viernes, 28 de marzo de 2014

GLAUCO MATTOSO





Glauco Mattoso


EL PODÓLATRA

                                              POR PATRICIO EZCURRA


Para el brasileño y prolífico hombre de letras Glauco Mattoso (que no era su verdadero nombre sino un juego negro de palabras a partir de “glaucoma”, la enfermedad que lo dejó ciego en 1995), la potencia queer de su pluma y su mote de poeta maldito derivaban indirectamente de su gusto por los pies masculinos. ¿Y de dónde venía su podolatría? Según él, de su progresiva ceguera y de un episodio traumático de su niñez nerd. La falta de visión lo había obligado a profundizar sus capacidades olfativas. De ahí, una mitad de la explicación de su fetichismo por los pies sudorosos. A la otra mitad hay que ir a buscarla a un episodio de bullying de su infancia: una escena en la que los agresores de su misma edad lo forzaron a lamer zapatos y pies y orinaron en su boca. Mattoso escribió en 1986 Manual del amante podólotra. Aventuras y lecturas de un maníaco de los pies, un compilado, a medio camino entre la humorada y la prosa autobiográfica, sobre su propia podofilia. Allí cruzaba sus fantasías con anécdotas escatológicas y anticlericales. No faltaba la sátira porno desbordante de incorrección política (se apropiaba, por ejemplo, de textos no necesariamente literarios en clave de amante de pies, al punto de atreverse a reescribir testimonios de torturas incluidos en el “Nunca más” en clave podólatra). Y también toda una serie de consejos útiles para sobadas de dedos, lecturas recomendadas y tips del buen podólatra. El tono paródico no le restaba legitimidad a su defensa del olor a pata, según Mattoso, un potencial y subversivo desactivador del paradigma de la higiene y la asepsia. En su manual, Glauco incorporaba el argot urbano brasileño al tiempo que proscribía el sexo limpio. Sus preferencias amatorias detalladas en el manual le abrían la puerta a la sexualidad no genital. En el libro difundía, como publicidad-trampa para todo joven con curiosidad, un volante que detallaba los beneficios para el cuerpo y el alma de la técnica erótica de su autoría: el masaje linguopedal. Perlongher escribió el epílogo del manual: “El deseo del pie”. Allí trazó una línea entre el olor a queso y la irreverencia de este fetiche kitsch: “No es un mero fetiche para Glauco el olor a pies. No es algo frío e inerte para prender artificialmente el deseo de las fantasías frustradas. Más que la suciedad reciente, más que la humedad del sudor, el vestigio más palpable del erotismo era el olor, la unión espiritual y el deseo del cuerpo entero”.













ROBERTO PIVA





Los ángeles de Sodoma


Yo vi a los ángeles de Sodoma escalando
             un monte hasta el cielo y sus alas destruidas por el fuego
             abanicaban el aire de la tarde.
Yo vi a los ángeles de Sodoma sembrando
             prodigios para que la creación no
             perdiera su ritmo de arpas.
Yo vi a los ángeles de Sodoma lamiendo
             las heridas de los que murieron sin
alarde, de los suplicantes, de los suicidas
y de los jóvenes desaparecidos.
Yo vi a los ángeles de Sodoma, creciendo
con el fuego de sus bocas saltaban
medusas ciegas.
Yo vi a los ángeles de Sodoma desgreñados y
             violentos aniquilando a los mercaderes,
             robando el sueño de las vírgenes,
             creando palabras turbulentas.
Yo he visto a los ángeles de Sodoma inventando
             la locura y el arrepentimiento de Dios.



