lunes, 6 de octubre de 2014

JUAN PEDRO APARICIO





CARTA SIN RESPUESTA


Una amiga había comentado ante el espejo: “Nadie me llama guapa, así que yo me lo digo muchas veces a mí misma para animarme”. A Sofía, que nunca había recibido una carta de amor, se le ocurrió enviarse una, escrita por ella misma, pero firmada por un inventado Roberto Sastre que vivía en Villalba. Para más verismo, tomó el tren de cercanías y echó la carta en un buzón de esa localidad. Y de esa manera recibió muchas cartas, casi una a la semana. Había que ver con qué ilusión abría el sobre y leía las dos o tres cuartillas manuscritas, con una letra recta, firme, que no se doblegaba a derecha ni a izquierda.
A veces, Roberto y ella tenían discusiones y hasta pequeños enfados, como pasa con todas las parejas de enamorados. Roberto se empeñaba en que fueran a Marbella una semana y ella le ponía excusas, por más que lo estuviera deseando. Le decía que no estaba segura de que compartir habitación durante siete días fuese una buena idea. Procuraba no obstante ser muy suave y persuasiva porque no quería perderle ni que se enfadara, pero Roberto tenía que comprender que llevaban muy poco tiempo de relaciones como para convivir así una semana.
En esas estaban cuando la última carta de Roberto no llegó. Esperó una semana, diez días, un mes, reclamó a Correos pero definitivamente la carta no llegó. Se sintió muy ofendida por el silencio. “¿Qué se habrá creído este?” –le llegó a decir a una amiga.

Y nunca más le volvió a escribir, que ella no se iba a rebajar.


















EL BUEN DETECTIVE


Era un buen detective y no le costó fotografiarlos desnudos desde una terraza que dominaba las oficinas del hombre en cuyo despacho se veían a la hora del cierre. Cuando reveló el carrete se asombró reconociendo a la dueña de aquellos senos altivos, de aquel pubis marmóreo: su propia mujer. ¿Qué hacer? Tenía que calmarse antes de decidir. Así que iría a ver a su cliente, la dama que le había contratado para que vigilara a su marido. Le abrió la puerta una doncella que en esta ocasión no le pasó al salón sino a uno de los dormitorios de arriba. “Señora, ahí los tiene” -le dijo, arrojando las fotos sobre el tocador, a través de cuyo espejo ella le miraba. La mujer no pareció asombrada. El detective tuvo una sospecha. “¿Lo sabía usted?” Pero no hubo respuesta. Ella había empezado a desnudarse. “Nos han empujado a ello, ¿no cree?”.














EL PERDÓN(de La mitad del diablo)


Antes de dar garrote el verdugo tenía por costumbre
pedir con la mayor humildad perdón a los
condenados por aquello que la ley le obligaba a hacerles.
Ocasionalmente alguno se negaba a
dárselo y el verdugo prolongaba entonces su agonía.