miércoles, 19 de marzo de 2014

PAUL CELAN





FUGA EN MUERTE


Leche negra de la madrugada la bebemos de tarde
la bebemos al mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
abrimos una tumba en el aire ahí no se yace incómodo
Un hombre habita la casa él juega con las culebras él escribe
él escribe mientras oscurece a Alemania tu pelo dorado Margarita
lo escribe y sale de la casa y fulguran las estrellas silba a sus perros
silba a sus judíos hace abrir una tumba en la tierra
nos manda tocad ya para el baile

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Un hombre habita la casa y juega con las culebras él escribe
él escribe mientras oscurece a Alemania tu pelo dorado Margarita
Tu pelo ceniciento Sulamita abrimos una tumba en el aire ahí no se
 yace incómodo
Grita cavad más hondo en la tierra los unos y los otros cantad y
tocad empuña el arma en la cintura la blande tiene ojos azules
cavad más hondo con palas los unos y los otros seguid tocando para
el baile

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita juega con las culebras
Grita tocad mejor la muerte la muerte es un maestro de Alemania
grita tocad más sombríos los violines entonces subía el aire en humo
entonces tenéis una tumba en las nubes ahí no se yace incómodo

Leche negra de la madrugada te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos de tarde y de mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania tiene un ojo azul
te acierta con bala de plomo te acierta justo
un hombre habita la casa tu pelo dorado Margarita
azuza sus perros contra nosotros nos da una tumba en el aire
juega con las culebras y sueña con la muerte es un maestro de
Alemania
tu pelo dorado Margarita
tu pelo ceniciento Sulamita



          Trad. Klaus Dieter Vervuert y Rodolfo Alonso

NELLY SACHS




EL CONTORNO


Queda eso...
con mi mundo saliste
cometa de la muerte.
Va quedando el abrazo
del vacío
un anillo girando
que perdió su dedo.

Otra vez negrura
ante la creación
ley de tristeza.
Deshojado el atolondrado oro
de la noche
que el día se permitió.

La caligrafía de las sombras
como herencia.
Paisajes coloreados de verde
con sus aguas clarividentes
ahogados
en los callejones de las tinieblas.

Cama, silla y mesa
salieron en puntillas del cuarto
tras el cabello de la separación...
Todo ha emigrado contigo
toda mi posesión fue expropiada...
sólo que tú lo que más amo me bebes
las palabras del aliento
hasta que enmudezco.


          Trad. Klaus Dieter Vervuert y Rodolfo Alonso

MADELINE MILLÁN


Madeline Millán


EN UN RINCÓN LEJANO DE UN
PUERTO QUE NO PUEDO NOMBRAR

Al puerto llega una ballena que promete ser
nuestro carro, nuestra mesa, nuestra cama
Mientras nuestra nave debe pasar
en un café del puerto cantan tango tres hombres
y no los conozco: “Vuelvo al sur, como se vuelve al
amor...”
El lugar nos mira cuando entramos y me parece ver
sólo me parece, que me muevo en lo falso
tú pides que canten a la extranjera
pero no me lo creo
no me lo creo a tal extremo que no te veo conmigo
voy haciéndome gris en este puerto



A DOS VOCES

Este es el capítulo donde recordaré mi nombre
yo diré, permíteme volver entre las llamas y el agua
en la noche en que mi años serán contados hacia arriba
y los números de los meses contados hacia abajo,
yo descanso en mi amado, y tomo asiento en su cuerpo
si algún dios llegase hasta mí, me dará a leer
del fondo de un papel vertiginoso de fuego
como un espejo nos veremos las caras
delante de él seré la luna, escondida de él, será mi sol
un eclipse, un accidente nos une para siempre
si alguien borrara mi nombre y mi rostro
concédeme parir en el imperio de lo eterno
mi rostro no desaparecerá, mi ojo no se cegará
mi lengua no será cortada, ni el intento de un verso
reconstruye mi forma y dame luz
embalsa mis miembros, en ritual funerario, dame voz
Oh Dios de las aguas, establece mi espacio,
mi vientre a los sesenta, para tener hijos suyos



Atómica

Las imágenes sobrevivientes se agolpan en desorden
subiendo la escalera su sombra queda marcada
en Hiroshima y aquí en este lugar mi sombra baja



