domingo, 16 de marzo de 2014

PATRICIO TORNE





LA MUJER EN EL JARDÍN


En esta geografía donde el sol nace,
no importa una costilla más
o menos. Desde el período Kamakura,
los guerreros practican el budismo Zen
con la resistencia espartana;
las leyes de la caballería con la veneración a la espada.
Todo en nombre del derecho y el honor.
Así los siglos imponiendo costumbres.
Los monjes transformando
sus conventos en fortalezas,
y haciendo la guerra hasta el infinito.
Las mujeres,
entonces, viendo como las sombras
del ciruelo y el bambú
visten la desnudez, se tienden
para saber que hay una belleza recorriéndolas.
Relajadas, se alisan el vello, dejan
que el perfume de las magnolias
como el sabor de las frutas las penetre
volviendo dulces sus pensamientos.
Tejen sueños que las llevan a un lugar lejano
donde muere el sol,
con hombres y mujeres de verdad
encendiendo lámparas para ellas,
y ganas de conquistarles el alma. Así ellas
que no aprendieron otra cosa que ser amables,
y estar atentas a las necesidades
de su poseedor, soñando con otro mundo
donde poder ir llevándose el jardín que bien las ama,
porque ellas saben que no hay religión
ni filosofía constante que estén a salvo de traicionar.
No usan la espada, pero en su cuerpo
cabe la estrategia con que dominarán
todos los sentidos del samurái
proclamado por el Imperio.
Siempre ha sido así en esta parcela
donde no ellas, sino el jardín, les hace reverencias,
hasta que el último guerrero
o el mito se apaguen alguna vez.



ÁRBOL DE LA VIDA

                                                    a María Paula Alzugaray

Vimos que no era suficiente el pan
e intervenimos, que faltaba la luz
y salimos a cazar luciérnagas.
Los dones de la vida
cuando se demoran, atrofian los sentidos;
pone herrumbre confundiendo
la sístole con la diástole,
uno pierde el norte.

A la hora del reparto, ni los panes
ni los peces se reprodujeron,
las luciérnagas
en sus cajitas, devenidas en polvo,
ni purpurina que se hayan vuelto,
hicieron un cementerio de nimiedades.
Descubrimos tarde lo que sostenía
al idealismo, y en el gesto de volvernos
materialistas dialécticos,
se nos acalambraron los músculos.
En la flor de la existencia, apenas
si pudimos alimentar algunos colibríes.

El árbol dejaba de sostenernos.
Supimos, entonces,
que nuestro destino como frutos
estaba signado por la anomalía:
de verde a podrido, jamás maduros.

No se brilla, pero
enriquecemos el suelo




MAR

Entonces fui a buscarte a esa inmensidad
sin la ropa adecuada,
porque me bastaba con el amor.
Nada me distrajo, aunque fue largo el camino,
porque me bastaba el amor.
No puedo recordar los colores del cielo,
ni cuantos pueblos tuve que atravesar,
me sostenía la idea de encontrarte
donde rompen las olas.
En la desesperación todos los objetos
son ambiguos, tan encantadores
como peligrosos. No hay codicia,
uno va como un río en busca de su sino.
Es imposible no dejar jirones, carne viva,
en la travesía.
Que el sol no se detenga, dice una canción,
si se detiene, será la luna quien dará
plata a las orillas.
Cuando mojé mis pies,
aprendí sobre la ficción,
supe que el amor por las sirenas,
es igual que el amor por los piratas,
más que un fin es una causa.
Una y otra vez sentimos el llamado de lo imposible.
La espuma vuelta una mortaja
que viene a seducirnos.

El mar, un territorio que jamás conquistaremos,
emblema donde nunca la sed será saciada.


PT(Helvecia, pcia de Santa Fe, 1956). Editó "Örbita de Endriago" 
(1989); "Helvecia y otros tópicos" (1990); "Donde muere la lógica" 
(1992); "Anacrónica" (1995) y "Perros" (2010). Reside en Villa 
Mercedes, San Luis.