lunes, 26 de mayo de 2014

GYULA ILLYÉS


 










Una frase sobre la tiranía


Donde haya tiranía,                                           
está la tiranía
no sólo en calabozos
ni en bocas de fusiles,

no sólo  en cuartos de tortura,
no sólo en las nocturnas
consignas de los guardias,
está la tiranía

no en los pliegos de cargos
ardiendo oscuros como el humo,
la confesión, ni  el morse
del preso sobre el muro,

no sólo en la sentencia
fría del juez: !culpable!
está la tiranía,
y no sólo en las órdenes

de  !Preparen! y  !Fuego!
ni en los  redobles,
ni  en el  modo en que arrastran
el cadáver al foso,

no sólo en las noticias
susurradas con miedo
a través de una puerta
furtiva y entreabierta,

en el dedo en los labios
indicando callarse,
está la tiranía,
y no sólo en el rígido

trazo como de rejas,       
ni en el aullar luchando
mudo contra las rejas,
ni en la cascada
de lágrimas calladas
acreciendo el silencio,
ni en la pupila abierta,

está la tiranía,
y no sólo en los !Viva!,
ni en el !Bravo! y los cantos
que en pie todos corean;

donde haya tiranía
está la tiranía
no sólo en los aplausos,
las palmas incesantes,

las trompetas, la ópera,
la piedra en las estatuas,
el color del retrato
chillón y mentiroso,

no sólo en cada marco,
ya en el pincel estaba;
ni en el vibrar del auto
de noche y en  silencio,

que se  detiene
bajo la arcada;

donde hay tiranía, siempre
está presente
en todas partes, como
tu dios nunca estuviese;

está la tiranía
en el jardín de infantes,
el consejo del padre,
la sonrisa materna;

en el modo del niño
responder al extraño;

no sólo en el alambre
de púas, ni en las frases
gastadas que en los libros
duelen más que las púas;

está en el beso
de despedida,
al decir de la esposa
cuándo vuelves, querido;

en los  qué-tal  triviales
que en la calle te llueven,
y ese apretón de manos
que de súbito aflojan;

al helarse la cara
de tu amor de repente,
pues en las citas
de amor está presente;

no sólo en los careos,
la confesión, las dulces
palabras embriagadas,
como mosca en el vino,

ni en tu sueno estás solo,
está la tiranía
en el tálamo, y antes
aún, en el deseo,

pues para ti lo bello
es lo que ya ella tuvo,
y con ella yacías,
mientras creías que amabas,

en el plato y el vaso,
la nariz y la boca,
en el frío y la sombra,
en tu cuarto y afuera,

como hedor de carroña
al abrir la ventana,
como cuando un escape
de gas llena  la casa,

si estás hablando solo
es ella quien pregunta,
ni cuando fantaseas
te libras de ella,

se hace tierra de nadie
la vía láctea, los focos
la iluminan, minada,
los  luceros: mirillas,

la celeste bóveda un campo
de castigo, pues en  el doble
afiebrado de las campanas
está hablando la tiranía,

en el  cura a quien te confiesas,
en sus predicaciones,
potro, templo y parlamento,
son otros escenarios suyos;

al abrir y cerrar los párpados,
siempre te mira;
como dolencia está contigo,
como el recuerdo,

y la rueda del tren, ?la escuchas?
preso estás, preso, repite,
por las montanas y las costas
sigues oliéndola,

relampaguea y es ella
la que truena y deslumbra,
y al corazón lo paraliza,
inesperada;

está en la calma,
en los grilletes del hastío,
en la lluvia precipitándose
en barrotes hasta los cielos;

en la nevada que te encierra
como blanca pared de celda;
es ella quien te mira
por ojos de tu perro;

y estando en toda meta
ocupa tu futuro,
está en tu mente,
y en cada gesto tuyo;

como el agua a su cauce,
la sigues y la creas;
?miras fuera del círculo?
al espejo te espera,

te acecha, inútil escaparse,
eres guardián y preso,
en el olor de tu tabaco
y en el pano de tu vestido

penetra, hasta en tu médula,
quieres pensar, tu mente
no tiene otras ideas
sino las suyas,

al mirar ves apenas
la ilusión  que te muestra,
y te cerca  el incendio
del bosque, por el fósforo

que al lanzar a la tierra
no apagaste pisándolo,
y así te guarda prisionero
en casa, campo y fábrica;

no sabes ya qué es vida,
ni pan ni carne,
qué es amor ni deseo,
ni un abrirse los brazos,

así forja esposas el siervo
y él mismo se las asegura,
cuando comes ella se nutre,
para ella engendras tu hijo,

donde hay tiranía, son todos
un eslabón de su cadena;
su hedor emana de tu cuerpo,
tú mismo eres tiranía;

como topos al sol desnudo,
damos tumbos en las tinieblas,
apretándonos en un cuarto
tal como  en el desierto;

pues donde está la tiranía
todas las cosas son inútiles,
incluso las canciones,
o cualquier obra;

pues estaba desde el comienzo
junto a tu tumba, es ella
quien dice lo que  fuiste,
tus cenizas son sus esclavas.


