sábado, 9 de agosto de 2014

CEZARY NOVEK




Jorgito


  Jorgito pasó todo el verano de 1939 jugando a las escondidas con sus siete primos (a saber: Roberto, Lucía, Martín, Sergio, Jacobo, Inés y Ester). En esos tres meses secos de vacaciones, dispusieron de la inmensa casona del tío Julio para divertirse correteando.   
   El día en cuestión, Jorgito se escondió en el desván y se cansó de esperar a que lo encuentren. Después de horas de contemplar la pared color cremita medio descascarada, una cara sonriente se dibujó.
   Jorgito la miró, y ella a él. No hubo pestañeos. Luego corrió y nunca quiso contarle esto a nadie para que no se rieran de él.
   Hoy, un Jorgito octogenario se pasó el día entero encerrado en su pieza porque llovía mucho. Una cara conocida se le dibujó en el techo. No hubo pestañeo de ninguna de las partes.
   La cara sigue ahí.  Pero ya no está tan sonriente.



Anunciación

I

  Marina, la italiana, había descendido varios metros bajo la superficie azul helada del lago. Ella sabía que la profundidad máxima registrada era de más de 400 metros, pero no pensaba sumergirse tanto. Como buena turista de la vida ella sólo estaba incursionando en el buceo nocturno para hacerle una probada. La máxima del buceo deportivo es nunca bucear sólo; pero Marina tenía hambre de aventuras y sed de hombre, y el instructor no estaba nada mal. Así que jugaría al gato y al ratón con él.


II

   Llevaba viajando los últimos cinco años sin atarse a nada ni a nadie. Pertenecía a la nueva ola de europeos que trabajan dos años para viajar tres y, así, sucesivamente. En el caso de Marina, la italiana, una herencia le había ahorrado el trámite de ser moza de bar. Se había divertido tanto.


III

   Un rayo de luz naranja rojizo como un atardecer le daba de frente. No entendía nada, pero era tan linda esa luz.
-¿Dónde estoy?
   Sentía que el agua se había entibiado y un sopor la hamacaba.
-Acá, con nosotros.
   Sentía deseos de quedarse ahí para siempre. La penumbra rojiza y cálida, tan acogedora. Le picó la curiosidad, el sopor se iba.
-¿Nosotros...? ¿Quiénes?
   Recordó que las personas no respiran bajo el agua. El vago resplandor rojizo se apagó. El agua comenzó a enfriarse y recordó que estaba buceando, que no era posible hablar ni escuchar bajo el agua. Ni era posible quedarse dormida y soñar.
-Nunca tuvimos nombre... ¿Nos das uno a cada uno? Total, te vas a quedar con nosotros...
   La luz volvió pero con tonos azul verdoso. Entonces los vió.
   Pero tampoco era posible gritar bajo el agua.


IV

   Fer, el instructor de buceo, dejó el negocio y se volvió a vivir a casa de sus padres a otra provincia.    Al año siguiente, se anotó en la carrera de Derecho.
   Cuando le faltaban un par de materias para recibirse, se casó con la novia que había conocido en tercer año.
   Cinco años después, se compró una casa propia.
   Tuvo dos hijas que le dieron tres nietos cada una.
   Cuarenta y tres años después, enviudó.
   Siete años después, un cáncer de vejiga se lo llevó el mismo día que cumplía 82.
   Así y todo, ni en su lecho de muerte pudo despegarse del recuerdo de esa mañana, cuando encontró a Marina, la italiana que pretendía tomar clases de buceo con él y se había perdido en mitad de la noche.


V

   Gino, su padre, sabía del primero. Ella tenía 17 años y había quedado embarazada del novio. El mismo Gino la había persuadido para ello. "En el futuro, me lo agradecerás", le había dicho. El segundo, a los 21, fue   de un tipo con el que no se había cuidado. Cuando se enteró, volvió a pagar. Pese a que estaba demasiado avanzado. De los otros tres no sabía nada. Desde que Marina había perdido a la madre y le había pedido un adelanto de herencia, Gino no había vuelto a tener noticias de ella más que esporádicamente y nunca de cosas íntimas.
   "Lo curioso"- decía el médico forense- "es cómo puede tenerlos encima todavía".

   Entonces, le mostró una foto.