Paranoia en Astrakán


Yo vi una linda ciudad cuyo nombre olvidé
       donde ángeles sordos recorren las madrugadas tiñendo sus ojos con
                  lágrimas invulnerables
       donde críos católicos ofrecen limones a pequeños paquidermos
                  que salen escondidos desde las tocas
       donde adolescentes maravillosos cierran sus cerebros para los tejados
                  estériles e incendian internados
       donde reconocidos nihilistas distribuyen pensamientos furiosos y tiran
                   a descarga sobre el mundo
       donde un ángel de fuego ilumina los cementerios en fiesta y la noche
                   camina en su hálito
       donde el sueño de verano me tomó por loco y decapité el otoño de su
                   última ventana
        donde nuestro desprecio hizo nacer una luna inesperada en el horizonte
                   blanco
        donde un espacio de manos rojas ilumina aquella fotografía de pez
                   oscureciendo la página
        donde mariposas de zinc devoran las góticas varices de las venas del ano
                   de las beatas
        donde las cartas reclaman drinks de emergencia para lindos tobillos
                    arañados
        donde los muertos se fijan en la noche y aúllan por un puñado de débiles
                   plumas
        donde la cabeza es una bola digiriendo los acuarios desordenados de la
                   imaginación

                                                                Trad. Leo Lobos






Roberto Piva





CORAL BRACHO




II


Oigo tu voz; la siento entreverarse,
encender. Algo
dijiste entonces,
de tal modo,

de tal modo que siempre crece; crece y se extiende
como una hiedra, como una selva,
como una arena
luminosa.


*


¿Qué es lo que entorna mi vida en el dintel
de esa voz?
¿Qué es lo que toca de su brillo profundo
y entre el rumor
de su cascada oscura? Agua


de fluida luz. Agua
de entramados relieves.

-Que en sus costas se tiendan y humedezcan las sombras,
que en sus cuencas florezcan. Que en su dorada red
como ofrenda ancestral se esparzan
y en ella arraiguen, y en ella cifren su simiente.

Que ante el profundo umbral,
donde las urnas y las piedras
descansan, la lluvia encienda
su cadencia.
Deja
que entre sus brillos
y entre las suaves hebras de su espejo
anochezca.


*


Es la noche el lugar
que ilumina el recuerdo.

Es una vasta construcción
sobre el mar. Es su despliegue
y su secuencia.
Amplios corredores se extienden sobre blancos pilares.
Las terrazas abiertas sombrean las olas,
y uno se interna y cruza
por insondables extensiones.

Va la mirada inaugurando los trazos,
van las pisadas centrando la inmensidad.
Y su perfil
cambiante se va trabando.
Y su emprendida solidez
nos va infundiendo una claridad: la del espacio
que se entralaza. Vemos
transparencia en los muros, transparencia en las densas,
despiertas olas y una alegría nos roza como un augurio,
como la aleta fina y sigilosa
de un pez.

Es la memoria el viento
que nos guía entre la noche
y en ella funde
su tibieza: Nos va llevando,
nos va cubriendo con su aliento. Y es su suave premisa, su
levedad
la que entreabre esas puertas:
Balcones, cuartos
aromados pasillos. Salas
de inextricable y nítida placidez. Ahí,
entre esplendores recién urdidos,
bajo el espacio imperturbable, recobramos, a gatas,
la expresión de los muebles,
su redondeada complacencia: Todo
nos cubre entonces
con una intacta
serenidad. Todo
nos protege y levanta con gozosa soltura.
Manos firmes y joviales nos ciñen
y nos lanzan al aire, a su asombrosa, esquiva, lubricidad.
-Manos entrañables
y densas. Somos
de nuevo risas,
de nuevo rapto bullicioso,
acogida amplitud.


Todo
nos retoma y nos centra,
todo nos despliega y habita
bajo esos bosques
tutelares: Agua
goteando; luz
bajo las hojas intrincadas del patio.

[...]



Ese espacio, ese jardín,  Era, 2003; Pre-textos, 2004.

ROBERT DUNCAN





Desesperación de ser tedioso


Veo hace muchísimo y me encuentro
que como era entonces soy,   un hombre redundante
en un ataque de habla que él oye también al proseguir.

El silencio del cuarto estaba vacío y yo
grité fuerte.   A las diez en punto, salí
y caminé otra vez por las calles vacías,

busqué compañía en el atestado bar
y hablaba de irse cuando empezaron las lluvias.
Algunos me escucharon y otros se hartaron.