                                                                (1950)

 Trad. Rodrigo Escobar Holguín y Vera Székács



JOAN DE SAGARRA


Joan de Sagarra para Jot Down 5


Joan de Sagarra: “¡De repente, me estaba fumando 
un tampax. Eso era la Gauche Divine!”








LEOPOLDO BRIZUELA





MUJICA LAINEZ


                La cabellera ambigua


¿Habrá arrojado Manuel Mujica Lainez una botella al mar para revelación de las futuras generaciones? Esta lectura guiada de “La larga cabellera negra”, el cuento que Manucho leía en voz alta en cuanto se le daba la ocasión y solía señalar como su favorito, ofrece algunas pistas para detectar ese “modo de decir” típicamente gay, que constituye toda una tradición literaria liderada en nuestro país por este escritor, signada por el amaneramiento y las claves.



                                                           Por Leopoldo Brizuela



MANUEL MUJICA LÁINEZ



     Foto de Facundo de Zuviría incluida en “El paraíso”
     Maizal Ediciones.


La sirena 

Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose.

Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso.

Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.

Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.

En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.

¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.

Al amanecer prosigue la carga de los bergantines.

Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?

Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.

La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.

La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.

Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. 

Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.

El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera.

Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados.
Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.


                                                 De Misteriosa Buenos Aires 

TONY HOAGLAND

JUAN MASSANA





La historia no fue así


Pero así la contaron.
La indolencia de los días
alcanzó el otoño
y la hizo cierta.
Y creció. Y ya no dudó
el viento en las esquinas.
Y estaba el sí
y el no. Y cada palabra
con la concha obstinada
de su significado.
Atrapados por el ámbar
de lo que nunca sucedió
Construimos nuestra historia.


Juan Massana(España,1950). Poeta y pintor.

LEONCIO BUENO





UN HOMBRE TRISTE


Un hombre triste
tuvo una vez un sueño: Quiso
ser poeta,
pero
siguió siendo en la sombra
un hombre triste.

Una vez más soñó, apasionadamente.
Se enroló en la epopeya luctuosa: Quiso
ser un bravo,
vivir épicamente
su última muerte,
pero en el fondo
siguió siendo sin paz
un hombre triste.

Ya sin remedio,
agotada hasta el fin
la última aventura,
convenciose
que no era mala cosa
ser
hasta la médula
un hombre triste.


                        De Pastor de truenos




MADRIGAL DEL CAZADOR SIN PRESA


Perdóname, Perucha,
por no haber vencido.
Por no traer entre los dientes la víctima cobrada.
Yo te pido perdón por no servir para ave de rapiña,
por ser, sólo un fabulador insolvente,
enamorado, Perucha,
de tu pan asequible.



ADAM ZAGAJEWSKI





ENTREVISTA: ADAM ZAGAJEWSKI | POETA


"La poesía ha de conjugar ironía y éxtasis"


……………………...

Usted ha hecho poesía después de Auschwitz.

R. Nunca he creído ese dictamen de Adorno que, sin embargo, no dijo exactamente que no se pudiera hacer poesía después de Auschwitz sino que hay un cambio después. Claro que hay que escribir poemas después de Auschwitz, pero sin olvidar Auschwitz. Tras Auschwitz somos distintos.


………………………..



ADAM ZAGAJEWSKI




Una mañana en Vicenza

                              (En memoria de Josef Brodski
                                                        Krzysztof Kieslowski)


El sol era tan tierno, tan delicado,
que hasta temíamos por él; un ademán incauto
podía rayarlo, incluso un grito -si alguien hubiera
querido gritar- lo habría puesto en peligro; tan sólo a las veloces golondrinas
de alas duras, como de hierro fundido,
se les permitía silbar en alta voz, porque vivieron
            su infancia
breve, en la inquietud de sus nidos de barro,
junto a sus hermanos, pequeños planetas locos,
negros como bayas silvestres.
En un pequeño café un mozo soñoliento -bajo sus ojos
las últimas sombras de la noche acumuladas- buscaba calderilla
en su bolsillo sin fondo, y el café olía a solemnidad
de tinta de impresión, a dulzura y a Arabia. El azul del cielo prometía
una larga tarde, un infinito día.
Te estaba mirando como si te viera por primera vez.
Y hasta las columnas de Palladio tenían aspecto
de recién nacidas, de recién surgidas de las olas del alba
como Venus, tu compañera mayor.
Empezar de nuevo, contar las pérdidas, contar a los caídos,
empezar el nuevo día, aunque ya no estéis, tú,
a quien dos veces enterramos y lloramos dos veces,
-viviste una vida dos veces más intensa que otros, en dos continentes,
dos idiomas, en la realidad y en la imaginación- y tú, de cara afilada
y una mirada que hacía crecer los objetos y los corazones
          (siempre demasiado pequeños).
No estáis, y por eso llevaremos a partir de ahora una doble vida,
en la luz y en la sombra a la vez, en el sol estridente del día,
en la frescura de los pasillos de piedra, en el duelo, en la alegría.


                                         (Versión de Elzbieta Bortkiewicz)