viernes, 11 de julio de 2014

WOLFGANG BORCHERT





En la ventana de una taberna
a la orilla del lago Steinhuder


(De camino a casa en 1945)


Lentas se cierran las flores del manzano
al canto nocturno de la dulce garganta del pájaro.
Las ranas se apiñan al pie de la pasarela.
Una abeja arrulla al día con su zumbido,
sólo mi alma sigue en camino.
La calle anhela la ciudad próxima
donde de noche la vida continúa resplandeciendo,
pues allí hay todavía corazones latiendo.
Aquel que aún no tenga un hogar,
cuando lo asalte la noche,
seguirá preguntando:
¿Por qué las flores no están tristes?
¿Por qué los pájaros nunca lloran?¿y si acaso también 
la luna estará fatigada?
Y entonces en medio del silencio el viento
se compadecerá de él,
hasta que entre sus sueños se olvide del mundo.


               Trad. Ricardo Corchado y Sabina Scherze


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Érase una vez dos personas.
Cuando tenían dos años, se pegaban con las manos.
Cuando tenían doce, se pegaban con palos y se tiraban piedras.
Cuando tenían veintidós, se disparaban con fusiles.
Cuando tenían cuarenta y dos, se lanzaban bombas.
Cuando tenían sesenta y dos, utilizaban bacterias.
Cuando tenían ochenta y dos, se murieron. 
Fueron enterrados uno al lado del otro.
Cuando, cientos de años después, una lombriz 
se abrió camino comiendo entre sus tumbas, 
no se dio cuenta de que allí estaban enterradas 
dos personas distintas. Era la misma tierra. 
Todo era la misma tierra.