martes, 27 de mayo de 2014

REINA ROFFÉ





LA LESBIANA Y LA TRADICIÓN LITERARIA
ARGENTINA: MONTE DE VENUS
COMO TEXTO INAUGURAL


LAURA A. ARNÉS
Universidad de Buenos Aires, IIEGE / CONICET


En Monte de Venus la lesbiana no sólo no muere sino que tiene 
voz y produce escritura. El pequeño instrumento de captura que 
es, primero el grabador, después la pluma, la habilita a la pro
ducción expresiva. Será Julia quien, sorprendentemente, ponga 
(cuente, escriba) el punto final: “Me estafaron”, se lamenta, “Es 
la única palabra apropiada que se me ocurre para comenzar 
y ser yo, aunque parezca mentira, quien termine la historia”(Roffé,
1976: 267). Para comenzar y ser yo. El modo en que la novela 
concluye habilita al corte del sintagma porque un significativo cambio 
de tono se concreta en sus últimas líneas:
Yo la amo, grité, la amo. Bastaba con llamar a la policía. Cómo
olvidarme que le había confesado un crimen (…) Tengo frío. No sé
porque se secan las plantas en el terreno del fondo. Es verano y tengo
frío (…) Mi dolor sólo es mi dolor. Qué no daría por una pequeña
caricia, como ese viento suave que anda, allá, entre los árboles, 
agitando sus manos, contra la noche cercana. (Roffé, 1976: 270)



CARLOS CORREAS





Las armas tiernas


Cuento inédito de Carlos Correas


Dos hombres buscan sexo rápido por Palermo. Uno es militar, aunque no de carrera. El otro es civil. Con un estilo impresionista y duro, el mítico Carlos Correas vuelve, una vez más, sobre sus obsesiones narrativas principales: la homosexualidad, el lado opaco del deseo, la violencia contenida. Climas opresivos y fantasías onanistas redondean y reflotan la propuesta del autor de “El revólver” y “Los reportajes de Félix Chaneton”.



Las armas tiernas


En ese paseo no había más que parejas; tipos afeitados que agarraban a la mujer por la cintura. Ni una mujer sola. Los faroles, la calle lavada, los Rosedales estaban fuera de la noche, fuera del sábado. Sólo una mujer que caminara despacio, por el cordón de la vereda, y la ciudad lo recuperaría todo.

—Sigamos otra cuadra –dijo Eduardo.

El lago reflejaba las luces amarillas: un laguito de cristal, quieto y quebradizo. Ahí alimentaban el silencio las rosas y los árboles: tallos enroscados, mustios, hojas velludas, inertes a la dulce y feroz espera de los jóvenes. ¿Hasta cuándo huiría ese sábado? Miserable noche sin mujeres. Nada más que parejas susurrantes.

—Por acá no hay caso –dijo Freyer.

—Volvamos, entonces.

Freyer dobló y el auto siguió, “yirando” hacia la avenida Sarmiento. El asfalto brillante desaparecía suavemente bajo el capot.

—Asomá la cabeza.

—Me pueden ver –dijo Eduardo. Era mejor tener la cabeza apoyada en el asiento. La cabeza rubia rapada y el cuero que cosquilleaba los pelillos; beberse poco a poco el ruidito falso de las ruedas. La larga piel sin color desde el cuello hasta los muslos entreabiertos. Esperando. “Esperando, piensa, que esperen; ya vamos. Me esperan en el Colegio también. Espera la familia. El juego de los fusiles y la gimnasia”.

—Vamos para Plaza Italia –dijo Freyer.

—No, está lleno de negras.

—No todas, alguna se puede encontrar.

—Son todas siervas con día franco. A lo mejor está la mía, sería bueno que la levantáramos a ella.

—Es estúpido –dijo Freyer, molesto–, se hace tarde.

Eduardo abrió y cerró los muslos con violencia,

—Está bien, a Plaza Italia.

Con los ojos entrecerrados se dio cuenta de que Freyer lo observaba. “Me divierte, me cree un chiquilín, me divierte; no hay que olvidar que es un civil. Tiene las costumbres que tenía yo. La ciudad todos los días, mujeres todos los días, la nariz siempre llena de olor. Ya no es mi amigo. ¿Por qué no lo dice? Pero lo hace con buena voluntad: me mete en el coche y me busca mujeres.”

Freyer volvió por un momento su cara blanca y fofa. Dijo con voz atenta:

—¿No tenés muchas ganas?

Eduardo rio, sin levantar la cabeza. Sacó las manos de los bolsillos y se acarició las mejillas. Era cómico. Después de una semana de fajina, con los ojos hartos de ver pantalones y las orejas podridas de oír los amores de los otros; y las palabras y las fotos. No se sabía. Eran cuerpos demasiado vestidos. ¿Qué caras tendrían en una cama? Piel satinada por afuera y adentro los negros mocos moviéndose, en silencio. Ganas, afrecho. Se revolvió en el asiento. Freyer también rio y dejó de mirarlo. El rubio fantasma Eduardo se dejaba chupar por el sábado franco. Las siervas esperaban en Plaza Italia, con ese aire de alcahuetas o de perras que agradecen el hueso. Lo ven llegar a uno y ponen la cara de hermanas. 