Ser o no ser

En inglés sólo hay un to be, nosotros ganamos la partida
No al maestro de la calavera, su pregunta retórica:

                        To die, to sleep--
           To sleep--perchance to dream

Ella no duerme ni descansa en el maratón de su muerte
ella corre detrás de su dilema pero ama con claridad de Ofelias


Madeline Millán escritora puertorriqueña radicada en
Nueva York. Publica cuatro libros de poesía: Para no morir
por segunda vez (Buenos Aires, 2002); De toros y estrellas
(Puerto Rico, 2004); Leche/Milk (Buenos Aires, 2008), y 365 
esquinas (Puerto Rico, 2009).


ABRAHAM OCERANSKY

MARÍA BARANDA





JILOTEPEC


Todo el año esperábamos la llegada del verano
                                                                                 azul de las grosellas
                con las bocas restregadas bajo el sol
dos veces celebrado por las garzas en sosiego.
Había un sonido de capilla entre la hierba
                 como si un pez murmurara
                                                                             nuestros nombres en el río,
ese río de piedras abultadas,
                                  cual una flota de ranas detenidas.
Era el tiempo de ahuyentar el miedo
como se ahuyenta a las libélulas con lámparas.
Yo siempre
al pie de aquellas zarzas,
                                                             ojos cerrados,
                                                              boca apretada,
escuchando la oscuridad y su silbido.
                  A veces, una rana rápida en su sombra
                                                  me asustaba,
y era mi grito entonces
                                                                    los ojos rotos en el borde,
un presagio de la muerte que venía.
El corazón ceñido a los escombros
retumbando para espantar al pájaro en lo alto,

pájaro que cincelaba el árbol amarillo
                                  donde dormíamos como en un cuarto superior
hecho de plumas horadadas en el día.
Abajo, dócilmente la noche,
                                           nos avisaba del apogeo de los mayores
entre risas al mar
                                           abierto de las valvas,
labios que restallaban siempre en las venas de ese río.
Y era el fétido olor de las grosellas
                             en esos tarros de fresca mermelada,
donde la voz a punto
                                establecía los ritos
ajenos a este mundo, el dominio viscoso
                                                                     de nuestras lenguas enlazadas.
Yo no tenía más que una palabra sola,
                                                                                              abierta,
para sortear el miedo,
aquel camino oscuro de regreso
hasta llegar al día y del día a otras albas.
Era el verano entonces,
donde un instante,
como esas ranas detenidas,
                     croaba un poco más y siempre,
con el sólo eco de nuestros sueños solos,
                                   si es verdad,
                                   si es verdad
que en el abismo
                                                    se vive resurgidos.


HANS MAGNUS ENZENSBERGER





ODA A NADIE


Tu corazón de humo es testigo,
único rey, en el viento
tu ojo de tristeza.
Tú eres el compañero del encanto,
esclarecido por muchos desiertos,
coronado por la desobediencia.
Tú no estás moldeado por el tiempo,
ni moteada de ceniza
está tu frente leal.
Un espíritu eres sin cicatriz,
tu marea es solemne,
fuiste antes, más perfecto
que la gran raya flotante,
ungido, en tu fulgor,
mano a mano con la muerte, rey.

Pero tú no estás lejano y temprano
o tarde, estás aquí.
Tu mirada justa cae
como una nieve de aire
y mora en los astilleros,
pasa por encima de observatorios
a polvorientos depósitos
de objetos perdidos, descansa
en húmedos sótanos de cemento,
donde asesinos estercolan, cae
sobre trombosis y mechas,
sobre mataderos masticando fuerte
y destilerías embrolladas,
donde el gas hilarante arde latente,
descansa
en los ardides de las empresas navieras
y roza a los astros,
los carcinomas de las altas finanzas,
descansa sobre las paredes del poder,
detrás de las que laten sustancias
para la muerte, y los asedia
hasta que en tu mirada retumbante,
el cielo, enmohecido por
paracaídas, recae.

Sin ser reconocido caminas,
bello ventarrón, de noche,
por la plaza española.
Tu reino vuelve a ti,
oculto, vidrioso cazador.
en tu magnanimidad
así como al espárrago inocente
apresarás, olvidarás
tu retrato fiel, marcado.

