo la mujer en el entierro de sus familiares. Se rascó la calva y templó la voz:

-Arrepiéntete de ese sentimiento, hija, es un pecado grave. Reza cinco Ave Marías.

-¿Sólo cinco, padre?

-Si los rezas con devoción, y te arrepientes, sólo cinco. Y que tu hijo no vuelva a faltar a la catequesis del sábado.

-Sí, padre. ¿A las once?

-A las diez, hija. Diez en punto.

-Aquí estará, padre. Le voy a mandar unas mandarinas con él. Están dulcesitas. Y unas brevas caladas.

-No es necesario, hija.

-De todos modos yo se las mando. Gracias por todo, padre.

-De nada. Ve en paz.

El sacerdote bendijo a la mujer a través de la ventanilla velada y esperó unos segundos para salir del confesionario. Dejó todo listo para la misa de las doce y le ordenó al sacristán que se asegurara de que no había otros feligreses dentro Más