Hacen el favor. El pobre chico está necesitado. No, yo no. Era sorprendente. No tenía muchas ganas. De corazón. Habría que empezar directamente por el final. Abrazos que no terminan, se acalambran los dedos y uno acaba por abrir los ojos para divertirse con otra cosa. Nada de besos en la boca que puede estar enferma. Ni besos, nada. Era intolerable. Un Eduardo gigantesco que se inclinaba sobre la prostituta. Un Eduardo desnudo, enorme, atravesado, pulverizado a la pura arena por la mirada de ella. Violentamente era lanzado desde el torbellino inmenso a la blanda vergüenza. La manito que abre la ropa y los olores que han dormido todo el día y se levantan ahora. Azúcar de vidrio sobre la crosta inflamada.

Solo y en casa, detrás de la puerta de cristal, entre los azulejos y las canillas vacías de agua. No tengo ganas, Freyer civil, ¿cómo decirle? Lo hago todos los días en el Colegio, solo. Eduardo contrajo el cuerpo y apretó el cuerpo flaco contra el asiento. Lo empujaban dulcemente hacia adelante. Una mano inefable que aprieta la nuca entre lágrimas, una exquisita tortura. La mano de Dios, la mano del oficial que reparte los preservativos el sábado a la mañana. Como si le hubieran cortado algo ahí abajo. Una blandura herida y al aire: nerviecillos gastados. Todos los días, solo. Y la flecha tibia, inmensamente triste, que se desliza a las cañerías grises. Arrastrando el gran cadáver prohibido, arrastrando los discursos, los consejos de mi padre, la mirada de madre. Aullaba el vértigo en la profundidad de la cloaca; el remolino surgía, le trepaba por las piernas, el vientre, le llenaba la boca hasta reventar y luego desaparecía. Sólo quedaban virutas entre los dientes. Luego había que salir, sin darse vuelta. Estaban a sus espaldas. Volvían. Se escapaban de la cloaca y lo acechaban otra vez. Era inútil. Estaba clavado con alfileres en el aire. 

La madre lo conocía en lo más profundo (“Pensar que una vez estuve dentro de esa barriga y le chupé esos pechos que le cuelgan ahora”). El padre lo comprendía en todo; el encargado, el oficial, lo forjaban minuto a minuto. Humillado, indefenso en el inmenso camino de cemento, reducido a una verruga apolillada, un rubio insecto bajo el sol. Podía hacerlo todo que no cambiaría nada; las construcciones de techo rojo, los jardines seguirían con su aire cortés. Las ventanas de ceniza no contemplarían la ofrenda silenciosa de su vida. Para ninguna muchacha sería el Predilecto.

Eduardo escuchaba el lenguaje secreto de las ingles; tenía un muro de ojos a su alrededor. El silbido aguado de los proyectiles le atravesaba los oídos, cada vez más. Subían, subían, le estallaban en la cabeza. ¿Qué era eso? Se endureció de pronto. Un hierro helado le murmuró en el vientre. Un galope de palabras, de chismes sin interés que se repartían por todas partes. El hierro cruel lo elevaba sobre el Colegio, sobre la familia, sobre la ciudad burlada. Arqueó las manos y endureció la cara. Luego alzó los garfios. “Y sin embargo soy yo, pensó.” Sin querer nada. Lo tenía todo en las manos pero no quería nada. Los otros deseaban modestamente. Eduardo, gracioso, era la condición misma de esa noche de tortura. Y era tremendo estar ahí. Otra mano haciendo otro ademán. “Quisiera un espejo, pensó.” Se acordarían de él hasta la muerte. En el mágico instante obtuvo su valor. Eduardo en Eduardo. Eduardo sumergido en el infinito radiante. “Les ha nacido un mundo nuevo. Los guiaré.” Ah, se caían una a una las viejas caras. 

Se hundía derrotado el escarnio del baño. Vergüenza de la mano. Despedía agria tibieza. Levantó lentamente la cara de “cafishio” ingenuo. “Quieto, nadie sabe nada de mí, nadie.” Todavía quedaban ellas: las mariposas esquivas. Marcarlas. Tragarlas. Borrarles la eterna sonrisa. Estaba destinado a buscarlas. Pero era despreciable el placer de ellas cuando se sometían. Así no había medio de atraparlas. Todos los fusiles, las municiones del Colegio no serían suficientes. ¿Y habría algo mejor que una mujer para esa noche? ¿Qué mejor? Eduardo se enderezó. Freyer seguía manejando, a punto. La avenida Sarmiento se zambullía en la kermesse de Plaza Italia. “Quisiera saber si hace todo lo mismo que yo”. Pero Eduardo comenzó a silbar, muy bajito, y ya no pensó más.

—Aquí está, ahora... –dijo Freyer; había sacado la cabeza sobre la ventanilla y por los movimientos de la nuca parecía sonreír. Eduardo, inquieto, pudo entrever el pelo negro de la mujer y después la mano regordeta del otro que abría la puerta de atrás. “Ya está, ya está, pensó”. Ya sentía los huesos quemados por la mirada de la garaba; unos ojos repetidos que le acariciaban el pelo y le observaban el grosor del cuello. Una delicia inaguantable. “Ya me desea. Es del rubiecito, fragante hasta el más ínfimo detalle. Estas, de vez en cuando, consiguen algo bueno. Gozan cuando quieren.” El auto rodaba hacia la Costanera. Sin palabras. Eduardo tenía ganas de reírse. Todo el asunto era pan comido. Cuestión de oficio. “No me merece, para ella será una cosa más. Se ha dado cuenta que no soy un civil. Cuando acabe y me pudra en los brazos de ella tendrá a todos los muchachos compañeros, a todo el Colegio.” Eduardo reventó. Rodaba a la sucia humillación de los infantes con madre. Su madre estaría quieta, Pura, cerrada; y él sólo era una ampolla encogida, un vientecillo de amanecer, con la cabeza abotagada de sueño mojado. Ya llegaban. 