Tuya es la gloria y la venganza,
roca jamás molestada, compañero
del encanto, ¡testigo secreto
y único! tu cabello de viento,
tu mirada pura sopla
sobre tu viejo reino futuro,
y guarda en el humo,
lo que es verdad, en el viento.


             Trad. Klaus Dieter Vervuert y Rodolfo Alonso


EUGÉNIO DE ANDRADE



 


ALGUNOS DÍAS DE AGOSTO

No tardará en llegar a su fin
este agosto que te ha visto pasar con la luz
a tus pies. Somos eternos, decías.
Yo pensaba sólo en la condena
del alma al faltarle el alimento
que le traías. Ahora la ciudad vive
del peso inconmensurablemente muerto
de los días sin tu presencia. Dejo
que la mano corra sobre el papel intentando
captar el eco de una palabra,
una señal de quien en un lugar cualquiera
resplandece, y confía al viento el secreto
de nuestra tan precaria eternidad.

                                                 De Surcos de la sed

         Traducidos por Jose Ángel Cilleruelo



CADA COSA

Cada cosa tiene su fulgor,
su música.
En la naranja madura canta el sol,
en la nieve el mirlo azul.
No sólo las cosas,
los propios animales
brillan con una luz acariciada;
cuando el invierno
se acerca a sus ojos,
la transparencia de las estrellas
se vuelve fuente de su respiración.
Sólo eso hace
que duren todavía.
Así el corazón.

                                      De La sal de la lengua

                          Traducidos por Ángel Campos Pámpano

HÉCTOR VIEL TEMPERLEY





CATARATAS


Hace tiempo que Cristo
está crucificado en luz
y no en madera.
y estar crucificado en luz
y volar
es una misma cosa.

Junto a las iguanas
que apenas si se ven
correr como alfileres al sol,
sobre las piedras,
me quito la camisa,
me arranco las espuelas
(no debemos luchar
contra ningún demonio,
dicen mis teólogos,
tenemos que luchar con nuestro ángel
para que él nos venza).

Las aves
que hacen sus nidos en las rocas,
casi bajos las aguas,
parten de pronto con las alas húmedas
y el estruendo en su pecho diminuto.

Arqueo suavemente el pubis
hacia las cataratas
o mucho más arriba
hacia el Dios Creador, el nuevo Hijo
que desprende una mano de la cruz
Y la apoya en mi sexo,
azul mañana.
   
                                              En Plaza Batallón 40 (1971)


De Obra Completa, Ediciones del Dock, 2013

ALBERTO MORAVIA





Un horrible bloqueo de la memoria

                                     
¿Ha sucedido o no ha sucedido? En mi cabeza se ha formado un vacío ambiguo, que podría deberse igualmente al trauma de lo que ha ocurrido o al cambio que significa lo que está por ocurrir; y no acierto a llenar ese vacío. Sin embargo, la cosa en cuestión me concierne directa e inmediatamente: si no sucedió hace quince minutos, debe suceder dentro de quince minutos. Pero las dos posibilidades tienen en común un mismo sentimiento de impaciencia casi frenética, que me impide esperar que los hechos me proporcionen la explicación definitiva que necesito. No puedo esperar ni siquiera un minuto no sólo porque debo prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. En efecto, precisamente de eso se trata, y no hay quien no vea la enorme diferencia que hay entre tomar conciencia antes de la acción y tomar conciencia después de la acción. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando la acción está, por así decirlo, en la punta de la lengua y no se decide a adoptar el aspecto sea de lo ya visto, ya hecho, ya padecido, sea el de lo todavía no visto, todavía no hecho, todavía no padecido?