No sé si estoy obligado
a seguir este círculo, vuelto loco,
excitado en un rollo maniático de tonterías una tras otra,

o si soy libre de hablar donde sea que estén listos
para escuchar.   Veo hace muchísimo,
y con frecuencia fui descorazonado allí mismo.

Al volver encontré el cuarto abandonado,
un pedazo vació de Asia que se me metió.
Intenté morirme y no lo hice.   La herida

era un sitio vacío de significado del que me alejé.
Que Dios era Asia traté de decir.   Algunos se hartaron
y se fueron, pero había demasiado que me faltaba decir.

Oí el zumbar de maravillas cuando proseguí,
una monotonía de serpenteos en el sol que desviaba
hacia una espera en un cuarto donde el Tiempo mismo acabaría.

¿Qué tenía yo que decir?   La charla era sobre Asia
y una vacuidad en Dios que los hombres han conocido
en desiertos y en tiempos como en los que estamos.

¿A dónde iba?   Conforme llego,
tus ojos me han dejado, y se desvían
para encontrar una salida de donde estamos.

“En Asia…”   Hay una posibilidad desolada
de que me esfuerce por comunicarme.   Aparta tus cosas de mí.
No entiendes, y yo me perdí en eso.

Traigo algo saturado que trato de expresar
alguna urgencia que me desata la lengua
a la que no puedo llegar,   y quiero compañía.

Veo hace muchísimo y encuentro que
todavía sigo aquí.   Oigo el arrastre de una silla,
excusas entre dientes cuando se van.

El sitio va a cerrar y temo que estoy solo.
Son diez para las dos.
He llegado a mí mismo.   Buenas Noches.

No necesitaré tu ayuda
Dios mío.   Desde aquí
la Gran Asia allende el horizonte de mi vista

no va a ningún lado que no pueda decir
y en ese continente al que voy
el tiempo se extiende año con año.



                                                           Trad. Carlos Miranda



ARMAND GATTI





LOS PERSONAJES DE TEATRO MUEREN EN LA CALLE
                                (FRAGMENTO)


El que combate permanentemente en la frontera de algo (importante), pero no sabe nunca dónde se encuentra

El que trabado en las gestiones del simbolismo ha plantado el rastrillo y el arado imaginarios en las estaciones de U-Bahn para desafiar (¿reinventar?) a la ciudad

El que ha bebido alcohol de huevo de serpiente en Pekín con el ministro de los extranjeros -y que se ha creído chino durante años (y lo sigue creyendo bajo el efecto de versículos del tao en uno de los cajones de su mesa de trabajo)

El que el mismo día, ante la misma pared de una prisión de Guatemala, vio tres Cristos (quizá hubiera uno falso) fusilados por los hombres de la United Fruit Cie –y que desde entonces busca una cruz sin jamás encontrarla (de ahí sus explicaciones –no se puede vivir con un Cristo sin cruz)

El de las citas clandestinas con las parábolas budistas y que cree leer el mundo en la cabeza decapitada del gato del monte Nan-Chuan

El que buscaba en medio de la diáspora de los pueblos a la nieta de un cosaco ucraniano, que se había escondido en los mundos libertarios con un cineasta cabeza de caballo

[…]

El que nunca está aquí (o, si se encuentra, nadie lo sabe). Quizá esté muerto en algún lugar, pero todos lo ignoran.





Su Sitio


WALDO LEYVA





UTOPÍA


Qué color puede tener mañana el día.
Estamos en verano,
si te detienes a pensar,
si juntas todas las horas de tu vida,
tal vez logres imaginar los olores del amanecer,
el canto de algún pájaro perdido,
los ojos del que va a tocar tu puerta.
Ningún día es igual y tú lo sabes,
pero quieres que mañana
y todos los mañanas de mañana
se parezcan a un día de hace tiempo,
quizá no todo el día, ni siquiera una hora,
sólo el minuto aquel, el segundo preciso,
en que pudiste ver, como en un sueño,
el azul intocable de esa Isla.