El viento del río lo estremeció. El olor marino le hizo recordar: un olor a potrillos en los baños del Colegio. Mosaicos duros y blancos. Una desgarradura relampagueantes y surgían armas de caños fruncidos. Le apuntaban a la cara y le disparaban balas viscosas. Eduardo arañó el cuero del asiento. “Hay un medio, se dijo, hay un medio”. El auto se detuvo. En el camino negro y pelado las luces rojas de los autos detenidos se repetían hasta perderse la vista. Eduardo descendió rápidamente, metió la cabeza y dijo:

—Vos primero. Yo voy hasta el río.

Le echó una ojeada a la mujer, que estaba acurrucada, esperando. “Lo hace bien, pensó Eduardo, se hace la indiferente. Pero me desea a mí. Flaco y rubio. Me bañé esta mañana para esta noche. Con éste hará la faena de siempre pero me espera a mí.”

Cruzó el descampado, dirigiéndose hacia el murallón. Detrás de él quedaba el ejército de autos inmóviles, herméticos, encerrando la gran esponja sangrienta del día.

 Eduardo sonrió ante el río y el cielo enormes. Era como meterse en un carbón; suspendido de un hilo frente a ese relámpago eterno e impenetrable. Acarició la piedra quemada, rugosa; una noche para morir duro de frío sobre el río helado. Un trabajador solitario. “Seré libre, pensó, no me ataré nunca. Ni mujer, ni hijos, ni amigos, ni amores que acercan a Dios. Seré libre.” “Esta noche la cama estará fría y sola. Tendré el sexo encogido. Mi cara será sombría. Mis patillas brillarán como paja al sol.” Se inclinó un poco tratando de ver el agua que chapoteaba contra la piedra. Dentro de poco iría Freyer a buscarlo. No estaría gozando con la otra. Pensaría en él dándose prisa para dejarle el sitio libre. “No la quiero, pensó, no le daré el gusto. Me deseó todo el día sin conocerme. Se quedará sin saberlo.” Era necesario actuar. Blanquearse la cabeza y hacer. 

Ya estaba seco; un hueso desnudo y pelado. Lo había conseguido. La Revelación crecía por sí misma. Nada de afuera, nada. “No tomaré nada prestado, no me hacen falta. Ah, en el Colegio uno se olvida hasta que es hombre.” Escondido a plena luz como los tipos de los autos; a descubiertas. “Estaré en todas partes, en la calle, en los bares, me tropezaré con ellos a toda hora pero no robarán nada de mí; no me conseguirán en ningún momento.” Como las bollas perdidas en el agua. Se hartarían de él segundo sobre segundo pero no lo tendrían. Ninguno podría compensar de esa noche. Desde el fondo del río llegaba, inevitable, la señal: un algodón purísimo que lo devoraba todo. Eduardo asintió y el mal de los hombres nació en el Plata muerto, en el cuerpo frágil del muchacho.
Oyó pasos a sus espaldas. Era Freyer. Eduardo, rápidamente, se dio vuelta y lo miró. Con placer advirtió que no lo odiaba, pero la Gracia, se quebró como un cristal. “Ya lo hizo, pensó, y está como hace un rato; y ya lo hizo. Se acercó al otro. Sobre el vidrio roto sólo quedaba una el sonrisita indulgente.

—Vamos –dijo Freyer. “Ni siquiera está despeinado pensó Eduardo.”

—¿Qué tal?

—Muy buena. Te va a gustar. Te está esperando.

—¿Sí?

—Dice que sos hermoso. Le gustan los rubios.

—Lo siento... pero no voy a hacer nada. Eduardo metió las manos en los bolsillos, contento de que el otro no comprendiera.

—¿Pero por qué?

— No me siento bien.

Freyer se calló. “Otra chiquilinada, querido, tenés que tomarlo así.”

—Lo que vamos a hacer es sacarle la plata.

—Va a ser difícil. Va a gritar.

—No, dejame a mí.

Se acercaban al auto. Eduardo se adelantó de frente a las ventanillas para que la mujer lo viera. “Está ahí adentro. Me ve. Se prepara. Todavía no lo sabe. No lo sabe. Vamos a ver qué hacemos con mi hermosura. El rubiecito. El ratoncito entalcado.” Abrió la portezuela y metió medio cuerpo. Freyer se quedó en el camino, vigilando.

La mujer estaba acurrucada en un rincón. Al verlo a Eduardo, sonrió ampliamente; tenía la blusa desabrochada y la pollera hecha un revoltijo sobre los muslos.

—Cerrá –dijo–. Hace frío.

“No es fea, pensó Eduardo, para lo que hace; no es fea.”

—Es mejor dejar abierto. No vamos a hacer nada.

La garaba se arregló la pollera, inquieta.

“No lo cree todavía; habrá que acostumbrarla.”

—¿Vos habías pensado algo? –dijo Eduardo–. Esta noche no, no quiero.