Con una mano sola me llevo el cigarrillo a la boca; lo tomé del paquete que está sobre el tablero y lo prendo con el encendedor del automóvil. Entretanto, sigo apretando con el brazo izquierdo, doblado, el cierre relámpago de la chaqueta, que, no sé cómo, se ha trabado y quedó abierta, de modo que la empuñadura de la pistola se asoma visiblemente. Se me ocurre que para saber si la cosa ha sucedido o aún debe suceder yo podría, en vista de que la memoria está bloqueada, interrogar la realidad, buscar indicios de lo ya ocurrido o lo no ocurrido todavía. Por ejemplo, el cierre relámpago trabado. Ayer funcionaba, por lo tanto se trabó esta mañana. Pero, ¿se trabó después de algo hecho, o antes de algo que todavía falta hacer, debido a un tirón demasiado brusco, causado por la sorpresa de lo ya ocurrido, o por la nerviosidad de lo que todavía no ocurrió?

Abandono de pronto el tema porque reconozco allí la misma ambigüedad indescifrable que hay en el principio de la amnesia; y me digo que hay una sola manera de comprobar inmediatamente si el hecho se ha consumado ya o no: examinar la pistola, verificar si ha disparado. El alivio con que recibo este proyecto me dice que he pensado con exactitud. ¿Cómo no se me había pasado ya por la cabeza una solución tan lógica y tan simple?

Pero el alivio dura poco. Sí, la pistola puede proporcionarme la prueba que tan afanosamente estoy buscando; pero es una prueba "exterior". Es como si le pidiera a las ropas que llevo puestas, a los zapatos que calzo, la prueba de mi existencia. Prueba que debe ahora, en cambio, residir en la certeza de que existo sin necesidad alguna de pruebas: en el hecho mismo de que nadie busca pruebas. Por otra parte, la prueba de la pistola me espanta, porque confirmaría esta disociación mía, funesta e insoportable. Después de la prueba, sabré con certeza que la cosa ha sucedido o no ha sucedido; pero tendré al mismo tiempo otra certeza, desconcertante, la de que la cosa ya ha sucedido o no "a otro", puesto que yo, "dentro" de mí, seguiré ignorando si el hecho se ha verificado o no.

Sin embargo, debo saber, no puedo esperar. Es como si me hubiera sumergido hasta el fondo del mar, mi escafandra de buzo se hubiera averiado, y yo me sofocara y supiese que sólo tengo pocos segundos para salir a flote. Mi urgencia de saber, por lo demás, es justificada por un embotellamiento de tránsito donde mi automóvil se ha encastrado, según todas las apariencias, irremediablemente y como para siempre. Estamos en un gran camino periférico que no conozco. Los automóviles están quietos, en cuatro filas de ambos lados, adelante y detrás. Exactamente frente a mí, la visión es interrumpida por el rectángulo negro y amarillo de un colosal camión de transporte. A la derecha del camión, allá lejos, la luz del semáforo ya se tornó tres veces alternativamente verde y roja, sin que los vehículos se hayan movido. Debe de tratarse de un accidente; o bien de uno de esos bloqueos inextricables que pueden durar varias horas. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder.

Recuerdo en este momento (mi memoria funciona tanto mejor cuanto más lejos están los hechos que intento recordar) que hace algunos años atravesé el Sahara, de Túnez a Agadesh, y que varias veces me extravié por perder el camino. ¿Qué hacía entonces para encontrar el camino correcto? De acuerdo con una regla dictada por la experiencia, volvía atrás hasta el punto de donde había partido. De allí partía de nuevo y, en efecto, al cabo de un recorrido más o menos largo, descubría el lugar preciso donde me había desviado. Una vez debí recorrer tres o cuatro veces el mismo camino equivocado antes de descubrir el error. Me perdía siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Al fin, sin embargo, cuando estaba ya por desesperar, con el sol cerca del poniente y la perspectiva de quedar sin gasolina, de pronto encontraba el camino. Estaba tras un matorral no más alto que un niño, y borrado por un tramo no mayor de tres o cuatro metros. Es fácil perderse en el desierto.

Ahora haré lo mismo. Volveré atrás hasta el punto en que mi memoria dejó de funcionar; hasta el punto en que empieza el vacío (estuve por decirme "el desierto"). Pero debo apresurarme a emprender esta operación mnemónica, porque de un momento a otro el embotellamiento de la ruta puede resolverse; y en ese caso es muy probable que minutos después llegue a saber con certeza si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Pero no llegaré a saberlo por mérito propio, sólo gracias a mis fuerzas, sino por obra del choque con la realidad: eso jamás podré perdonármelo, y por otra parte no resolvería nada, porque mi problema ya no consiste en saber sino en recordar.