ODISEO


No puedo asegurar si estoy partiendo
o si he llegado al fin donde quería.
El olor de la tierra es familiar,
no me resulta extraño el árbol,
ni la garganta migratoria de los pájaros.
Los espejos de agua
me devuelven un rostro indescifrable.

¿Alguien me vio partir?

¿Alguien me espera?

En la memoria del porvenir
yo seré el que regresa,
y en la piel, junto al salitre
y ciertas mordeduras incurables,
tendré tatuado el ruido de la sombra
y el silencio que dejan las batallas.

¿Soy el único sobreviviente del naufragio?



Waldo Leyva(Cuba, 1943). Poeta, ensayista, narrador y periodista. 
Tiene más de 15 libros publicados y tres discos compactos con sus 
poemas. Ha sido traducido a varios idiomas.

GERARD SMYTH





LA VIDA SOLITARIA


Entraba allí
como si entrara al Templo de Salomón
o a un monasterio del Tibet de adoración silenciosa.

Me escondí allí, no una vez sino muchas
pasando una mañana
en el panteón de la retórica
o una tarde de primavera
volviendo las páginas que traían una historia
de guerra y paz, de crimen y castigo.
Era el Amherst de Emily,
la Itaca de Homero.

En la mesa de lectura,
como una fantástica herencia,
los libros que un fósforo podría quemar
y convertir en cenizas,
llenos de ficciones,
llenos de fábulas, llenos de los trabajos
de la vida solitaria.

                                       Versión de Gerardo Gambolini


Gerard Smyth, Dublin, Irlanda, 1951


MIRKO LAUER





JORNADA ENTRE LOS MAS SUCIOS ALGODONES DE LA CARIDAD

                                  
                                                     I

                Y allí estaba el tiempo más preciado de mi juventud
            la época más dorada de mis ilusiones
            campeando libre entre mis propias predicciones,
            las hojas de tres en tres posadas y pájaros listos para
                                                                       morir al vuelo,
            la noche en paz como un lago y a lo lejos las luces como
                                                                       ríos de yesca
            cayendo entre las ramas hacia el final de la colina;
                                   pero desgraciadamente llegó la mañana
            y pude ver todo lo bueno y lo preciso deshacerse cual
                                                                       pompas de vino.
            Tuve que abrir los ojos
            y en vez de bondad he visto bandadas
            de honderos corriendo alocados sobre los jardines,
            un cardumen de tiburones asolando el más alto designio
                                                                       de las rosas;
                                   y la noche era hermosa,
            y la luna brillante,
            pero la mejor poesía es de épocas de hambre,
            Tu Fu y los poetas han dicho: la guerra
            es hermosa pero triste, totalmente contradictoria
            con seis brazos armados y un carro de guerra
                                   sembrando el terror entre los hedonistas,
            hay hombres puestos de tres en tres en cada esquina y
                                                           arsenales posados,
            sobre las bellas copas un sonido de cuerdas,
                mientras la luna canta al oído de los gobernantes:
            por bondad
            han construído un arado de huesos y sembrado a los
                                                   muertos en vez de la semilla,
            han entrado a Tambo los ejércitos verdes de la represión,
                                               y por este año y el otro
            no habrá una sola fiesta sin la presencia de los
                                                                       militares.
            Y cuando los poetas cantan con inusitado brillo sobre
                                                               los altos pabellones
            es que llora la tierra
                                       por bondad.