Eduardo se escuchaba hablar un poco asombrado. Luego desvió la cabeza para evitar los ojos de ella. “Así no hay caso, pensó, se queda afuera; habría que meterle la mano en la cabeza, por atrás, quisiera tenerla para mí, siempre, pero sin mirarla, ni tocarla, ni hablarle.”

—Está bien –dijo ella–, ¿qué hacemos, entonces?

—Vos vas a dar la plata que tenés –dijo Eduardo; pero ya no había interés.

La borrachera seca de su corazón se derretía modestamente. El asunto fracasaba; había que terminarlo por simple aburrimiento. La mujer bajó la vista y Eduardo se rehizo por un instante.

—¡La plata, desgraciada! –dijo en voz alta, pero una súbita vergüenza lo invadió. La mujer lo miraba otra vez. Eduardo sintió asco y furor y una náusea que le hinchaba la garganta. —ya lo sabía –dijo ella–, no tengo más que veinte pesos. Tomá.

Puso el dinero en las manos de Eduardo, que se hizo a un lado para dejarla bajar. Recordó que detrás de él estaba Freyer. Se endureció y sonrió.

—Ya está –dijo, incorporándose–, le sacamos veinte pesos.

La mujer estaba junto a Freyer; se arreglaba la ropa con aplicación. No parecía muy afectada.

—¿No tenía más? –preguntó Freyer.

—Nada, un tipo antes que ustedes.

—Vamos –dijo Eduardo–, es tarde.

—¿No me llevan? –preguntó la mujer–. Hasta Plaza Italia.

—Vamos para otro lado –dijo Freyer.

Subieron al auto. “Por última vez, pensó Eduardo, a otro sí pero a mí no. A partir de mí; yo lo había previsto. La esperaba.” “Pero no podía convencerse. La otra estaría acostumbrada, resignada: formaba parte del trabajo. Tenía ganas de vomitar la noche. A menos que prestara atención a ese cosquilleo caliente del vientre. A la figura exquisita de un muchacho rubio y delgado llamado Eduardo que se levantaba frente a él. ¿Por qué no, se dijo. Habría que llegar hasta lo último para sentirlo. Ya estaba. Un chasquido y ya estaba. Decidido; era un alivio. Lo demás no era sino continuación. Ese muchacho exquisito lo esperaba.

El auto arrancó. Eduardo iba con los ojos cerrados. El auto cobró velocidad y se alejó.

La garaba se quedó mirando las luces rojas. Tendría que volver a pie a Plaza Italia. Si no la pescaba algún policía todo iría bien. Miró los bultos de los autos detenidos. Ni un ruidito salía de allí. Era un lindo silencio de disculpa. Alguno podría ayudarla. Pero no, era mejor dejarlos. No tenía derecho de molestar a todos esos pobres tipos, que liquidaban humildemente la noche, sacrificándose para gozar un poco; agradecidos hasta las entrañas de que los dejasen hacer. Se sintió solidaria con ellos. Comenzó a caminar. Ese rubio debería ser un cadete. Era hermoso el canallita. Como los soldaditos del Aeroparque.

Eduardo entró rápidamente en su casa. Ya no veía nada. A Freyer lo había largado en la esquina. “Dentro de poco lo largaré del todo, pensaba, tengo que cambiar de amigos”: Los padres no estaban. “De fiesta, pensó Eduardo.” No encendió las luces. Un vértigo duro y preciso ardía para él en el aire. Por el placer de descansar corrió por la casa, hasta que entró en el baño. Apoyó la cabeza en la puerta y respiró anhelante. Por el placer de oírse, dijo en voz alta:

—Con qué ojos miraré a mi madre mañana.

Encendió la luz. El cuarto brotó delante de él. Adoraba ese olorcillo sospechosos de la loza y la blancura calcinada de las paredes. Estuvo un rato inmóvil, gustándose. Una única flor de carne dentro de ese mineral traslúcido. Luego, sin mucha prisa, religiosamente, fue frente al espejo. Sus mejillas estaban amoratadas. Se miró bajo las cejas. Su rostro era de una maldad hermosa. “Me limpié para ella pero no le concedí nada. Yo solo. Me deseó todo el día, se me ofrecía, Me dijo hermoso. No me comprendía.”

— Ella me dice: “Te deseo, Eduardo”, dijo.



Pero las palabras eran un líquido doloroso y la piel se estremecía fuera de la ropa. No debía perder la belleza violácea de su cara. Era una cara virgen, un hueco húmedo y palpitante que se cernía sobre el espejo. Retrocedió un paso. Aspiró fuertemente. Casi no tenía olor esta ternura bronceada. La mancha blanca y polvorienta del baño se derrumbó a sus espaldas y Eduardo se dejó ir. Descolgó el espejo y lo puso en el suelo, apoyado en la pared. Ahora se veía el cuerpo entero. Se desnudó y pasó las palmas por la hierba rubia. Luego, comenzó a bailar, lentamente. “Ella me ve bailar desnudo.” Mañana recordaría sus brazos y sus muslos gracioso, sus caderas graciosas. El oscilar inerte de la piel, la presión recóndita de los músculos sin nervios. La carne se movía sola. Eduardo se detenía y contemplaba fascinado una imagen que seguía bailando. Se acercaba hasta tocar el vidrio; no lo lograba. Ella no vería nada. También le encantaría lo ridículo. 

