jueves, 1 de mayo de 2014

CAMILA SOSA VILLADA


foto de Javier Pérez



Se podría decir que el trabajo es un invento de mierda. Y que todos ahora podríamos vivir en el borde del mar, cerca de la playa, sin competir entre unos y otros… miraríamos el sol morir y nacer, comeríamos frutos, peces, nos sumergiríamos en el agua y nos dejaríamos llevar por la ola, a veces a la playa, a veces al vientre del mar; y retornaríamos a la tierra a amarnos, a sobrevivir, a vernos a los ojos y descansar de una vida exenta de la producción de cosas que generalmente no disfrutamos. Los poetas dirían sus poemas a viva voz alrededor del fuego, y las mujeres llorarían y le entregarían sus lágrimas a modo de ofrenda. Escribirían versos en la arena de la playa y obsequiaríamos pieles para cubrirnos del frío o flores, o frutas, o mansos animales que nos acompañen hasta la muerte. Seríamos generosos como fue generosa la tierra con nosotros y por las noches dormiríamos sumidos en un cansancio sano, sin culpas, el cansancio de la vida bien vivida… No hubieran existido pobres y ricos… ni miserables y abusadores… Ni esclavos y amos. Sin duda la historia hubiera sido otra sin la plusvalía.

Pero nos tocó ser dignos a través del trabajo y quién no lo tiene o no lo ejecuta, pues se las arregla para montarse sobre algo más o menos parecido al exilio. Un hombre de cincuenta años es despedido de su trabajo y posiblemente al cabo de uno o dos meses, se meta en la boca una calibre veintidós y salpique con sus sesos la pared de la habitación donde vivió con su esposa años y años y que le costó tanto trabajo conseguir. Un hombre joven y fuerte que debe trabajar por un sueldo miserable sólo por ser joven y fuerte, servir a otro que tal vez tiene más dinero y lucidez a la hora de los negocios y las trampas, pierde la fe sobre la mirada del hombre sobre el mundo. Sus hijos nacen con esa marca de caín y el estado del planeta se reconforta… todo va bien. Hay quien gobierna y quien se rinde. Y en el medio un millón de personas sin nombre desconocen la vida como debe ser. Esto es así.

Pero es noble el hombre. Y a veces consigue amar lo que hace… o a veces lo que hace con tanto amor se convierte en un trabajo y es de estos hombres de donde nacen vínculos felices, amores afortunados, abundancia en el espíritu. Y estos hombres quieren revertir la pobreza de espíritu de sus contemporáneos y de sus descendientes. A veces mueren en manos de un hijo de puta que no soporta que el destino de la tierra se cumpla.

Dicen que la culpa es del capitalismo, yo diría que la culpa es nuestra.

Yo tenía 18 años y a fuerza de escucharlo sabía que mi única posibilidad en la vida era vender mis caricias o ejercer el oficio más antiguo del mundo. Muchas veces me moría de frío en alguna esquina de la que era fácil escapar si venía la policía, o en el parque donde me habían adoptado prostitutas más viejas que yo. No me convidaban ni whisky ni grapa. Era muy chica y si quería arruinarme la vida, me lo tenía que conseguir sola. Tampoco me daban cocaína porque no querían que se me pongan las mandíbulas anchas… según parece las travestis cocainómanas tenían las mandíbulas anchas, “como un turco feo”, decían. También me enseñaban secretos de defensa personal, pues en el oficio había muchos peligros y no teníamos aseguradora de riesgos de trabajo, ni obra social, ni ahorros y generalmente, en los hospitales te atendían mal… mejor dejarse morir claro está. Mi vida entera está signada por esos años. En un jabón de hotel escondía una Gillette envuelta en una gomita y era una navaja peligrosa. Nunca la usé, no porque no me faltara la oportunidad, sino porque cortar la garganta de un hombre es una tarea aterradora. 

Muchas veces escapé, ilesa, de un par de degenerados que querían abusar de la servil y sumisa gentileza con que los trataba. Una vez, con Desireé, que fue una de las travas más hermosas que vi en mi vida, corrimos desnudas de una camioneta donde tres mocosos nos quisieron meter unas pilas de las verdaderamente grandes por el culo y nos dio tanto miedo que al querernos vestir, casi nos matan. Nos bajamos de la furgoneta corriendo… ella iba con toda su vergüenza al aire, yo alcancé a manotear el pantalón y a mitad del trote… casi llegando al mirador del parque sarmiento, donde toda nueva córdoba resplandecía, unas travestis nos socorrieron. Fue la primera noche que me di cuenta que podía asesinarlos uno por uno sin sentir la más mínima culpa y comerme íntegras sus entrañas sin asco. Quise ascender en el trabajo… Busqué asilo en un departamento regenteado por una rubia de dos metros que había decorado todo en leopardo y peluche y tenía que cumplir ocho horas de trabajo… Los turnos eran de 40 minutos y en esos cuarenta minutos el cliente podía decidir qué hacer con una. No regresé. Me parecía mejor el sistema de mirarlos a los ojos… a veces intuía una buena noche… a veces me equivocaba. A veces el parque era una bolsa de gatos. Las travestis se mataban entre ellas, y éramos pocas las imparciales e impunes que no ligábamos un botellazo en la cabeza. Me enorgullece decir que siempre estuve del lado de las buenas.