Veamos, entonces, en qué momento de la mañana (ahora son cerca de las doce) mi memoria dejó de funcionar. Entonces, con súbito sentimiento de estupor, descubro que no recuerdo nada hasta... hasta el momento del despertar. Esto quiere decir que sólo recuerdo el despertar, y nada más, porque antes del despertar está el vacío de la noche, que pasé durmiendo; y después del despertar está el vacío del bloqueo mental. Pero el despertar, esos pocos o muchos minutos que pasé en la oscuridad esta mañana, antes de levantarme, ese instante lo recuerdo muy bien y puedo describirlo con todos sus particulares. De modo que, ahora, lo describiré, y mediante esa descripción, estoy seguro, recobraré la punta de la madeja de la memoria; descubriré, como en el desierto, el pequeño matorral tras el cual se esconde el camino.

Por lo tanto, coraje. Me desperté más o menos a la hora fijada, pero por mí mismo, antes de que sonara el despertador. Encendí la luz, miré el reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos; mi primer impulso fue apagar la luz, acurrucarme y dormirme de nuevo. Pero no era posible; no se puede dormir nada más que cinco minutos; de modo que apagué la luz, pero me quedé sentado en la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad. No pensaba en nada; o, más bien, pensaba en el color de la oscuridad. ¿Qué color tenía la oscuridad? ¿Color café muy tostado? ¿Color negro de humo? ¿Color ébano? ¿Color tinta? ¿Y qué consistencia tenía, de qué estaba hecha? ¿Era un hormigueo de moléculas negras sobre un fondo imperceptiblemente luminoso, o en un hormigueo de partículas luminosas sobre un fondo uniformemente negro?

Recuerdo que descarté una tras otra esas definiciones porque no me satisfacían; pero sentí, en compensación, que la oscuridad me "apetecía", que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno. Recuerdo también que de vez en cuando encendía la lámpara, miraba el reloj, veía que habían pasado dos minutos, después tres, después cuatro, y cada vez apagaba de nuevo la lámpara, para gozar, aunque fuera durante un minuto, durante treinta segundos, de esa oscuridad deliciosa.

Por fin encendí la lámpara sabiendo que era la última vez que lo hacía y que ya era hora de que me levantara. Fue justamente en ese instante, precisamente en esa diminuta fracción de tiempo en que encendí la luz, cuando dejé de registrar lo que hacía, porque a partir de entonces no recuerdo nada más de lo sucedido.

Observo el rectángulo amarillo y negro de la parte trasera del camión de transporte; veo que no se ha movido; por otra parte, la luz del semáforo, allá lejos, pasado el camión, está roja; tal vez me quede todavía un minuto; tal vez, si al prenderse la luz verde los vehículos no avanzan, haya todavía dos minutos. Entonces reanudo con encarnizamiento la reconstrucción del despertar. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede haber ocurrido semejante cosa? ¿Y por que precisamente a mí?

Me digo que no es difícil imaginar lo que hice. Soy una persona más bien rutinaria: he de haberme levantado, he de haberme duchado, he de haberme afeitado, etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo esto, como lo advierto de pronto, no lo recuerdo; me limito a reconstruirlo sobre la base del recuerdo de mis otros despertares anteriores. Y en cambio debo recordar precisamente el momento de asearme esta mañana, no el de alguna otra. Sólo si lo recuerdo podré recordar lo que aconteció después; es como encontrar de nuevo el matorral tras el cual se esconde el camino.

Hago un gran esfuerzo; me repito: "Entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara..."


Ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir. Pero comprendo con angustia que no seré yo, con mi memoria, quien lo descubrirá; en cambio, me lo revelarán los objetos y las circunstancia.



YANNIS RITSOS




EPITAFIO
(Ἐπιτάφιος)


1. Hijo, cuerpo de mi cuerpo, sangre de mi sangre, 
tuétano de mis tuétanos, corazón del mío, gorrión de 
mi diminuto jardín, florecilla de mi soledad…

¿A dónde voló mi pequeño? ¿A dónde se ha ido? ¿En 
qué lugar me ha dejado?
La jaula está vacía y en la fuente no queda una gota de agua.


2. Mis dedos mecían hasta el amanecer tus cabellos rizados
Mientras vigilaba tu sueño.

Tus cejas bien formadas dibujadas a pincel,
Creaban arcos para que mi mirada anidara y descansara allí.

Tus ojos rutilantes reflejaban al amanecer la distancia de los 
cielos y yo procuraba evitar que una lagrima mía los empañara.

Tus dulces labios perfumados, cuando hablabas, lograban que 
las rocas y los árboles devastados florecieran, que los ruiseñores 
cantaran.


3. En un día de mayo me dejaste, en ese día de mayo te perdí.
En la primavera amabas tan bien, hijo, cuando subías

Al tejado empapado de sol y divisabas desde allá,
tus ojos nunca se saciaban de beber la luz del mundo.

Con tu voz varonil tan dulce y cálida, volvías a contar
tantas cosas como guijarros hay en las playas.

Hijo, dijiste que todas esas maravillas serían nuestras
Pero ahora tu luz ha muerto, el brillo y las brasas se han 
apagado.


4. Estrella, mía, has puesto en tu sombra todo lo que la 
Creación ha cobijado y todo lo que el sol, esa bola negra de 
cáñamo, ha recogido bajo su luz.

La muchedumbre pasa y me oprime, los soldados me pisotean
Pero mi mirada no titubea y mis ojos jamás te abandonan.

El vaho etéreo de tu aliento roza mi mejilla
¡Ay! La gran luz de una boya flota al final del camino.

La palma de una mano bañada de luz seca mis lagrimas
¡Ay! hijo, tus palabras se albergan en lo más profundo de mi.

Mira, me levanto, mis piernas aún me pueden sostener
Una gozosa luz, mi valiente hijo, me levanta del suelo.

Duerme hijo,  amortajado con banderas,
Voy al encuentro de tus hermanos, traigo tu voz conmigo.


5. Eras tierno, de noble temperamento, todas las gracias iban 
contigo, llevabas todas las caricias del viento, todas las florecillas 
silvestres.

De pies ligeros,  pisabas suave como una gacela
nuestro umbral brillaba como el oro tan pronto lo cruzabas.

Saqué juventud de tu juventud, y para presumir hasta podía sonreír.
La vejez nunca me atemorizó y a la muerte la podía desdeñar.

Mas ahora, ¿dónde me puedo situar?¿Dónde me refugio?
Estoy a la deriva como árbol marchito en una llanura nevada.


6. Cuando te parabas frente a la ventana, tu espalda
abarcaba la entrada, todo el mar, todas las naves de los pescadores.

La casa se inundaba de tu sombra, inmensa como un arcángel.
Y el brillo del lucero vespertino titilaba en tu oído.

Nuestra ventana era el portal hacia el mundo, miraba al Paraíso
donde las estrellas estaban en flor, mi hijo adorado.

Allí, de pie, en el atardecer refulgente parecías el timonel del barco,
En tu habitación, en la cálida penumbra del crepúsculo.

¡Ay! me embarcaste en la quietud de la Vía Láctea, ahora este buque 
se va a pique su timón se ha roto y me enrumbo al fondo del mar, a la 
deriva en mi soledad.


7. Si tuviera la poción de los inmortales, si sólo la tuviera: una nueva 
alma para ti sí despertaras por un instante, para ver y hablar y 
deleitarte en medio de tu sueño.

Me pondría al lado tuyo, adosada a ti, exuberante de vida, calles, 
balcones y plazas atestadas de gente vitoreando, las doncellas 
recogiendo flores para rociar tus cabellos.

Mis bosques fragantes colmados de miles de raíces y hojas,
cómo puedo yo, la malograda, creer que te he perdido?

Hijo, todo se ha desvanecido, todo me ha abandonado,
no tengo ojos y no puedo ver, no tengo boca que me permita hablar.


8. Hijo, qué Hado te ha signado, qué Hado me ha condenado
a sufrir este dolor lacerante,  a padecer este fuego en mi pecho.

Mi dulce joven, no has desaparecido, vives en mis venas.
Hijo mío, fluye profundo en todas nuestras venas y permanece vivo 
para siempre.


                                          (Versión de Philip Potdevin)