Eduardo arqueó las piernas y deformó el cuerpo. Ahora se retorcía entre espasmos, torpemente. Se arañó el pecho y se cacheteó las piernas. Quedó curvado en una posición obscena. “Liquidado todo, piensa, se acabó el tiempo. Todo hundido, desierto. Aquella se habrá encontrado a otro; no tendrá dificultades. En Plaza Italia seguirá la ronda. En la Costanera. Ah, ya verán. Las necesito. Contrae la espalda. Nadie les ha dicho nunca nada. ¿cómo entonces? A solas se reirán. Eduardo... Atraparlas de atrás y hundirlas. Abrirles la estrella de sangre en la piel. Herirlas de lado a lado..., negra. Eduardo... Atraversarla, de lado...” La carne quebrantada, sin porvenir, estaba jadeante. Eduardo se dobla por la cintura, asombrado, estaba jadeante. Eduardo se dobla por la cintura, asombrado. El terror le enfría la cabeza. “Para nada; he vencido para nada.” Si apretaba el puño podría encerrar el bultito de los sesos estrellados; pero lo dejó escapar. “Qué fracaso”, se dijo, sonriendo.




RENATO PELLEGRINI





La biografía de Renato Pellegrini no guarda ni premios ni honores. Muy por el contrario, cuando se publicó Siranger, su primera novela, la Sociedad Argentina de Escritores le negó la faja de honor que le había sido otorgada; lo mismo sucedió con el Premio Anual de la Editorial Kraft. Asfalto (1964), su segunda novela, corrió peor suerte aún. Ese año, el jurado del Festival Literario de Necochea, compuesto por Silvina Bullrich, Jorge Masciangoli, y Abelardo Arias-estos dos últimos, escritores gay-entre otros, decidió no otorgarle el Primer Premio a causa del temor que les provocaba la temática de la obra. La novela, publicada por Editorial Tirso, fue censurada y confiscada, y el caso terminó ante la Suprema Corte de Justicia Argentina. De acuerdo con las palabras del mismo Pellegrini, el mejor reconocimiento que recibió de dicho Festival, fueron las palabras de la escritora Martha Lynch cuando declaró ante el público que "el mejor premio para Asfalto, fue haber causado tanto miedo que acabó por ser censurada por sus pares", y también las de Juan Jacobo Bajarlía-quien, además, fue el abogado defensor de Pellegrini-que dijo: "Renato Pellegrini orinaba sobre todos los moralistas de Buenos Aires"….








Asfalto


Para escribir un libro como Asfalto, se requiere, indudablemente, un gran caudal de valentía y verdad. En un medio que hace oficio de descubrir similitudes entre autor y personaje, desnudar una vida como lo hace aquí Renato Pellegrini, aunque esa vida esté rotulada "Novela" , requiere valor y convicción respecto de lo que se quiera hacer y de lo que se hace. Sin duda el lector hambriento de chismes, es llevado a suponer autobiográfico este libro
Eduardo Ales es un personaje en extremo logrado. Pero hay otro que lo sobrepasa: la Ciudad, el asfalto devorador de inocencias, de ilusiones, de proyectos, de futuros, Renato Pellegrini es un poeta de la calle, de la noche, de la luz artificial y de las madrugadas que revelan los párpados marchitos y las conciencias deshechas. Ve de la Argentina un rostro que pocas veces es dado ver y expresar como él lo hace. Abomina de ella pero a ella pertenece y la sufre, por eso la desnuda y la castiga y se castiga con su propio azote. Su pintura es un grito con cuyo eco pretende salvar al hombre. Se sitúa en el silencio y en la vergüenza de una generación en peligro y los muestra sin ambages, descarnados, con una crueldad de la que sólo son capaces los niños y los verdaderos artistas. Escarba en la basura y la esgrime como arma para evitar la basura. Hasta la grosería alcanza por él grandeza, porque la usa para traducir la desesperación que ronda a los hombres que no encuentran su salida.
El estilo de Pellegrini, telegráfico, justo, exacto en la adjetivación, muestra como particularidad la frase cortada luego del artículo. Y la precisión de esa frase trunca permite que el lector la complete sin dificultad. El sentido está allí, íntegro, completo. Aunque las palabras falten entre el artículo y el punto.

Asfalto es un libro que debe leerse sin prejuicios.






    

                         