Una noche de mundial, la selección jugaba a las cuatro de la mañana y yo hacía como dos semanas que andaba sin un cobre en el bolsillo y salí a trabajar. Me la había pasado desayunando, almorzando y cenando pan con matecocido, y ya era hora de ponerle sabor a la vida. En la esquina de Mendoza y Santa Rosa un hombre de unos sesenta años paró en su auto, me preguntó el precio, me hizo subir a su auto y me dijo si podíamos ir a mi casa. En la pensión estaban aún despiertos, teníamos que esperar, entonces me dijo que tenía una hija de mi edad, y me llevó a comer una hamburguesa a De’ rico, y me pagó sin tocarme un pelo, y me regaló un disco de Buena Vista Social Club que estaba escuchando y a mí se me había hecho muy bonito.

Entonces supe que había otro modo de vivir. Con el tiempo fui perfeccionando la técnica y la mentira. No fue necesario irme al parque y perdí contacto con todas esas amigas que me daban consejo. Me asomaba al balcón de la pensión y siempre algún incauto solitario me daba algo de su dinero y yo le ofrecía algo de mis talentos.

En el medio, me daba muchísima vergüenza que alguien supiera de mi oficio. Es que hay trabajos que mejor no decirlos. Me imagino lo que debe sufrir la mucama de Mirtha Legrand, o el chofer de Obama, si es que tienen corazón. Yo me tragaba delante de todo el mundo mi verdad y como nunca supe hacer dinero a nadie le sorprendía mi pobreza ni que alguna vez tuviera unas monedas en la billetera.

En esos años se me ajó la piel, se me oscureció el aura, se me arrencorizó la índole. Se me resintió el optimismo. Como les debe pasar a todos los que tienen un trabajo que les causa dolor.

Lo cierto es que tampoco me quedé sólo con ese destino… trabajé de muchas cosas además de prostituta. Pero la verdadera felicidad y dignidad me llegó con el teatro. El trabajo es ingrato a veces y doloroso… Los vínculos se destruyen, se esfuman, las amistades mueren, los hombres pasan, los amores se evaporan, pero quedan los minutos en el camarín, a oscuras, como un purgatorio para almas, donde confirmo que hay un ángel que me protege.

Hace poco mi madrina fue a verme al teatro y me regaló un ramo de flores hecho completamente con los prodigios de su jardín. Es una mina humilde mi madrina, cariñosa. Nos volvimos a ver después de muchos años de ausencia. Cuando me dio el ramo de flores me encerré a llorar en el baño del camarín por la pobreza y por los pobres. Por las paredes sin revoque de la casa que mi viejo levantó con sus propias manos y en la que dejó su corazón entero junto a mi vieja, la eterna corazón, la eterna vena que surte de amor su vida y la mía. Mis viejos si que dejaron su corazón y su sangre sobre la tierra. Trabajaron para patrones ingratos que se aprovecharon de su fuerza y de su salud y de su honra y es imperdonable. Me dolieron esa noche las madrugadas en que mi vieja se despertaba a hacer alfajores de maicena para vender a gente igual de pobre que nosotros, y me dolieron las manos quemadas de mi viejo haciendo comida para vender a los mismos pobres que hacen su trabajo rindiendo culto a esto de perdonar el arado que los corta, como decía William Blake. 

Me dolieron esa noche las décadas que mis viejos llevan sin poder tomarse vacaciones mientras cualquier pendejo inútil se va de vacaciones al caribe sólo por las leyes naturales. Me dolieron las noches en que enamorada como estaba de aquel tipo innombrable, me gastaba los últimos pesos en esperarlo con un buen vino… o algo que lo retuviera a mi lado, a pesar de que él sentía más vergüenza que yo de enamorarse de una travesti que además era prostituta.

El mundo podría ser otra cosa sin el trabajo. Seguramente.

Los artistas no se diferenciarían de los campesinos y los hombres-nada, aquellos hombres que no sirven para nada ni aportan nada a la vida, o se volverían polvo en el viento o valdrían lo mismo que una piedra en el camino.
Ahora ya está todo hecho… se inventó la rueda, se descubrió el fuego. Fundimos metales. Inventamos la pólvora. Inventamos la informática. Revalorizamos la medicina y la lucidez perdió su sentido.

Los hombres deben alimentar, cubrir, abrigar, vacunar, educar y curar a sus hijos y a si mismos… en el medio hay miles gozando de esta necesidad que nos inventamos nosotros mismos. Los afortunados excusarán su dicha y los pobres justificarán su tristeza… Yo no pienso corregir este texto. Lo prefiero ciego, porque el trabajo, a pesar de todo lo satisfactorio y vital que puede volverse, sigue siendo un invento de mierda.

La industria nos deshumanizó y el cielo se llenó de humo.
Por eso, en el día del trabajador, mi salud va a todos los que tienen una vocación y no toman ni un poco de pasto que no les corresponde. Como mis viejos y mis amigos más cercanos.

A los chupasangre: mi desprecio.



Camila Sosa Villada(La Falda, 1982) es una actriz argentina trans 
de cine, teatro y televisión. Estudió Comunicación Social y la Licen
ciatura en Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba.