miércoles, 28 de enero de 2015

ROBERT HASS






El mundo como voluntad y representación


Cuando era niño mi padre todas las mañanas,
algunas mañanas, por un tiempo, cuando yo tenía como diez años,
le daba a mi madre una droga llamada antibús,
que te hace vomitar si tomás licor.
Eran unas píldoras pequeñas y amarillas. Él las aplastaba
en un vaso, las disolvía en agua, le acercaba
el vaso y se quedaba mirando atentamente mientras bebía.
Era a finales de los años cuarenta, una época,
una sociedad, en la que los hombres se levantaban,
se iban al trabajo y dejaban a las mujeres con los niños.
Él me guiñaba el ojo al estilo de los años cuarenta.
La observaba de cerca para que ella no pudiera “salirse
con la suya” o “vacilar” a un par de tipos
jugados como nosotros. Escucho esas frases
en películas viejas y empiezo a divagar.
La razón para aplastar las medicinas con tanto cuidado
era porque una píldora puede esconderse debajo de la lengua
y escupirse después. El motivo por el que este ritual
era llevado a cabo tan de mañana me decían,
y sabía que era verdad era que ella podía,
si quería, provocarse el vómito,
así que había que vigilarla hasta que su organismo
absorbiera el medicamento. Difícil expresar, en estas líneas,
el ritmo de todo el acto. Él molía dos píldoras
en un vaso hasta pulverizarlas, lo llenaba de agua,
se lo daba a ella y la veía tomar.
En mi recuerdo él está usando un traje gris,
de punto de espiga, y una camisa blanca que ella había planchado.


Algunas mañanas, como en aquellas historietas
en las que Dagwood se largaba pronto para aplacar
al señor  Dithers y dejaba a Blondie con boronas
de tostadas y riachuelos de yema de huevo
por recoger antes de irse de compras
lo que la historieta llamaba maratón de compras
con Trixie, nuestro vecino de al lado, mi padre
tomaba uno de los primeros buses y me dejaba a mí
la vigilancia. “Echale un ojo a mamá, compañero”.
¿Conocés aquel pasaje de la Eneida? El hombre
que abandona la ciudad que arde con su padre
en hombros y que sostiene la mano de su pequeño hijo
con la intención de ayudar entre los tapices en llamas
y las columnas que se caen mientras el profeta ciego,
con los brazos elevados al cielo, aúlla desde la recámara interior:
“La gran Troya se derrumba. La gran Troya ya no existe”.
Deprimida en su albornoz, arrepentida  y dócil,
en la mesa de la cocina mi madre sentía náuseas y bebía,
bebía y sentía náuseas.
De algún lugar tomamos nuestra primera idea
moral sobre el mundo, sobre la justicia y el poder,
el género y el orden de las cosas.


Versión de Gustavo Solórzano Alfaro, a partir de la 
traducción de Jaime Priede y del original en inglés.


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