LA TRAGEDIA EN LA NARRATIVA DE RENATO PELLEGRINI:
SIRANGER



SAMUEL FERGUSON




El pozo de hadas de Lagnanay


Tristemente, canta tristemente–
“Oh, escucha, Ellen, hermana querida:
¿es que ya no hay más ayuda para mí,
sino solo incesantes suspiros y lágrimas?
¿Por qué no aquel quien me dejó aquí,
con arrebatada esperanza roba mis recuerdos?
Oh, escucha, Ellen, hermana querida,
[Tristemente, canta tristemente]–
me marcharé de Sleamish hill,
arrancaré el espino de las hadas
y dejaré a los espíritus obrar según su voluntad;
no me preocupa si es por bien o por enfermedad,
a ellos tampoco, pero abandonan el recuerdo
con el que todo mi corazón continúa hechizado!
[Tristemente, canta tristemente]–
Las hadas son una raza silenciosa
y pálidas como lirios se ven;
no me preocupo por un blanquecino rostro,
porque paseo en un lugar de ensueño,
yo tampoco, pero destierro el recuerdo:–
¡desearía estar con Anna Grace!
¡Tristemente, canta tristemente!
Escuchando mi historia de dolor–
así era como lloraba Ellen Con,
su hermana habló con silencioso tono,
su única hermana, la blanca Una:
estaba en su cama antes del amanecer,
y Ellen respondió triste y despacio,–
“Oh, Una, Una, no te alejes
[Escuchando mi historia de dolor]
de esta impía pena que rezo,
que me hace daño en verdad saberlo
y te ayudaré si puedo
–el Pozo de Hadas de Lagnanay–
yace muy cerca a mí, y tiemblo tanto–
Una, he escuchado a las sabias mujeres decir
[Escuchando mi historia de dolor]
que si antes de que el rocío se levante
verdaderas doncellas en su frío flujo
con sus puras manos bañan sus senos tres veces,
y tres damas-helecho se arrancan también,
y tres veces alrededor de la fuente van,
ella bien olvida sus lágrimas y penas”.
¡Escuchando mi historia de dolor!
¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!
“¡Oh, Ellen hermana, querida hermana,
ven conmigo a la colina en la que rezo,
y te probaré aquella creencia bendita!”
Ellas se alzan con suaves y silenciosos pasos,
dejando a su madre ahí donde yace,
sus madres y su discreta estima,
[¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!]
Y pronto alcanzan el Pozo de las Hadas,
el ojo de la montaña, claro, frío y gris,
abierto de par en par en la lúgubre colina:
Cuánto tiempo detenidas estuvieron ahí, vano decirlo,
al final del amanecer,
la blanca Una desnuda su hinchado seno,
[¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!]
tres veces sus encogidos pechos lava
la mirada hudiza no permanecerá
de las sutiles ola feéricas que sutilmente manan:–
y ahora los tres helechos encantados suplican,
ellas los arrancó de sus ornadas orillas:–
Ahora alrededor del pozo su destino desafía,
¡Todas, ay! ¡Y tan distantes!
¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!
Ellen ve el borde de su rostro
dos, tres veces y nada más–
¡fuente, colina y doncella nadan
todos juntos en la disuelta oscuridad!
“¡Una!, ¡Una! ¿Pudiste llamarla,
“¡Triste hermana!”?, ¡pero ni juntura ni miembro
[¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!]
nunca más de la blanca Una,
donde ahora camina en un vestíbulo de sueños,
pudo mortal ojo observar!
¡Oh! ¿será acaso que el guardián se ha marchado,
mejor guardián que un escudo o muro?
¿Quién en la tierra podrá salvar a Jurlagh Daune?
[¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!]
observa, las riberas están verdes y vacías,
ningún agujero hay aquí donde caer:
sí –en la fuente un pozo puedes ver,
pero nada salva a las rocas, llano es allá,
y pequeños juncos giran juntos.
Apresúrate a casa, y recita tus oraciones,
¡Sálvenos de la esclavitud de las hadas!


                            Versión al castellano de Helena Roig Torres 
                                                           & Reinhard Huamán Mori