                                                    II

                ¡Ah el viento rueda libre
            y los hombres pasean sus cuerpos sin preocupaciones!
                        Y en vano se peleó durante tantos años,
            o sin bondad se peleó pero la verdad es que han muerto
                                                           infinidad de padres
            hijos y hermanos.
            Y 7,000 hombres al norte y 15,000 hombres al sur
                        preparan la metralla,   año 1968
            y los soldados entraron a Tambo sin ninguna consideración.
            La gente buena ha dicho:
                "Sin bondad no existen las grandes realizaciones".
            Pero hay algo de maquiavélico en estas jaculatorias,
            algo de falso en la sombra de los grandes héroes que
                                                             nos atormentan;
            la gente buena ha dicho:
                "La bondad se encuentra
            sin embargo alojada a veces en la triste condición de
                                                             los equivocados,
            y la caridad de nuestros corazones".
            Han trastocado
                justicia por caridad estos prestidigitadores,
            se han puesto puros
            y en un gran vaso de cristal han vertido unos polvos
                                   de unicornio y otras falsificaciones.
            Y ciertamente los menos puros han dictaminado sobre
                                                                       la bondad:
                es una palabra, es un pequeño truco,
                es un noble sentimiento, una luz intermitente
            brillando a pocos metros de nuestro corazón en el
                                                           medio de la noche,
            y esa maldita gente, ese maldito ejército defensor de
                                                                       la juglaría
            y de la caridad, esos terribles hombres,
            han hecho fosas comunes y otorgado pesados medallones

                                                   de platino para la bondad.


OCTAVIO ARMAND





Pétalos de roca

No es necesaria la puerta,
nunca se cierra. No para ti.
Llegas como la caoba exacta
para ese vano, eres un rectángulo
de sombra por un instante, luego
pasas a la sala que el tiempo
visita para descansar, como tú,
en el reloj parado de la infancia.
Te sabes de memoria las paredes,
como las lecciones de historia
que repetías palabra por palabra
en los exámenes. A la derecha, Palo Seco,
las Guásimas, Mojacasabe; a la izquierda,
Baraguá; estrépito de mangos afilados
y acero empinado, cocuyos rebeldes
brillando en pleno día. Pintada de cal,
la quema de Bayamo es blanca, reluciente,
como si las llamas envejecieran
sin apagarse en una cabellera despeinada.
Cuadros, fotos, muebles, vitrinas
inventan pasados y futuros
para el presente fijo del espacio.
Allá, te sumes entre dos vibraciones,
asomándote a un silencio de campana
para buscar el repique; más allá,
te atrae el centro de la tierra,
que puede ser una raíz de naranjo expuesta
o la hoja de acanto que mece, momentánea
flor tallada en mármol o vidrio,
a una luminosa gota de lluvia.
Cada cuarto es apenas un listón oscuro,
estrecha escalera sin peldaños
que se posa en la penumbra adivinada,
aquella bienvenida que se abrió para siempre
cuando pasaste a ver la fiebre
del amigo, los juguetes escondidos
por tres reyes, el escritorio con la pirámide
oscilante de libros, su inclinada torre
de manuscritos, lápices, plumas, tinta,
el secante curvo que congelaba las letras.
Vuela la mirada, zumba por los rincones
que te aprietan la sangre como un pulpo;
visitas, como abeja, lo que fue tuyo;
y de repente, en el papel que se agota, lo firmas.



Octavio Armand nació en Guantánamo (Cuba) en 1946 y vivió 
durante muchos años en Nueva York (USA), donde fundó y dirigió 
la revista Escandalar. Actualmente reside en Caracas y posee una 
vasta obra que incluye títulos como: Horizonte no es siempre lejanía 
(1970), Entre testigos (1974), Piel menos mía (1976), Cosas que pasan 
(1977), Cómo escribir con erizo (1978), Origami (1987), etc.

JORGE EDUARDO EIELSON






Inmediatamente después de haber leído
Estas palabras
Cierre puertas y ventanas
No parpadee demasiado
No asuste la temblorosa
Mariposa amarilla
Posada en una silla
Tire de la cadena del water
Y deje correr la vida
Como si nada hubiera pasado
Responda al teléfono enseguida
Hable de cosas tontas y sabidas
Cuelgue el teléfono otra vez
Pero considerando ahora
Que el mundo entero es sólo
Esta misteriosa mariposa amarilla
Posada en una silla