ABELARDO ARIAS




El niño muerto
           
                                                  Abelardo Arias

           
No sé cómo pude haberlo muerto, pero lo había hecho. No busco excusas soy el úni­co culpable. La vida vale aquello por lo cual estamos dispuestos a jugarla.
Lo había visto alzar un brazo, la mano sobresalía nerviosa de la manga del sobreto­do gris; la otra sujetaba una cartera de útiles de colegio.
Era la primera vez que había encontrado a ese chico. Debía ser así y, sin embargo, me parecía conocerlo desde mucho tiempo.
La espera no se prolongó más de cinco mi­nutos, pero me sobró para detallarlo. Entre cortas pestañas, ojos pequeños y claros, desa­fiantes o tristes, alternativamente; párpados prestos a abolsarse en llanto o a entrecerrarse en gesto de altanera insolencia. De nuevo, me atrajeron sus manos con largos dedos capa­ces de tamborilear en los vidrios de una ven­tana que mirara a las sierras o algo —cemen­to o piedra— que cortara imperativamente la visual. Debía sentir, entonces, la precoz deses­peranza de las flores de los jacarandaes, que nacen antes de las hojas.
A mitad de cuadra, tras un carro are­nero, surgió el ómnibus rojo. Las cubiertas de las ruedas tenían casi la altura del chico rubio. El viento levantó un mechón de su pelo caído sobre la frente; fue un aletazo desgar­bado que corrigió con rápido ademán. Hasta el rubio de su pelo habría de cambiar y ya comenzaba a tornarse castaño cerca de la nuca y de las orejas.
El ómnibus giró hacia nosotros y. el chico avanzó; sus zapatos, de tacos gastados ha­cia afuera, se bambolearon en los adoquines.
Lo seguí casi pegado a sus talones. Com­paré, con absoluta tranquilidad, que la rueda tenía el mismo ancho de su espalda, donde se marcaban los omóplatos descarnados. Las ven­tosas no prenderían en su piel tibia y estirada.
Sólo escucharía consejos antes de salir: "Querido, cuídese al cruzar las esquinas". A veces, pensaría que como era menudo, no causaría mayor entorpecimiento si cayera, bajo las ruedas de un vehículo; al imaginarse allí, creería estar mirando si el coche perdía aceite por el “cartel” del motor hasta que, de pronto, palidecería al pensar en su vientre hundido y teñido de rojo. Debía creer —cosas simples— que todo el cuerpo podría con­vertirse en sangre roja, igual a la brotada de un dedo que se pilló en la puerta del ascensor.
Como si la suya hubiese de ser mi muerte, en un instante de angustiosos segundos lo vi crecer chocando y desangrándose en todas las cosas.
Comprendí que ya tenía en la mirada: ese vivir irreal, ese creer que todas las cosas son bellas o puras, según la forma en que se las siente, ese dar íntegramente lo mejor de sí aunque estuviese manchado de barro, pues que el barro sólo es tierra yagua mezclados, ese aire y capacidad de valorar la verdadera pu­reza que sólo está al alcance de los sensuales, ese mirar de aquellos que están dispuestos a pagar en honra y vida el precio de lo que aman o en lo cual creen sin pensar en la retribución, pues, más que para vivir, para morir hace falta un ideal.
Pasmado de asombro, no podía compren­der cómo y por qué descubría esto con tal clarividencia. Me pareció que todo había suce­dido ya y desbordaba ese menudo cuerpo que tenía delante.
De improviso, y ya no sé si surgida de mi mente o de la tierra, escuché mia voz que creí suya al promediar las palabras:
—Amigo Dios, hasta los gusanos que nos arrastramos entre el barro sabemos que Tú nos miras, que sabes cuándo queremos ser menos repugnantes, puesto que Tú, que eras el Puro, el Perfecto, elegiste morir entre dos perdularios y uno fue tu amigo en la hora de la muerte. Perdóname si yo que soy un vil gusano (Tú me hiciste así con la misma cons­tancia con que creaste a los hombres), perdó­name si te siento mi amigo.
Me pareció, entonces, que desde el co­mienzo de los siglos se levantaba un coro de voces airadas y atravesaba la humanidad has­ta su extinción, y eran las voces de los fari­seos que clamaban rasgando sus vestiduras:
—¡Un repugnante gusano se atreve a lla­marse "amigo de Dios" cuando nosotros, que somos honrados, que vamos al templo y da­mos limosnas a los pobres, sólo nos atrevemos a adorarlo de rodillas!
Y todas las voces se lanzaban sobre el chi­co rubio.
Fue entonces cuando obré y lo hice im­pulsado por una fuerza superior a todo con­tralor.
Los jueves por la tarde, cuando era chico, nos llevaban al campo de deportes del cole­gio; allí, en la cancha de fútbol y al formar filas, había aprendido esa triquiñuela: cuan­do el compañero que me precedía levantaba el pie para avanzar, le rozaba el taco con la puntera de mi zapato ambas piernas se le trababan y, perdido el equilibrio, caía hacia adelante.
Escuché el golpe sordo de la cartera de útiles o el del cuerpo del chico rubio al caer. No sé precisarlo. El ómnibus dio un peque­ño barquinazo, tal como si hubiera pasado una de esas zanjas mal cerradas que abren para componer las cañerías de gas o los cables telefónicos subterráneos. Sentí, luego, el im­pacto de una ventanilla que escapa a los resortes gastados. El clásico chillido de mujer asustada por una rata se mezcló al chirriar de los frenos. Apreté los dientes que se me destemplaban y me alejé.
El niño rubio tendría una de sus manos, palma hacia arriba, cerca del caño de escape por donde brotaría acompasadamente el humo azulado. Ya no se le irritarían los ojos. No habría de crecer ni llorar nunca más. Nunca habría de estar solo repitiendo con monótona desesperación ese nombre elegido entre todos los nombres, como a veces se escoge una sola hoja entre todas las de un bosque por el cual pasamos. No sentiría, jamás, esa soledad que se mide en cada golpe de sangre escuchado en silencio, mientras los minutos van amon­tonándose y afinan los nervios, como un cons­tante sacapuntas que ni esa misma sangre mella. ­
Anduve unas cuadras y me di cuenta de que no experimentaba ningún remordimiento; antes bien, me sentía cómodo y feliz, tal si me hubiese librado de una carga obsesionan­te o hubiera retirado, en un descuido del "croupier", una apuesta perdida en la ruleta.
Sólo me quedaba la preocupación, casi simple curiosidad, de saber dónde había visto esas manos y esos ojos.
Un gran cartelón de remate enrojecía la mansarda de una casa de departamentos; si tuviese dinero podría comprarla y, luego, ven­derla ganando algunos miles. El niño rubio, destrozado bajo el ómnibus, no pensaría más en las palomas que anidaban en los corni­sones.
La noche me encontró maquinando for­mas de ganar dinero, con ansiedad hasta en­tonces desconocida.
Un vigilante me miró con aire desconfia­do. Comprendí que no era honesto ni correcto andar vagando por las calles. Tenía que le­vantarme temprano para salir a comprar y vender, para atesorar dinero, mucho dinero, montañas de dinero.
Entre los intersticios de los adoquines, la tierra sorbería la sangre del niño muerto en la calle.        .
En el diario de la mañana siguiente, los accidentes de tránsito ocupaban un cuarto de columna con letra menuda; leí a saltos, bus­qué en toda la página, luego en las demás. Ni la menor noticia.
No era posible: lo había visto caer delante de mí. Un chico así tenía que caer con una triquiñuela; además, fue como si algo mío se desprendiera desgarrándome.
Rotundamente movía la cabeza el vigi­lante.
—No señor, ¡le digo que ayer no hubo nin­gún accidente!
El diariero afirmaba lo mismo. El almacenero aseguró que desde años no ocurría un accidente en esa esquina y agregó, con aire de comerciante ofendido, que esa era la esqui­na más saludable de Buenos Aires.
Empezaban a mirarme como. si tuvieran que vérselas con un loco. ¡Estaría desvarian­do! No era posible, ese niño rubio me había parecido tan existente y real como yo mismo.
¡De dónde había sacado esta imagen! ¡Dónde la había llevado tan oculta! Compren­día que cuando la verdad irremediable puede herir a quienes amamos o nos aman, es lícito, hasta noble y generoso, ocultarla; pero tam­bién sabía que era imposible esconder un niño a los ojos de los demás, que no era compren­sible que muriera así, sin que nadie lo viera, ni lo comprendiera, ni lo llorara en una in­mensa ciudad.
Debía comenzar a enloquecerme. Eché a caminar pesadamente, mientras repetía en acongojante retórnelo:
—¡Pobre niño, si no ha muerto está per­dido para siempre!
Levantaron vuelo las palomas que anida­ban en el cornisón de la casa de departamen­tos en remate. Tuve necesidad de acercarme para acariciar el lomo de un gato atigrado, que ronroneaba sobre el mostrador de un quiosco de cigarrillos.
—Pobre chico —repetí.
Quizás, algún día, estaría solo y la espe­ra interminable. Su mano, ya vigorosa, reco­rrería distraídamente la mejilla hasta que uno de los dedos fuera a caer en ese hueco tibio que forma el lóbulo de la oreja, donde tan cómodamente parece que puede encaño­narse un revólver. Comprendería, entonces, que todas las cosas que se amontonan sobre los muebles y a las que antes creyó sin vida, ahora estaban realmente muertas. Sentiría que toda esa dolida lucha por sus ideales, he­cha del pequeño y diario renunciamiento, sería grotescamente vana por causa de esa fisura que le atravesaba de parte a parte el cora­zón y resquebrajaba la columna maestra de su vida.
Le quitarían, quizá, todo lo que amara, como por costumbre o codicia de sus frutos se poda un árbol, sin pensar que ningún daño hicieron las ramas mutiladas; quedaría, en­tonces, vacío, pura fachada, como esas casas desventradas por una bomba voladora en un momento cualquiera en que sus habitantes fueran prodigiosamente felices; porque, a ve­ces, los pobres seres humanos suelen aspirar a ser dichosos en su dulce, en su amarga, en su nimia o inmensa manera.
Sentiría que era semejante a una campa­na cuyo sonido enternece sin que nadie pien­se en el molde de barro que soflamándose le dio forma. Y su vida se hundiría, de nuevo, como un tren rechinante en un túnel, un tren enrojecido hasta los ejes por el deslumbra­miento del alba. Sólo quedaría unido a la tierra por esa brutal arrogancia del toro de lidia que tiene conciencia de su destino de emba­durnar con sangre la arena, mientras las gentes aplauden al que hundió el acero.
De pronto, un cansancio de eras, edades, siglos, me agobió. Las casas, las máquinas y pilas interminables de dinero pesaban sobre mis hombros. Ya no quedaban más que unas manos y unos muertos ojos de niño. Hubiera deseado llamar a las gente y sentarlas a ori­llas del mar, del camino, de cualquier lugar en que las cosas y los seres pudiesen despla­zarse, y explicarles; pero comprendí que  se­ría inútil y apreté los carrillos. Cada hombre mide la vida con su propia medida.
Volví a caminar y en el eco de mis pasos escuché los del chico rubio. Poco a poco fue creciendo, otra vez, el vocerío; logré distin­guir las que clamaban cotizaciones de bolsa y de ganado. Máquinas y motores se unieron al estruendo. Ya no pude escuchar el eco de sus pasos, ni el ruido del mar, ni el del viento en los pinos, ni el de los álamos en la cando­rosa burlería de sus hojas; ni ver sobre las manzanas la entera luz de la entera luna.
Todo estaba perdido irremisiblemente.

Me arrojé de espaldas en la cama. A tra­vés de la ventana, una pared altísima me en­claustraba, me encajonaba. Una trinchera de álamos me contemplaba impasible desde su fotografía esfumada. Las gentes y las cosas debían vivir en las fotografías hasta que lle­garan las manos y el corazón capaces de to­marlas. Unos ojos y unas manos podían que­dar puros, igual que en un retrato de la niñez, a la espera del encuentro milagroso; debían quedar como las manos y los ojos de ese chi­co que yo había matado en la calle.
De improviso, di un salto y busqué ansio­samente en un viejo maletín. Entre antiguas fotografías apareció la de un chico montado en un perrazo danés.
Allí estaban esas manos y esos ojos. ¡Era exactamente el mismo chico rubio! No había lugar a confusión alguna. Era una fotografía suya .
En el reverso, mi madre había escrito: "Ignacio a los nueve años"
Hacía mucho tiempo que no miraba ese retrato mío.





Abelardo Arias(Córdoba, 1918- Buenos Aires, 1991). En 1942 
publicó Álamos talados, una novela de iniciación, que veinte años
más tarde fue filmada con guión del autor. En 1947 publica La vara 
de fuego, seguida de El gran cobarde en 1956. Otras obras incluyen 
Límite de clase (1964), Minotauroamor (1966), La viña estéril (1969). 
También escribió cuatro diarios de viaje y varias obras teatrales. Fue 
director de la Biblioteca del Colegio de Escribanos de Argentina.


Abelardo Arias